julio 25, 2021

La Iglesia y el Poder


Por Juan Carlos Pinto Quintanilla-. 


Desde la lectura de la Teología de la Liberación, que parte de la realidad de nuestro continente y de los pobres como protagonistas del Evangelio y de la Historia, existe una perspectiva crítica del papel de la Iglesia como institución en su relación de compromiso con los grupos de poder a nivel mundial y en definitiva con los sistemas dominantes, que justifican en última instancia el que los pobres lo sean por “voluntad divina” y no como obra de la explotación de un sistema de mercado que ha elegido como dios al dinero antes que a la vida de las personas.

Esa Iglesia poder no dubitó en justificar reinados y dictaduras, masacres y genocidios en tanto se sentía parte del poder terrenal que defendía; sin embargo, el Espíritu nunca dejó de soplar esperanza entre los más oprimidos, desde la espiritualidad que tenemos los seres humanos y no desde una religión en particular; y es que la fuerza, el ajayu que le ponemos para seguir cambiando nuestras vidas, nuestro país, nuestro mundo, deviene de la convicción interna que nos hace seguir más allá de cualquier desesperanza que suelen inventar los sistemas para resignarnos.

De esta manera, a pesar de los intereses de clase en la Iglesia católica como institución, nunca dejaron de sonar otras voces provenientes de lo más profundo de nuestro ser espiritual, que interpelaban, denunciaban los sistemas injustos y seguían proponiendo esperanza. Los que no se olvidaron de que la comunidad cristiana de Jesús era de pobres y rebeldes frente al poder, y que ese mismo poder fue el que lo crucificó y persiguió a la iglesia primitiva durante dos siglos, persiguiendo, matando, torturando hasta finalmente hacerse parte del poder; convirtiéndose en religión oficial y dándoles a los Papas el poder de la representación divina por sobre el pueblo creyente.

Aun así algunos Papas a lo largo de la historia se sintieron interpelados y generaron transformaciones en el mensaje oficial, como León XIII en contra de la explotación del trabajo humano, o Juan XXIII y Paulo VI que dieron un nuevo aire renovador a la participación en la Iglesia y acompañaron los procesos de Puebla y Medellín donde la Iglesia Latinoamericana, finalmente aceptaba la equivocación de determinadas opciones históricas desde la colonia, reconocía a las comunidades de base como iglesia fundamental y hablaba del necesario compromiso cristiano con la política para cambiar las estructuras de explotación. Este aire renovador acompañó el compromiso político de los cristianos en los procesos revolucionarios, desde los anónimos combatientes guerrilleros a lo largo del continente hasta los visibles mártires de esta lucha liberadora como Camilo Torres, Monseñor Romero o el mismo Luis Espinal en Bolivia.

Las comunidades de base se multiplicaban como iglesia testimonio de compromiso y lucha, y fueron un motor de compromiso fundamental contra las dictaduras, junto a algunos de sus pastores que optaron por el proyecto popular aun confrontándose con la jerarquía eclesial como fue el caso de Nicaragua. En otros casos son los mismos Obispos los que se sienten llamados y convertidos al compromiso de denuncia y afirmación de la esperanza, como ocurrió con Monseñor Romero, y muchos obispos brasileros como Casaldáliga, o sacerdotes como Leonardo Boff o Gutiérrez en el Perú. Muchos en esa confrontación hicieron testimonio de compromiso de vida y alentaron caminos revolucionarios, donde junto a otros soñadores marxistas o anarquistas construyeron alternativas políticas revolucionarias.

Los tiempos neoliberales crearon nuevos desafíos, las jerarquías volvieron a centralizar el poder institucional, y demasiadas homilías se hicieron cada vez más conservadoras y allegadas otra vez al poder del mercado. Se cambiaron roles desde esta perspectiva, y de compromiso con el pueblo, la institución una vez más asumió el papel de árbitro entre explotados y explotadores, dejando su compromiso real con los más pobres, dando lugar al discurso de la resignación y la conciliación.

En Bolivia, los que se habían hecho parte de la institución desde su compromiso, fueron cediendo al acomodo del poder y a la justificación antes que la denuncia de las estructural injustas, y el pueblo eclesial, sin perder la fe de compromiso, se fue afiliando y comprometiendo cada vez más con sus organizaciones sociales, para seguir la lucha por un mundo diferente. Así lo que encontramos en el Proceso de Cambio, no es un acompañamiento militante de la Iglesia Católica a una sociedad que tomaba el protagonismo revolucionario, sino más bien una posición conservadora que paulatinamente se va alineando con los grupos opositores en su discurso oficial; que defiende los espacios de poder que siempre tuvo cedidas por un Estado republicano y neoliberal que se desentendió del cumplimiento de los derechos fundamentales, como salud y educación, lugares en los que el nuevo Estado Plurinacional decidió asumir responsabilidad fundamental y la Institución eclesial en lugar de buscar complementación, optó por la confrontación.

Sin embargo el soplo del Espíritu que va donde quiere, permitió también nuevos inicios para un nuevo momento de la historia. De esta manera, es nombrado Papa, Francisco un latinoamericano y jesuita que mira la Iglesia y su urgente necesidad de cambios desde la perspectiva de los que son oprimidos, acompaña los procesos de transformación en el mundo, sin dejar de ver críticamente las desviaciones de sectores institucionales de Iglesia, que han pervertido las razones de la fe. Alienta la mirada del compromiso de una Iglesia que en el último tiempo se ha quedado sin testimonio que ofrecer al mundo, y que necesita re entusiasmar el compromiso cristiano en un mundo informatizado y excesivamente superficial e individualista.

Por eso el mensaje de apoyo al presidente indio de Bolivia, porque representa a la mayoría históricamente excluida, y no es que esté de acuerdo con todo lo que políticamente se decide; sino con la esencia de que sean los oprimidos, los colonizados, los que están recuperando su capacidad de autogobernarse, de plantear soberanía frente a la dependencia capitalista y colonial. Por eso es consecuente con este compromiso el nombramiento del primer Cardenal indio en nuestro país, Toribio Ticona, que expresa lo que la Iglesia quiere y debe ser ahora: parte del pueblo que quiere seguir haciendo revolución en un mundo intercultural.

En medio de una jerarquía que todavía en gran parte sigue siendo extranjera, y obispos que siendo locales suelen ser aún más conservadores; su nombramiento desató un posicionamiento interno contra los esfuerzos descolonizadores del actual Vaticano, y no sólo en la perspectiva excluyente y discriminadora de siempre asumir que los jerarcas nombrados siempre fueron parte de cierta élite conservadora y acostumbrada a ciertos privilegios; sino también de lo que representa dar cabido a que la áurea divina con la que suele presentarse la Iglesia, como intermediarios ante Dios, se estuviera pervirtiendo una vez más al dar cabida a uno de la masa, que democratiza la relación con Dios y permite no sólo el resurgimiento de las Iglesia de base, sino que en este momento histórico, se reconozca y acompañe la pluralidad de expresiones de fe que tiene nuestro país.

Así los aires descolonizadores que soplan en Bolivia, también alcanzan a la Iglesia Católica, esperamos la conversión de la jerarquía a esta Buena Nueva con la que deberíamos seguir construyendo el Reino de Dios aquí y Ahora con el pueblo; y que además de los cambios en la representatividad, recuperen los contenidos evangélicos originales de compromiso y construcción de un mundo nuevo.

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