por: N. Romer Alcon Alanoca
No es el pasado un lícito parámetro para medir nuestro presente sino la utopía, aquella que obliga a caminar, la medida adecuada de las creaciones humanas.
En los últimos tiempos hemos asistido a los actos de la política hecha espectáculo. Por lo que hemos sido testigos del debate de los temas mínimos, por decir lo menos. No cabe duda que para muchos esta situación es entretenida. Aun así, e indirectamente, demuestra implícitamente lo fácil que puede ser concentrarse en las formas de los temas y así perderse en lo anecdótico, que es a todas luces accesorio. Por lo que lo esencial, es decir el fondo de los temas, queda sino vedado si dejado de lado.
Democracia en peligro
Cabe mencionar que la situación descrita no es una excepción a la norma, de la que nuestro medio forma parte, sino que es uno de los peligros actuales a los que la democracia está expuesta en estos tiempos, caracterizados por la expansión de la comunicación en la sociedad de masas. Es por tanto oportuno reflexionar sobre cuál sería el resultado de que la democracia sucumbiese ante la amenaza de que sean los temas mínimos los centrales del debate público, el que sean las formas de estos temas mínimos los que se impongan sobre lo realmente importante, sobre lo esencial.
Lo cierto es que cuando esta situación se impone, la competencia por el poder se reduce a una competencia entre individuos que intentan, en el mejor de los casos, derrotarse entre sí. Una competencia de individuos que no puede abstraerse de la estrategia de la destrucción de la imagen del adversario. Estrategia que se vale de la táctica de la descalificación personal. Entonces la democracia se reduce a sus mininas expresiones. Entonces vivimos el tiempo de las pequeñeces.
Esto es claramente observable, al recordar que la política se ha entendido desde tiempos antiguos como una ciencia práctica, como un conocimiento que permite que la creatividad se materialice en las creaciones humanas. Que en el caso de la política implica el mundo social. Es decir que la política es el medio por el cual el ser humano construye el medio social. Ya que el mundo social es una de las muestras más claras de la existencia del ser humano. Ya que el mundo social es plenamente una creación humana, como lo es la literatura o la ideología. En suma, es en el mundo social en el que somos, y al mismo tiempo, creadores y creación. Entonces somos quienes podemos reinventar nuestro medio social y reinventarnos a nosotros mismos. Como dijera el gran filósofo: el hombre está condenado a ser libre, a decidir su destino.
Tiempos de decisiones
Debemos por tanto resistirnos a caer en los tiempos de las pequeñeces. Somos no solo soberanos para decidir sobre los temas que hacen a la agenda pública, sino también para decidir qué temas forman o no parte de la agenda pública. Una agenda pública que en los últimos tiempos se ha concentrado en las formas de temas mínimos. Temas que deben más bien remitirnos a que discutamos sobre lo esencial.
Ya que cuando discutimos sobre el fondo de los temas, hablamos de proyecto de Estado de proyectos sociales. Situación que obliga a nuestros políticos a que se concentren en ello. Debemos recordar que ninguna estrategia de mercadeo electoral puede no partir de las inclinaciones del público al que se dirige. Entonces estaremos camino de asumirnos como ciudadanos de un Estado, sobre el que decidimos.
Es preciso que el debate público se concentre en lo que es realmente importante en estos tiempos, que no pueden sino llamarse de tiempos del Estado Plurinacional. Debemos discutir seriamente sobre si los resultados de este nuevo modelo estatal que implica propuestas en los distintos ámbitos de la vida social, son positivos o negativos. Y según sea el caso debemos emprender el camino de la profundización o la rectificación. Porque si algo ha servido más que cualquier otra capacidad a los grandes estadistas es la de observar y asumir la realidad, lo que implica, según el caso, continuar en la aplicación de un modelo o tomar conciencia de los errores cometidos para iniciar una cambio.
Esto es más que necesario en momentos en que cada vez con mayor conciencia la gran mayoría de la ciudadanía asume que no somos una isla remota de la que el mundo sólo recibe noticias lejanas, sino parte de un mundo que hoy está más interrelacionado que nunca antes. Del que no podemos aislarnos por mucho que quisiéramos.
Hemos sido pioneros, junto a otros países de la región, en la implementación de un modelo estatal que parecía llevar a cabo, en palabra del célebre nobel de literatura, el derecho de los países latinoamericanos de realizar proyectos (no quimeras) y así tomar nuestro lugar en el reparto del mundo, dejando de ser un alfil sin albedrío. En otras palabras, construyendo nuestro destino por medio de nuestra voluntad. Modelo estatal que por sus características demuestra nuestra singularidad y complejidad, la misma que tenían nuestros antepasados frente al resto del mundo, la que hizo al Libertador decir que los americanos éramos un pequeño y distinto género humano.
Debemos celebrar este logro, que en Bolivia encuentra una de sus expresiones más notables, sin caer en la mentira que merodea la vanidad, de que hemos encontrado el fin de la historia. Porque la esencia del ser humano es la perfectibilidad, también sus obras creativas están impregnadas de este carácter: la perfectibilidad. Por tanto no es el pasado un licito parámetro para medir nuestro presente sino la utopía, aquella que obliga a caminar, la medida adecuada de las creaciones humanas, tanto que sean normas sociales como el mundo social.
Atrevámonos, tanto partidarios como opositores, con convicción en lo que creemos y defendemos, es decir nuestras intimas ideas y principios, a repensar nuestra realidad, a discutir los resultados del modelo estatal en que vivimos, a debatir proyectos estatales y sociales. Debates que tanto necesita nuestra Bolivia en vísperas de cumplir un año más que nos acerca al bicentenario de nuestra libertad.
* Politólogo y Maestro de Historia.

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