noviembre 29, 2020

El devenir de la oposición boliviana: entre la decadencia y la renovación


Por José Galindo * -.


Pando fue creado un 24 de septiembre de 1938 como la última división administrativa de nuestro Estado, y durante mucho tiempo fue la región más ignorada y sub desarrollada de nuestro país; es también el lugar que podría considerarse como la cuna del actual Estado Plurinacional de Bolivia, donde se enfrentaron autonomistas y campesinos en una batalla que dio por resultado más de una veintena de muertos que terminaron sepultando a una oposición regionalista extremadamente racista y belicosa: nos referimos, por supuesto, a la masacre de Porvenir, sucedida un 11 de septiembre de 2008, entonces ignorada y hoy convenientemente olvidada.

Éste episodio de nuestra historia aparentemente enterrado, sin embargo, todavía resulta útil para entender el desarrollo de ese sector que algunos llamamos oposición.

Es obvio que no se puede hablar de una sola oposición al gobierno del presidente Morales sin perder seriedad. Hoy, sus detractores abarcan posiciones políticas tan variadas que van desde ecologistas recién convertidos hasta neoliberales promercado de antaño; hay también izquierdistas radicales y moderados, derechistas y centristas, todos descontentos con algún aspecto del gobierno oficialista y otros que lo rechazan como un todo. Cada cual con sus razones. Pero en ese entonces la oposición se caracterizaba por reunir en sus filas a miembros del viejo sistema de partidos derrumbado en octubre 2003 con el derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada; principalmente empresarios, terratenientes y cívicos que compartían un conjunto de ideas que podrían caracterizarse como una amalgama entre racismo y regionalismo. ¿Regionalismo étnico? ¿Racismo regionalista?

De cívicos a parlamentarios

La vida de esta oposición, sin embargo, fue relativamente corta, aunque intensa; se conformaron como un bloque apenas entre 2005 y 2006, pero en 2007 ya se encontraban tomando instituciones públicas para protestar contra el gobierno de Morales, y en 2008 emprendieron su ofensiva más decidida contra el partido en el poder mediante acciones violentas aparentemente irracionales, pero que eran parte de un esquema que no puede ser llamado de otra forma que golpista. El objetivo era derrocar a Morales, mediante la toma de instituciones públicas tratando de ejercer control territorial efectivo sobre la mitad del país y también mediante actos de acecho a simpatizantes masistas, de entre los cuales el más simbólico fue el secuestro y humillación de cientos de campesinos en la ciudad de Sucre. No obstante, el contexto internacional y la propia bancarrota de legitimidad de aquellos opositores influyeron en que sus tácticas terminaran en fracaso, ocurrido ese mismo año, ese mismo 11 de septiembre.
Su abrupto final fue sellado con la promulgación de una nueva Constitución Política del Estado, después de lo cual entraron en una fase de desconcierto y confusión que duró durante toda la segunda gestión de gobierno del MAS, a partir de 2009 hasta 2014.

Así, en su primer periodo de gobierno, el MAS tuvo que enfrentarse a una aguerrida oposición autonomista aliada a lo que quedaba del viejo sistema de partidos en niveles sub nacionales y en el partido PODEMOS en el Parlamento (que tenía entonces 43 diputados y 13 senadores), y donde el MAS contaba con mayoría absoluta pero no con los dos tercios que gozaría luego.

En su segundo periodo, por otra parte, la mitad de aquella oposición fue desarticulada por el Estado y la otra mitad se refugió en partidos improvisadamente constituidos, como Plan Progreso para Bolivia – Convergencia Nacional (con sólo 32 diputados y 10 senadores), y otros sin mucha fuerza como Unidad Nacional (con sólo 3 diputados). El MAS, por otra parte, contaba con 88 diputados y 26 senadores, contando con dos tercios.

La consolidación del instrumento político se vio reflejada en las elecciones de 2014 y en la conformación de su correspondiente Asamblea Legislativa Plurinacional, donde el MAS logró nuevamente los dos tercios con 88 diputados nuevamente y 25 senadores, mientras que el nuevo partido que sirvió de vehículo para la oposición, Unidad Demócrata, logró solo 32 diputados y 9 senadores; el tercer partido de oposición, Partido Demócrata Social, logró 10 diputados y 2 senadores. Una situación claramente favorable al oficialismo y de total desprestigio para la oposición.

