octubre 28, 2021

Un breve repaso a la historia de la cocaína

Por José Galindo *-.


Bolivia forma parte de la cadena productiva de la cocaína, una de las industrias ilícitas más lucrativas y violentas del planeta, aunque está muy lejos de exhibir las mismas tasas de homicidio presentes en Colombia, Brasil o México, países que siguieron las recomendaciones de Washington al pie de la letra en su lucha contra las drogas.

Antes de evaluar cómo debe enfrentarse el desafío que supone el narcotráfico, es conveniente hacer un breve repaso sobre los orígenes de esta droga, hasta nuestros días.

La relación guerra – drogas

Para hacer esto partiremos de una revisión del libro Killer High: a history of war in six drugs (que puede ser traducido toscamente a Dosis letal: una historia de la guerra en seis drogas), en la cual su autor, Peter Andreas, cuestiona la amnesia histórica que suele acompañar el estudio de las guerras y su relación con sustancias que alteran la mente. Donde hay guerra hay drogas, y la relación entre ambas ha dado paso al mundo que habitamos hoy. Tal como indica su autor: “De varias formas, la relación guerra-drogas ha impulsado expansiones imperiales, provocado rebeliones y revoluciones, levantado Estados, y ha coadyuvado a crear no solo ejércitos adictos, sino también naciones de adictos”.

Andreas señala cinco dimensiones que pueden darse en la relación guerra-drogas: guerra mientras se está drogado (el consumo de drogas por combatientes y civiles en tiempos de guerra); guerra a través de las drogas (el uso de drogas para financiar una guerra o debilitar al enemigo); guerra por drogas (el uso de la guerra para asegurar mercados de drogas); guerra contra las drogas (el uso de la fuerza militar para suprimir el consumo de drogas así como la deslegitimación del enemigo en el nombre de la supresión de las drogas); y, finalmente, drogas después de la guerra (el uso de diferentes drogas por vencedores y perdedores una vez terminado el conflicto). Estudia estas relaciones a través de seis sustancias narcóticas, que van desde legales a ilegales: alcohol, nicotina, cafeína, opioides, anfetaminas y cocaína, sobre la cual concentraremos nuestra atención a partir de acá.

Del pijcheo a la inhalación

La masticación de hoja de coca data del año tres mil a. n. e., y se ubica exclusivamente en la región andina, en cuyo epicentro fue cultivada y consumida por el Imperio incaico, que conocía los beneficios de esta planta para la resistencia física de sus soldados, así como para combatir el hambre. Después de la Conquista, los españoles funcionalizaron su uso como mecanismo de explotación de la población indígena, particularmente en la institución de la mita, que demandaba el uso intensivo de mano de obra en las vetas argentíferas del Cerro Rico de Potosí. Posteriormente, los soldados independentistas de inicios del siglo XIX también recurrieron al pijcheo y las infusiones de coca para enfrentarse a las tropas realistas, que utilizaban esta planta.

La ciudad de La Paz fue por mucho tiempo el principal centro de producción, acopio y comercialización de coca en toda la Audiencia de Charcas y parte del Virreinato de Lima, y lo seguiría siendo una vez fundada la República de Bolivia. Su cultivo era, por otra parte, marginal en otras regiones del continente, generalmente limitado al consumo local de comunidades muy alejadas de centros urbanos. No fue sino hasta los años 80 del siglo pasado que este monopolio fue roto con la expansión de la hoja de coca a la región del Chapare.

La cocaína, como elemento aparte, fue aislada de la hoja de coca por primera vez en 1860 por el científico alemán Albert Niemann. La empresa alemana Merck sería la primera en producirla en grandes cantidades a partir de 1862. Para 1884 su uso era tan convencional que Sigmund Freud escribió su ensayo Ubber Coca, en homenaje a esta sustancia que utilizó como efectivo remedio contra sus episodios depresivos.

