octubre 23, 2020

Una reedición del Destino. Manifiesto Intervenir: más que un derecho, una obligación

por: William Sucre

Dicen que el camino al infierno está plagado de buenas intenciones y esto podría aplicarse a algunos pocos de los muchos columnistas y líderes de opinión de los periódicos más influyentes de EE.UU. quienes no han parado de reclamar que su país intervenga en el Medio Oriente durante las últimas semanas de inquietantes revueltas. Algunos suenan como demócratas convencidos, otros no esconden su frio pragmatismo, pero si se los pone juntos parecen una reedición del Destino Manifiesto. Es algo más siniestro que sentirse con derecho a entrar a cualquier parte del mundo, para ellos se trata de una obligación.

Lo que se ha escrito desde principios de este mes en The Washington Post, The New York Times y la conocidísima revista relacionada al Think Tank del pentágono, la Foraing Affairs, ha revelado la parte más preocupante del subconsciente de los políticos estadounidenses: su creencia de que tienen la obligación moral de intervenir en cualquier parte del mundo en nombre de la democracia y los derechos humanos. Por supuesto, no faltan aquellos que admiten que se trata principalmente de intereses geopolíticos. En realidad son todas esas razones.

Comenzando por los bienintencionados. El análisis de muchos de estos periodistas y políticos es que lo que se está viviendo en el Túnez, Egipto, Bahréin y Libia es el agotamiento de regímenes autocráticos que se desploman uno tras otro ante las aspiraciones democráticas de sus pueblos. Ante esto, algunos piensan, ¿Quién mejor que EE.UU. para iniciarlos en los caminos de la democracia?

David Ignatius, columnista del Washington Post, escribió un artículo el 10 de febrero titulado «Con la ayuda de EE.UU. Egipto podría ganar una república», en el cual acepta que, «cambiar el gobierno de Egipto se mantiene como un reto para los egipcios, no para los americanos. Pero nosotros podemos ayudarles a empezar con las tareas que se vienen (…) los chicos buenos necesitarán ayuda para planear su futuro, la clase de ayuda que solo los EE.UU. y sus aliados pueden proveer. Espero que Washington vea esto como un momento parecido al Plan Marshall en 1947…»

De forma parecida pero algo más preocupante opinaron Clement M. Henry y Robert Springborg, del Foraing Affairs, el pasado 21 de febrero, en un artículo titulado «Una solución tunecina para los militares de Egipto», donde expresan su preocupación sobre la sostenibilidad de un régimen militar en ese país luego de que Mubarack cayera y sostienen que, «establecer un régimen militar en Egipto no está en los mejores intereses de su pueblo ni en los de los EE.UU. ni en los de ningún país (…) sería políticamente inestable a corto plazo (…) y, como en el caso de Tunez, el entrenamiento militar de EE.UU. ciertamente tiene un rol que jugar. A través de educación militar profesional los EE.UU. podrían ayudar al ejército egipcio a desarrollar normas profesionales que apoyen relaciones entre civiles y militares dentro de un marco democrático»

Aparentemente ninguno de los autores parece haber considerado las experiencias latinoamericanas en las que los EE.UU. prestaron esa clase de ayuda a militares de la región con sangrientas consecuencias para más de medio millón de personas durante los 70s, década que inmediatamente trae de vuelta los nombres de Pinochet, Stroessner y Hugo Banzer, todos dictadores formados con «educación militar profesional de los EE.UU.»

Pero las exhortaciones a una intervención de su país en los asuntos que actualmente vive el Medio Oriente se hacen cada vez más… invasivas

En su artículo «Movimiento Verde 2.0», Geneive Abdo, también periodista de la Foraing Affairs, habla de varias formas en las que los EE.UU. podrían «guiar» a la oposición iraní a la victoria.Desde establecer posiciones diplomáticas firmes en apoyo al Movimiento Verde hasta proporcionarles la ayuda tecnológica que necesiten.

En 2009 el Movimiento Verde captó la atención de los medios cuando inicio una serie de protestas desde el Internet contra los resultados de las elecciones iraníes de 2009, que reposicionaron al oficialismo por otro periodo de gobierno. En su momento, como observa Abdo, Obama hizo declaraciones ambiguas sobre el movimiento y no expresó claramente su apoyo, lo que para ella influyó en su derrota.