Durante todos estos años, desde 2009 hasta 2014, el MAS contó con el mayor respaldo poblacional que logró en toda su historia, que se reflejaba en una aprobación de gestión que rondó siempre entre el 40% y el 75%, reduciéndose sólo en coyunturas específicas como el gasolinazo de 2011, las protestas policiales de 2012 y las movilizaciones por el TIPNIS de ese mismo año, que fueron superadas a través de una gestión política dirigida desde el Ejecutivo mediante diferentes estrategias que modificaron la relación del partido oficialista con algunas organizaciones sociales que fueron aliadas al principio; la oposición (o las tendencias opuestas) al gobierno de Morales, así, se veía a sí misma limitada a una escasa fuerza legislativa y esporádicos movimientos populares y ciudadanos de corta duración hasta 2014.

La oposición como movimiento social o como una fuerza constituida como cuerpo organizado de políticos guiados por un programa concreto murió en 2008 con los regionalistas cívicos. Las estrategias de lucha política se trasladaron de las calles a la Asamblea Legislativa y de este espacio a los medios de comunicación, con los cuales el gobierno tuvo una relación particularmente tensa entre 2010 hasta la actualidad. Las calles fueron el escenario de protestas y movilizaciones solo durante contadas coyunturas, sin una dirección concreta ni organización programática. La espontaneidad de estas explosiones iba de la mano con su desorganización y el uso de la violencia se alejó mucho de los contextos de casi guerra civil que se tuvo hasta 2008.

Al mismo tiempo, ninguna figura concreta en la oposición levantó la cabeza durante este largo periodo de casi nueve años: fuera de los viejos liderazgos de derecha radical con Tuto Quiroga, y moderada con Samuel Doria Medina, solamente Juan del Granado, desde la izquierda, pudo presentarse por un momento como una posible alternativa, truncada en las elecciones de 2014 por la incapacidad del resto de la oposición de sumarse a su iniciativa. Al final su partido, Movimiento Sin Miedo, perdió incluso su sigla, transmutándose en el actual Sol.Bo, pero sufriendo cambios esenciales bajo su nueva forma, entre ellos, la retirada de la vida política del propio Juan Del Granado, con los consecuentes cambios dentro de su esquema jerárquico.

El momento de quiebre de esta historia, sin embargo, estaba por llegar, de la mano de los resultados del Referendo Constitucional del 21 de febrero de 2016.

Una suma de factores

Pero mientras lo que podría considerarse como la “oposición tradicional” atravesaba su peor momento en términos de influencia sobre la toma de decisiones y la capacidad de interpelación tanto al Estado como a la sociedad, diversos informes relacionados a la situación socioeconómica boliviana señalaban importantes cambios registrados durante los últimos años:

En noviembre de 2010, el PNUD en Bolivia publicaba su informe de Desarrollo Humano titulado Los Cambios detrás del Cambio: Desigualdades y movilidad social en Bolivia, donde reportaba que entre 1999 y 2007 el 36% de la población boliviana pasó a formar parte de la clase media, a un ritmo de 138 mil ciudadanos que dejaban la pobreza por año. Poco después, se llevó a cabo el Censo Nacional de Población y Vivienda 2012 que destacaba otros dos datos: primero, que 67,3% de los bolivianos vivían en áreas urbanas, mientras que sólo 32,7 habitaban en el área rural; y segundo, que la las personas entre 0 y 29 años constituían el 59,6% de la población total dentro del país.

Esto significaba que Bolivia se había transformado paulatinamente en un país urbano, joven y clasemediero (a pesar de que éste último dato fue matizado recurrentemente después). En todo caso, este importante cambio sociológico tuvo su correlato en la identidad política de los bolivianos, que pasaron a redirigir sus aspiraciones y reivindicaciones más allá de la agenda gubernamental basada en consignas como soberanía, inclusión o nacionalización de los recursos naturales.

Al mismo tiempo, en 2015 el contexto internacional ya no era el mismo de 2008, con importantes aliados desaparecidos o contra las cuerdas a nivel Latinoamericano, y una caída considerable del precio del barril de petróleo en el mercado internacional, que pasó de valer 131 dólares en 2008 a solamente 44 dólares ese año.