La cocaína fue bien recibida por el público hasta 1920, y era empleada en productos como Coca-Cola o kits para amas de casa. Es decir, su uso estaba extendido a través de amplias capas de las sociedades europeas hasta que estalló la Primera Guerra Mundial. Fue en este periodo que se comenzó a cuestionar su uso por organizaciones religiosas y moralistas. El Acta de Drogas Peligrosas de 1920, en Gran Bretaña, es el primer precedente de ilegalización de esta droga. El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo el fin de la industria de la cocaína, impulsada hasta entonces principalmente por Japón y Alemania, mientras que Estados Unidos emergió como poder hegemónico global imponiendo al resto del mundo su política anti-drogas.

Resurgimiento colombiano de la cocaína

La cocaína volvió a repuntar en las décadas de los años 60 y 70 del siglo XX, desde la zona andina de Sudamérica. La producción de cocaína colombiana impulsó el cultivo de coca en Perú y Bolivia, y su comercialización en los Estados Unidos estaba generalmente a manos de mexicanos, argentinos, cubanos, chilenos y colombianos.

La Revolución cubana fue un hecho importante en la historia de esta droga, pues, al consumarse, la mayor parte de las mafias y el crimen organizado de la entonces capital del ocio, se trasladaron a Miami, lugar desde el cual comenzaron a trabajar como comercializadores de cocaína de carteles colombianos. Muchos de los mercenarios de Bahía de Cochinos en 1961, de hecho se dedicaron al narcotráfico una vez consolidada la Revolución.

Es a partir de la década de los 70 que Medellín, una capital manufacturera, industrializada y exportadora, se convirtió en el epicentro del negocio de la cocaína en parte debido a la red de distribución que proveían sus migrantes en los Estados Unidos, desplazando así totalmente a los cubanos de Miami. Las viejas élites colombianas fueron rápidamente desplazadas por estas nuevas narco burguesías, lideradas por Pablo Escobar.

El término “carteles” comenzó a entrar en uso, sin embargo, nos advierte Andreas, no es adecuado para un negocio tan violentamente híper-competitivo como la cocaína. Fue popularizado por políticos estadounidenses que necesitaban un enemigo identificable frente a la opinión pública. Florida era por aquel entonces la capital del homicidio justamente por la competencia entre organizaciones criminales o dedicadas a la cocaína.

Guerra contra y a través de las drogas

Dicha epidemia de violencia fue usada por el presidente estadounidense Ronald Reagan para declarar una guerra metafórica contra las drogas, pero que luego llevó a militarizar la lucha contra el crimen, mediante el empleo de armamento moderno y equipos SWAT (Armas y Tácticas Especiales) organizados en los años 60, para emplear tácticas contrainsurgentes en Los Ángeles traídas de Vietnam.

Durante los años de Reagan, de 1981 a 1989, se descubrió que la CIA había montado un aparato para el financiamiento de los “contras” nicaragüenses para enfrentar a la Revolución sandinista, con dinero proveniente de la comercialización de cocaína desde Colombia, que después era vendida en los barrios pobres y negros de los Estados Unidos. La asistencia de la Agencia fue prestada sobre todo en la comercialización y el transporte de la droga.

La militarización de la lucha contra las drogas fue intensificada por George H. W. Busch, hasta llegar al punto que su secretario de Defensa, Dick Cheney, declaró a dicha guerra como una prioridad de su cartera. Los halcones del Pentágono notaron que el combate contra las drogas podía ser útil para justificar otras operaciones fuera del área anti-narcóticos beneficiosas para la industria armamentística, incluyendo el financiamiento de radares anti-misiles usados para detectar vuelos de drogas. Más de 300 productores de armas se beneficiaron de esta política promovida por el Complejo industrial-militar de los Estados Unidos.

