
El próximo 19 de octubre, prácticamente dentro de un mes, será la primera vez que las bolivianas y los bolivianos asistiremos a una segunda vuelta electoral en toda nuestra historia democrática y hasta ahora hay muchos elementos que nos muestran que no será precisamente una grata experiencia, cuando menos en lo que a campañas se refiere.
Entre guerra sucia, fake news, manipulación mediática y desatinadas declaraciones de los cuatro en disputa, unos por su exagerado afán protagonista y otros por su silencio, están marcando un ambiente totalmente sombrío a este período preelectoral que puede empañar esta etapa eleccionaria más allá de los mismos resultados que arrojen las urnas.
Cuando el Tribunal Supremo Electoral (TSE) convocó hace unos días a los candidatos presidenciales y vicepresidenciales para acordar reglas de juego limpio de cara al balotaje, ya era demasiado tarde para muchos. La campaña que se vive en Bolivia ha evidenciado una intensidad inédita de guerra sucia, fake news, manipulación mediática, y un uso acelerado de tecnologías digitales que tensionan no solo el proceso electoral, sino las reglas de la deliberación democrática.
Guerra sucia, noticias falsas y manipulación digital
El TSE reconoció que esta segunda vuelta electoral corre el riesgo de repetir el patrón observado en la primera, es decir, ataques, desinformación y noticias falsas, pero con mayor virulencia.
Medios, partidos políticos y actores particulares han sido advertidos por las campañas de desprestigio, incluyendo contenido difundido por emisores no identificados, campañas digitales con cuentas anónimas o páginas que fingen ser medios internacionales. En el caso de los medios, se ha expedido una sanción económica en el marco de la normativa vigente: sin embargo, esta parece que no llegará a materializarse por la presión que están ejerciendo las asociaciones de propietarios de medios, pese a haber admitido haber incurrido en las faltas motivo de la sanción.
Se han difundido falsificaciones de audios y videos con tecnología digital, deepfakes, encuestas fraudulentas, contenidos diseñados para viralizar la crispación, discursos fuera de contexto, acusaciones inventadas, suplantaciones, rumores.
Este es el panorama que se nos presenta a cuatro semanas de volver a las urnas, esta vez sí para definir, entre dos opciones, quiénes gobernarán los próximos cinco años.
Quiénes son y qué proponen
La segunda vuelta enfrentará a dos binomios presidenciales con perfiles contrastantes, que han tenido que adaptarse a esta campaña digitalizada y agresiva.
Por una parte, está el sorpresivo ganador de la primera vuelta Rodrigo Paz Pereira, junto a Edman Lara, por el Partido Demócrata Cristiano (PDC).
Paz Pereira, economista, hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, con pasado político como senador y alcalde de Tarija, pero sin el desgaste del liderazgo tradicional. Lara, el exoficial de Policía popularmente conocido como el Capitán Lara, surgió denunciando corrupción interna, se comunica con fuerte peso en redes sociales, especialmente en TikTok, adquiriendo una imagen de outsider.
Buscan presentarse como renovación, combate a la corrupción, reducción de la burocracia (“Estado tranca”), “capitalismo popular” o un Estado que funcione para la gente común. Estilo directo, con fuerte componente simbólico aunque con menos recursos que otros candidatos. Paz ha llamado al consenso legislativo y Lara ha sugerido que si ganan será la cabeza del Legislativo pretendiendo marcar distancia con el Ejecutivo, aun cuando sean parte de la misma propuesta electoral, lo cual intensifica la tensión sobre los poderes institucionales.
Al otro extremo de la papeleta irán Jorge Tuto Quiroga con Juan Pablo Velasco por Alianza Libre.
Quiroga es un político experimentado, de profesión dirán algunos, expresidente 2001-2002, sucediendo en su condición de vicepresidente al exdictador Hugo Banzer, su progenitor político, tecnócrata liberal, con fuerte cercanía a la Embajada norteamericana y desde luego al Gobierno de ese país y a sectores empresariales del Oriente boliviano, muestra un perfil de derecha o de extrema derecha. Velasco, empresario tecnológico joven, sin ninguna experiencia política, proveniente de una familia de bancarios, acusados de la quiebra del Banco Fassil, tema del que prefiere no hablar, representa la apuesta por innovación y el emprendedurismo.
Su campaña ha puesto acento en la reactivación económica a partir de acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI), devaluación de la moneda, reducción de aparato estatal, privatización de las empresas públicas, atraer inversiones y políticas que favorezcan al sector privado, innovación digital. Se presentan como alternativa liberal al modelo estatista.
Una campaña inédita en Bolivia
La campaña de 2025 marca varios hitos nuevos o poco vistos.
El predominio de lo digital, con mayor inversión en publicidad pagada en redes sociales que en medios tradicionales. Menos actos callejeros o movilizaciones físicas y muchas campañas construidas en TikTok, redes sociales, contenido viral.
En la primera vuelta se registró una alta proporción de indecisos, votos blancos/nulos: un electorado fragmentado, desencantado. Este escenario se convierte en terreno fértil para estrategias de desinformación que buscan moldear percepciones, sembrar dudas, polarizar.
Pese a la firma de compromisos públicos para campaña limpia y que el TSE logró que se firmasen acuerdos de respeto mutuo, evitar noticias falsas, asistir a debates, aceptar resultados, hay un marcado escepticismo sobre si estos acuerdos se cumplirán plenamente.