«Los levantamientos en Egipto han tranquilizado muchos miedos de la oposición iraní: Observando el apoyo que el presidente de EE.UU. Barack Obama, dio a los egipcios en un momento crítico (…) muchos activistas iraníes están convencidos que el apoyo de Obama le daría a la oposición el empujón que necesita (…) además, el apoyo público de Washington le quitaría al régimen iraní una de sus mejores armas: el antiamericanismo»

Los agresivos

Aunque la reacción de condena de Obama fue más clara en el caso de Gaddafi (líder revolucionario libio con claras posiciones antiimperialistas) que en el de Mubarack (mandatario cercano a los EE.UU. y aliado estratégico en la región) los medios estadounidenses condenaron lo que ellos consideraban demasiada pasividad por parte de su presidente. Así, ante los rumores de una masacre en la que habrían muerto más de 250 civiles en las manos de las fuerzas represivas de Gaddafi el Washington Post emitió una nota titulada que «Muammar Gaddafi debe pagar por sus atrocidades».

Su indignación por la muerte de cientos de civiles no se expresó de la misma forma cuando los medios de todo el mundo anunciaban que Mubarack también había masacrado a casi 300 personas en Egipto, tal vez porque se trataba de un ex aliado.

Mucho más claro fue William Kristol, del New York Times, en su publicación del 23 de febrero «El momento de Obama en el Medio Este – y en casa», donde alienta que las opacas intervenciones del presidente estadounidense no están a la altura del momento y que por razones de «honor y seguridad» su gobierno debe levantarse ante la tiranía de los regímenes que él mismo apoyó durante más de tres décadas.

«Y esto quiere decir -asegura- algo más que discursos. Quiere decir esfuerzos agresivos, abiertos o encubiertos, directos e indirectos, para ayudar a los liberales del Medio Este. Significa considerar el uso de la fuerza cuando esta misma se emplea para masacrar a civiles inocentes»

Con esas palabras Kristol deja muy claro el sentimiento belicista que les despierta Gaddafi y líderes no alineados a las políticas de Washington cuando dan las excusas para una intervención militar de los EE.UU. y la OTAN. Después de todo, Kristol no se pronunció ante los mismos crímenes perpetrados por el ex aliado Mubarack.

Los pragmáticos

Pero seguramente esto responde a los intereses que se están jugando en el Medio Oriente. La posición que tengan los regímenes resultantes de estas revueltas ante problemas como los de Irán o Palestina serán claves para la geopolítica estadounidense. Tal como lo observa Con Coughlin, del Wall Street Journal, en su artículo «El vandalismo diplomático de Obama», donde condena la actuación del presidente estadounidense en el Medio Oriente, que dejó la impresión en los regímenes autoritarios aliados a EE.UU. que no se puede contar con él cuando las papas queman.

Para Coughlin apoyar el derrocamiento de Mubarack en Egipto tendrá consecuencias negativas en las relaciones exteriores de EE.UU. en la región y en las relaciones de poder con los iraníes, los palestinos y los islamistas. A diferencia de los anteriores autores para él la preocupación mayor no es la democracia, dado que incluso en elecciones libres podrían ganar «islamistas radicales» que no convienen a EE.UU.

«El Medio Este ya ha caído por este camino antes, en los territorios de Algéria y Palestina, donde los países del occidente apoyaron procesos democráticos, estos resultaron en la elección de islamistas que se oponen a la democracia y a los intereses del occidente». Así, su posición es clara, no haber apoyado a Mubarack fue una mala decisión pues hasta en democracia el pueblo egipcio puede escoger mal, mal para los intereses de EE.UU.

«El vandalismo diplomático del Sr. Obama seguro dejará una impresión en los otros aliados regionales claves de América. Para empezar, la administración de Obama debe olvidarse de persuadir al primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu de convertirse un «compañero de paz»», advierte el columnista y luego aclara que se debe apoyar a ciertos regímenes aunque estos no sean democráticos y violen los derechos humanos de sus ciudadanos, claro está, mientras estos sean funcionales a los intereses de EE.UU.

«Los saudís, quienes han apoyado el proceso de paz, también se impacientaron con el trato que le dio Washington a Mubarack. Puede que el régimen Saudí no sea del agrado de todos, con sus escalofriantes ejecuciones públicas, sus amputaciones y colgamientos. Pero hasta el Sr. Obama debe entender que si la Casa de los Saudís cae será reemplazada por fanáticos islamistas antioccidentales».