Drogas y geopolítica

La guerra contra las drogas definió las relaciones de los Estados Unidos con sus vecinos del sur, estableciéndose de forma fáctica en Panamá para actividades anti-narcóticos mediante el Comando Sur y dirigiendo la mayor parte de su ayuda a Centroamérica. El control de drogas llevó incluso a la operación Causa Justa en 1989, que depuso al general Manuel Antonio Noriega del poder en Panamá bajo los cargos de tráfico de cocaína. Antes de tomar el poder, Noriega era un agente pagado por la CIA en su lucha contra los sandinistas en la década del 80.

La guerra que Pablo Escobar declaró contra el Estado colombiano entre 1992 y 1993 fue otro momento clave para poner en práctica esta nueva línea de las relaciones de los Estados Unidos con la Región a través de diferentes agencias y formas de cooperación anti-droga. La lucha contra las drogas llevó a los Estados Unidos a proponer la Iniciativa Andina en Washington, que multiplicó el financiamiento y cooperación doctrinaria y logística contra el narcotráfico, pero que resultó, paradójicamente, en relaciones de cooperación entre fuerzas de seguridad y traficantes de drogas, como se dio en Colombia, donde paramilitares de extrema derecha eran financiados con dinero del narcotráfico.

El “golpe de la cocaína” es un ejemplo de la relación entre fuerzas de seguridad y narcotráfico, cuando Luis García Meza, uno de los peores criminales de la historia de Bolivia, asumió el poder para impulsar la construcción de una industria nacional del narcotráfico ejecutada por los propios militares. En mayo de 1990 Jaime Paz Zamora firmó en Washington un acuerdo de asistencia militar, presionado por Estados Unidos, que militarizó la lucha contra las drogas en Bolivia, abriendo paso a las masacres campesinas que se dieron en el Chapare durante toda esa década.

Mientras tanto, en Perú y Colombia la guerra contra las drogas se había convertido también en una guerra contrainsurgente, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y Sendero Luminoso siendo combatidas por las Fuerzas Armadas en operaciones anti-drogas. No obstante, al mismo tiempo, ministros como Vladimiro Montesinos en el Perú recibían dinero tanto de la CIA para combatir la producción de drogas, como de narcotraficantes para proteger sus mercancías.

El desplazamiento mexicano

Por un breve tiempo Bill Clinton bajó la retórica aguerrida de H.W. Busch, pero continúo financiando la lucha contra las drogas. Paralelamente la cooperación se intensificó a tal punto que varias agencias duplicaban esfuerzos en el continente, como la Administración de Control de Drogas (DEA), la CIA y el FBI. El resultado fue paradójico en Colombia: las fumigaciones de los cultivos de coca llevaron a los campesinos a sumarse a las filas de las FARC y el desmantelamiento de los carteles de Medellín y Cali aumentó el peso de la guerrilla en el control de la cocaína para financiar su guerra contra el Estado.

Hasta entonces, el tráfico de drogas desde los Andes seguía una ruta a través del Caribe hacia el sur de Florida. Esto cambió con la llegada de los mexicanos al negocio, quienes fueron adquiriendo mayor importancia para los carteles colombianos en el transporte de su mercancía. Hasta 1989 la proporción de cocaína que entraba a Estados Unidos vía México era extremadamente baja, pero a partir de 1992 pasó a ser más de un tercio de la totalidad del producto.

Fue en esta etapa que la frontera entre ambos países se militarizó a tal punto que para inicios de la década del 90 se había enrolado a miembros del Ejército y la Guardia Civil en tareas de interdicción y control de tráfico de drogas, incluyendo una mayor inversión en equipo y personal. Esto acrecentó la porción de las ganancias de las organizaciones mexicanas que transportaban cocaína colombiana de cinco a 10 veces. En 1994 el Gobierno mexicano calculó las ganancias brutas de las organizaciones locales del narcotráfico en 30 billones de dólares, superiores a las de su principal industria, el petróleo.

