octubre 21, 2020

Crisis mundial de alimentos y la vulnerabilidad boliviana

La derecha neoliberal no ha dejado de utilizar en su discurso la teoría maltusiana justificando el aumento de precios mundiales de los productos agrarios, necesarios para la subsistencia humana, a causa de la sobrepoblación humana. A mayor número de consumidores (demanda) mayor es el precio del producto (oferta). Esta teoría obsoleta ya fue rebasada mediante la modernización de los medios de producción. El capitalismo tuvo un avance considerable en sus respectivas revoluciones industriales y tecnológicas para elevar la producción pero paralelamente conllevó un retraso humano en lo referente a las relaciones de producción, y su sostenibilidad.

Jugando con la “mano invisible” del mercado, las crisis económicas de sobreproducción, etiquetadas como falsas, no eran causa de un exceso de productos agrarios e industriales frente al posible número de consumidores, dado que mundialmente millones de personas mueren de hambre o padecen necesidades al no ser consumidores por una mala distribución de esas manufacturas y víveres que produce el sistema capitalista.

Marx afirmó en su obra maestra de El Capital “que el capitalismo está cavando su propia tumba” en referencia a las contradicciones de las relaciones productivas, pero cerca de un siglo y medio de su tesis, actualmente válida, podemos agregar que “el capitalismo genera la tumba de la humanidad”.

La insostenibilidad de este modelo a mediano plazo empieza a tener sus consecuencias en la Madre Tierra generando un cambio climático que afecta la relación entre humanidad y naturaleza. Aún así, no hay que dejar de lado las variables de clase social o países enriquecidos y empobrecidos, para hacer frente a los males que genera el capitalismo mundial en nuestro entorno natural. La contradicción existe, y los países que más contaminan la Madre Tierra más recursos disponen para enfrentar sus consecuencias, por sus robos históricos.

Bolivia, un país que no aporta ni una milésima parte de la contaminación mundial, empieza a sufrir grandes destrozos naturales que inciden en la seguridad alimentaría. Las fuertes sequías vividas, anormales al ciclo climático natural de Bolivia, han generado una reducción de la producción considerablemente, desde el arroz, el azúcar, la quinua,… elevándose los precios en normas del mercado por la existencia de escasez y volviendo a afectar mayormente a las clases bajas. A esas causas naturales hay que sumar un sector agroindustrial con ojos en el mercado externo que no le interesa lo que sucede dentro del país.

Ya en la Conferencia Mundial de los Pueblos contra el Cambio Climático, el Presidente Evo Morales advirtió que o “muere el capitalismo o muere la madre tierra” y con ello nosotros también. Pero claro está, los capitalistas no quieren renunciar a sus privilegios. También es poco probable que la nueva propuesta del Presidente Evo de iniciar una “cruzada mundial de alimentos” sea escuchada.

En síntesis, Bolivia no podrá estar exenta de los efectos de la crisis mundial de alimentos. Hacer política de oposición con eso es una demagogia. Los esfuerzos que hace el gobierno para enfrentar el desabastecimiento de algunos productos agroindustriales, no siempre con los resultados esperados, deben ser analizados y valorados en esa contexto mayor, aunque no es responsable no decirle a la gente los grandes peligros que nos acechan, al menos mientras el mercado esté por encima de la planificación.

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