octubre 29, 2020

De Porto Alegre a Dakar, un mar

Hace ya algunos años, cuando el ciclo de los FSM se encontraba en sus inicios, Fidel reflexionaba frente a aquel fenómeno inédito y sorprendente exclamando: “Hoy ¿qué haremos nosotros? ¡¡Sumarnos a los movimientos sociales de protesta!!”. Con esa expresión reflejaba dos cuestiones desconcertantes propias de la época que se vivía: la impetuosa aparición de los movimientos sociales como nuevos sujetos de resistencia al capitalismo neoliberal (que esquivaban el encuadre clásico de dinámicas y esquemas partidistas), y una decidida opción por sus luchas, en las cuales el acontecimiento FSM se instalaba como estrategia sin dudas inusual, tanto por su masividad como por su metodología. Pese a los augurios de Fukuyama, la historia no sólo no había llegado a su fin, sino que los pueblos comenzaban a reaccionar frente al capitalismo depredador.

El evento puntual FSM, más allá de las múltiples ramificaciones que ha experimentado en estos diez años de existencia (en particular las celebraciones regionales, con su aproximación a situaciones y problemáticas específicas) sigue constituyendo un hecho único, en el cual convergen cientos de miles de militantes comprometidos con procesos reales de transformación, redes y organizaciones autogestionadas e inmersas en luchas concretas, entusiastas del turismo político, curiosos, simpatizantes orgánicos e inorgánicos de las causas justas, así como no pocos profesionales del altermundismo, que junto a ciertas ONGs hallaron un modus vivendi novedoso y en ocasiones muy rentable. Como indica Eric Toussaint, uno de los fundadores del FSM, estos últimos son parte de la “burocracia altermundista” y de la “industria del FSM” que ha puesto a funcionar el mercado capitalista también en esos ámbitos antisistémicos.

Aportes y retos

Antes que nada, es importante recordar que, según la propia Carta de Principios, el FSM se autodefine como “espacio abierto de articulación para intensificar la reflexión, realizar un debate democrático de ideas, elaborar propuestas, establecer un libre intercambio de experiencias y articular acciones eficaces por parte de entidades y movimientos que se opongan al neoliberalismo y al dominio del mundo por el capital”.

Indudablemente cumple con ese cometido, y queda por tanto en manos de los participantes evitar que ese multitudinario ámbito de articulación derive en una celebración ingenua de la diversidad. Reto permanente, en particular si tomamos en consideración la fortísima carga simbólica que atraviesa ese tipo de eventos, en los cuales se produce lo que el brasileño Chico Whitaker —otro de los fundadores— describe como “el reencuentro con la utopía”, vivencia importante pero irremediablemente efímera.

Por otro lado, es innegable que el FSM afianza un tipo de cultura política propiciadora de la horizontalidad, el debate amplio y la convergencia de redes; una práctica ya asumida que sin embargo encuentra múltiples dificultades y contradicciones a la hora de vincularse con algunos gobiernos progresistas, que sólo parecen apreciar lo participativo cuando les garantiza respaldo y aplausos.

Un tercer aspecto tiene que ver con el desafío que supone el tránsito desde la resistencia social, en la que muchos movimientos ya acumulan una importante experiencia, a las vías de materialización política y la construcción de poder (también) desde ámbitos de gobierno, con todas las rupturas y tensiones que supone. Dilema no resuelto, y del cual nuestro país es un ejemplo.

El FSM Dakar se desarrolla a diez años del primero en Porto Alegre. Además de una década, los separa el mismo océano que fue testigo de los mayores proyectos históricos de conquista y colonialismo, facilitando la instalación de una Europa periférica, atrasada y rapaz como “paradigma civilizatorio”. Frente a la capital senegalesa se encuentra la isla de Gorée, punto principal de embarque para el negocio de la trata de esclavos, memoria viva del saqueo y el envilecimiento de la dignidad humana. Un poco más al norte arden hoy Túnez, Yemen, Jordania y Egipto. En el riñón del imperio, Obama gimotea la pérdida de liderazgo de su país, mientras poderosos financistas mundiales pugnan por refundar el capitalismo fracasado, que amenaza arrastrarnos a todos en su caída. Aún con sus limitaciones y paradojas, el FSM se suma a los espacios para pensar el otro mundo posible.

 *           Es teólogo

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