Para 1998 el papel del Ejército mexicano también pasó a ser central en la lucha contra las drogas, al punto que el personal militar ocupaba dos tercios de los principales puestos de ejercicio de la ley en todos los estados mexicanos y el 40% de sus 180 mil efectivos militares estaban destinados a operaciones de interdicción o tareas relacionadas. El personal militar terminó reemplazando al policial, sin por ello demostrar ser inmune a la corrupción, multiplicándose los casos de cooperación entre autoridades del Ejército y carteles de la droga.

Simultáneamente, el comercio entre los Estados Unidos y México se había reproducido exponencialmente. Cada día más de 200 mil vehículos cruzaban la frontera entre ambos países, llevando tanto bienes legales como ilegales, y haciendo de la detección de drogas un asunto mucho más complicado. En palabras de Andreas, era como encontrar una aguja en un pajar, solo que el pajar se hacía cada vez más grande mientras la aguja evitaba ser detectada activamente. Mientras los esfuerzos anti-narcóticos se intensificaban, la política comercial entre ambos países dictaba que la frontera se hiciera cada vez más porosa. Para el final de la década, 90 millones de coches y cuatro millones de vehículos en rieles entraban desde México a Estados Unidos cada año.

Narcoterrorismo y una nueva era de brutalidad

Los ataques a las Torres Gemelas fusionaron la guerra contra el narcotráfico con la guerra contra el terrorismo, hasta borrar la línea que separaba ambos campos de batalla. El término “narcoterrorista” pasó a entrar en uso de forma cada vez más frecuente, mientras armamento de última generación y personal militar que había pelado en Irak y Afganistán fue empleado en combatir a organizaciones terroristas y narcotraficantes. En 2005, el presidente mexicano Vicente Fox lanzó una ofensiva llamada “México Seguro”, que consistía en el despliegue de 700 policías y militares en Nuevo Loredo; y en 2006 su par Felipe Calderón lanzó la guerra contra el narcotráfico, inaugurando una era de violencia que se extiende hasta nuestros días. Estados Unidos financió a México con 400 millones de dólares en esta etapa de su guerra contra las drogas, la que ha provocado hasta ahora más de 350 mil muertos.

La guerra contra las drogas no decapitó a los carteles, sino que los multiplicó y, al hacerlo, provocó que el mercado de la droga deviniera en un espacio altamente volátil y violento. En 2007, cinco organizaciones criminales controlaban el transporte de drogas a Estados Unidos en México; para 2012 ya eran nueve. Los Zetas fueron un punto de quiebre en esta historia, al ser conformados por exmilitares entrenados en los Estados Unidos. Sus prácticas llegaron a la brutalidad más extrema, obligando a los otros carteles a innovar en sus técnicas de violencia. Lo más curioso es que la brutalidad no cruzó la frontera. Mientras Juárez, en México, se convirtió en una de las ciudades más violentas del mundo, su vecina estadounidense, El Paso, era una de las más seguras de ese país en 2015. En 2016 El Chapo Guzmán fue arrestado durante el gobierno de Peña Nieto, a quien los Caballeros Templarios ofrecieron una tregua si bajaba la intensidad militar de su Gobierno. No lo hizo.

Conjuntamente Brasil se convirtió en un paso obligado del tráfico de drogas hacia Europa, a través de África. En 2018 el gobierno de Michel Temer militarizó Río de Janeiro, provocando 900 muertos ese año, sin bajar el tráfico de drogas. Los grandes perdedores de esta escalada fueron los habitantes pobres de las favelas, mientras las clases medias y altas celebraron la guerra contra el narco inaugurada en el país. Esto se debió a que las operaciones militares arrinconaron a los carteles de la droga a esos espacios, donde subsecuentemente ingresaba el Ejército, haciendo al resto de sus habitantes volubles de ser atrapados en el fuego cruzado, tal como sucedió.

El papel de Bolivia en toda esta historia es, como se notará, bastante marginal.


  • Cientista político.

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