Nuevas clases y viejos políticos

Estos datos, aparentemente no relacionados con la política interna del país, coincidieron sin embargo con la llegada de un nuevo momento que se inauguró en febrero de 2016, cuando la opción del No a la modificación de la Constitución para permitir la re-postulación de aspirantes que ya hayan cumplido dos términos ganó por un estrecho margen a la opción por el Si. Específicamente, 51,30% a favor del No y 48,70% a favor del Sí. La campaña a favor y en contra de ambas opciones fue cuando menos intensa, con eventos claves como la aparición de un supuesto hijo del presidente con una joven gerente de una empresa china y el incendio de la alcaldía de la ciudad de El Alto a manos de dirigentes vecinales aparentemente cercanos al oficialismo.

Estos resultados tuvieron, al parecer, consecuencias casi inmediatas sobre los actores del escenario político nacional, abriendo un resquicio de esperanza para la defenestrada oposición partidaria y sembrando incertidumbre en las filas oficialistas. En septiembre de 2017 la encuestadora IPSOS señalaba que la popularidad de Morales había caído de 48% en 2015 a 37% en 2017, como supuesto corolario de la victoria del No el 21F de 2016.

De todos modos, un frente en defensa de los resultados del 21F se abrió rápidamente, incluso antes de que el presidente Morales expresara su intención de volver a participar en las elecciones el octubre de 2019. Un nuevo discurso se formuló desde entonces, movilizando a sectores jóvenes, urbanos y aparentemente clasemedieros sobre los cuales diferentes liderazgos partidarios de oposición trataron de influir directa o indirectamente, a tiempo que se reclutaban otros más jóvenes dentro de sus filas. Nuevos ejes de debate y conflicto, relacionados al cuidado del medio ambiente, la desigualdad de género y rechazo a la corrupción fueron utilizados hábilmente para engrosar las filas de algo que parecía un nuevo movimiento opositor, que se expresaba activamente a través de las redes sociales, pero no así en las calles, al menos de forma contundente. La demanda central de este movimiento era el respeto a los resultados del 21F como una reivindicación de la democracia, pero luego se añadieron otras consignas como el rechazo a la corrupción gubernamental o el supuesto machismo oficialista.

Sin embargo, a dicho movimiento trataron también de incluirse viejos sectores de oposición cargados de viejos preceptos racistas y excluyentes, y muchos conversos de última hora a favor del medio ambiente, la igualdad de género o la democracia, haciendo más amorfo un movimiento que nació sin líderes ni estructura partidaria; que no estaba organizado, en otras palabras.

Un liderazgo fue inmediatamente construido desde los medios, pero cuya reticencia y dubitación tendría consecuencias posteriormente: Carlos Mesa, fue así el nuevo líder sobre el cual los detractores de Morales depositaron sus esperanzas, ocupando de alguna manera el lugar que tuvo en 2014 Juan Del Granado. No obstante, su incapacidad de consolidar alianzas en torno a su propia figura multiplicó los frentes de oposición al gobierno con capacidad de competir electoralmente, debilitando así su propuesta. Más importante aún, no contaba ni con un partido propio ni con una militancia, sumando en vez de ello a viejos rostros de la política boliviana, mientras la oposición partidaria tradicional se mantuvo alejada.

Nuevamente, al igual que durante los periodos anteriores en cuales el oficialismo tuvo la ventaja, los detractores de Morales se encuentran divididos en más de un partido, sin una agenda programática ni un contenido ideológico, y apoyados solamente por algunos medios de comunicación; pero con la diferencia de que el oficialismo ya no cuenta con la misma fuerza ni popularidad que sí tenía en un principio. Su agotamiento, sin embargo, está muy lejos del severo desgaste del que sufren actualmente algunos de los candidatos de la oposición, Carlos Mesa entre ellos.

En conclusión, el gobierno de Morales se enfrenta a una síntesis entre la vieja oposición heredera del viejo sistema de partidos que sobrevivió milagrosamente a las dos periodos pasados y un nuevo sector de la sociedad boliviana que no comparte necesariamente las consignas reaccionarias y anquilosadas de los cívicos regionalistas de 2008, pero que se opone a Morales desde nuevas perspectivas y aspiraciones, que surgen de las transformaciones sociológicas que atravesó el país desde inicios de éste siglo. Una síntesis, al mismo tiempo, no cohesionada ni organizada como sí lo estuvieron, por otra parte, los ejércitos unionistas que trataron de derrocar a Morales en septiembre de 2008. Recordar, sin embargo, es necesario, en orden de no repetir aquel fatídico día.


* Es politólogo.

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