Si bien la propaganda en los medios tradicionales de comunicación ha tenido una baja muy evidente, de manera abierta y desvergonzada la mayor parte de estos, la corporación mediática, especialmente las cadenas de televisión y algunos periódicos y radios, han asumido acciones directas de campaña en favor de la candidatura de Quiroga, poniendo en el foco informativo todo lo malo que puedan encontrar en contra de la dupla Paz-Lara, con mayor énfasis en el candidato vicepresidencial; y por el contrario, brindando pantalla, micrófonos y paginas sin límite a Quiroga y Velasco. Los medios se han convertido en cajas de resonancia de la guerra sucia, especialmente la que surge desde los equipos de campaña de la Alianza Libre.
El empresariado comunicacional ya eligió su candidato. Habrá que ver hasta dónde los medios tradicionales pueden imponerse ante las emergentes redes sociales, donde al parecer lleva las de ganar la candidatura del PDC.
Un aspecto que no ha dejado de llamar la atención dentro de esta guerra sucia ha sido la constante búsqueda de relación o identificación de ambos candidatos con el Gobierno, con el Movimiento Al Socialismo (MAS) o con el propio Evo Morales. Desde ambos bandos, a través de sus equipos de campaña, se ha intensificado esa labor, principalmente desde el lado de Quiroga y Velasco, seguramente con el pensamiento de que relacionar a sus oponentes con el masismo podría lograr que los indecisos, e incluso parte de quienes votaron por Paz-Lara, cambien su voto en esta segunda vuelta, partiendo del supuesto del cansancio de la ciudadanía con el oficialismo.
Si bien los candidatos perdedores, Doria Medina y Reyes Villa, han expresado ya su posición con relación a quienes disputan la segunda vuelta, queda pendiente, y puede ser un factor determinante en los resultados del balotaje, el porcentaje importante, de más del 15% de votos nulos, que son reclamados como suyos por Morales y que en esta segunda vuelta, por palabras del propio exmandatario, quedan en libertad de votar por cualquiera de los candidatos. La pregunta obligada es a favor de quién irán esos votos. Aquello podría ser determinante.
¿A dónde podría llevar esta forma de hacer campaña?
La intensificación de la guerra sucia, la manipulación digital y la polarización, así como la vergonzosa posición de la corporación mediática, puede tener consecuencias de largo plazo.
Uno de los riesgos más evidentes es la erosión de la confianza ciudadana. Cuando los partidos recurren al señalamiento y la mentira sistémica la ciudadanía puede volverse escéptica no solo de los políticos, sino de las instituciones encargadas de fiscalizar (TSE, medios, verificadores de datos). El miedo es que el “todos mienten” se convierta en norma, lo que debilita la legitimidad del vencedor.
También puede producirse una mayor radicalización y polarización. Al apelar al miedo, a la identidad religiosa o cultural, a los grupos excluidos, la campaña puede reforzar divisiones sociales profundas (región, etnia, clase), más que debatir políticas públicas. Los discursos emotivos, los mensajes contra “el otro”, se vuelven moneda corriente.
Las desventajas estructurales traducidas en desigualdad de recursos de los candidatos. Los actores con mayor capacidad financiera pueden permitirse producir más contenido digital, contratar publicidad en redes, manipular narrativas; quienes tienen menos recursos deben competir en campo desigual. Eso puede favorecer a quienes ya tienen conexiones con corporaciones tecnológicas, financiamiento privado, etcétera, aunque no necesariamente esta mayor inversión o gasto de recursos económicos garantiza por sí solo el voto ciudadano.
Degradación del espacio público y mediático. Los medios de comunicación toman posiciones, algunos se alinean abiertamente, otros silencian temas, para favorecer o perjudicar a alguno de los candidatos. Los ciudadanos se encuentran con mucha dificultad para distinguir lo que es noticia, lo que es opinión, lo que es fake news, especialmente en zonas donde el acceso a medios independientes, no comerciales, es limitado.
Finalmente, el riesgo institucional para la democracia electoral. Si la victoria se cuestiona con acusaciones de fraude o manipulación, si los finales son estrechos, o si una parte del electorado no acepta los resultados, la campaña puede sembrar conflictos posteriores, protestas, tensiones legales o institucionales. Especialmente cuando la campaña se ha caracterizado por comprometer respeto a resultados, pero también por sembrar desconfianza previo al día de la votación. Habitualmente este recurso de desacreditar a los tribunales electorales con denuncias de fraude solía producirse de parte de la derecha para justificar sus derrotas ante propuestas progresistas. Hoy que compiten entre representantes de la derecha en sus distintas ubicaciones podría ser mucho peligroso para el Órgano Electoral este tipo de manejo del accionar de los árbitros electorales.
Lo que se juega en esta segunda vuelta no es solo quién será presidente y vicepresidente, sino qué modelo de campaña prevalecerá: si uno basado en propuestas, transparencia y reglas solemnes, o uno donde la desinformación, los ataques personales y la manipulación sean la norma. Bolivia parece estar en un punto de inflexión. Si no se construyen mecanismos de verificación, sanciones efectivas y educación mediática ciudadana esta tendencia podría marcar los próximos ciclos electorales, para bien o para mal.
Lo cierto que la guerra sucia, las fake news y la manipulación mediática no favorecen directamente a ninguno de los candidatos, así crean ellos lo contrario. En cambio, a quien perjudica es al elector y al sistema democrático. Por tanto habrá que pensar si vale la pena este sistema de segunda vuelta donde las campañas no ofrecen propuesta alguna para que el ciudadano pueda depositar su voto y confianza en alguno de los candidatos, sino todo lo contrario: desconfianza y temor por los que gobernaran el país después del 8 de noviembre. Seguramente podrá sentirse hasta cierta nostalgia por la hegemonía de las mayorías de otros tiempos, sin que aquello signifique que todo tiempo pasado fue mejor.
- Por Diego Portal


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