«¿Y qué hay del impacto que tendrá el apoyo de Obama en la agenda pro reforma en un país como Bahrain, que provee a EE.UU. la base para la Quinta Flota en el Golfo? (…) algo que seguramente pondrá sonrisas en las caras de los ayatolas de Tehran».

Otros, como John Romero, de «Yes, But, However», se preguntan si es que Obama tiene un as bajo la manga, si está conspirando con las revueltas para que el resultado lo coloque en una posición más favorable ante Irán y cualquier otro país que cuestione la hegemonía estadounidense. En «La estrategia de Obama en el Medio Oriente: ¿debilidad, cinismo o genialidad?» Romero espera que Obama termine con las políticas suaves que tuvo hace décadas Jimmy Carter.

«¿Que hay si el equipo de Obama no son los discípulos debiluchos de la política exterior de Jimmy Carter que parecen ser? (…) Si el departamento de Estado está usando las revoluciones de los países circundantes como una forma de ponerse encima de los matones islámicos de Tehran, entonces el Sr. Obama y su equipo son brillantes»

En Enero, cuando las protestas comenzaron desde Túnez, Jackson Diehl, del Washigton Post, advertía en su artículo «Amenazas del Medio Oriente que no pueden ser ignoradas» que los peligros para los intereses estadounidenses en la región no son los islamistas iraníes y la guerra que puede desatar sus pretensiones contra la hegemonía estadounidense en el norte de África,sino las revoluciones que ya entonces parecían querer extenderse por los países de la región elevando los precios de la comida y el petróleo., por lo que felicitó las muestras de voluntad interventora que la secretaria del Departamento de Estado, Hillary Clinton, comenzó a mostrar cuando la dictadura de Ben Alí se mostraba insalvable.

Obama, nunca es suficiente

Aunque las últimas declaraciones de Obama sobre la situación que se vivía en Libia fueron mucho más firmes que las que sostuvo con sus antiguos aliados Ben Alí, de Tunez, y Mubarack, de Egipto, los líderes de opinión de los EE.UU. consideran que la forma en la que se ha conducido las política exterior desde la Casa Blanca fue equivocada por su indecisión y pasividad. Al respecto, un dato curioso: Como observa Gordon Robinson, del Gulf News, el silencio de los republicanos sobre los incendiarios momentos en el Medio Oriente es cuando menos curioso. Para él esto se debe a que el asunto es confuso y que la derecha estadounidense prefiere que el polvo se disipe una vez que todo haya terminado y hasta entonces es mejor dejar que Obama haga todo a su manera.

«Obama debe aprovechar el respiro que le dan los republicanos…mientras le dure», advierte Gordon en una nota titulada «¿Por qué los republicanos se están mordiendo la lengua sobre el movimiento en Medio Oriente?»

Y puede que los congresistas republicanos de Washington no estén muy elocuentes sobre un tema tan estratégico para la geopolítica y los negocios como lo es el Medio Oriente, pero ese papel fue exitosamente asumido por los medios de comunicación, cuyas editoriales y secciones de opinión se inflaron durante las últimas semanas de condenas a Obama y a sus «tibios» discursos y acciones en Túnez, Egipto, Bahrain y, sobre todo, Libia

Douglas Murray, del Wall Street Journal, escribió una dura crítica a la política del Medio Oriente de Obama durante los últimos dos años. «Si es que estas con nosotros, nosotros estamos contra ti», titula su trabajo y en él protesta por cómo no se prestó más apoyo al Movimiento Verde en Irán el 2009, cómo se permitió que un régimen aliado como el de Mubarack cayera y cómo no se tomó acciones respecto a Gaddafi en Lybia cuando este estaba más débil que nunca. Todo, claro, con una saludable dosis de pragmatismo.

«Por 30 años Hosni Mubarack ha gobernado Egipto. Ha oprimido a sus oponentes políticos y su registro en cuanto a violaciones a los derechos humanos es terrible. Pero por 30 años se las manejó para mantener a Egipto como un aliado clave de las democracias occidentales y sostener una paz difícil con Israel», razona el director del Centro de Cohesión Social de Londres.

Pero lo que más le molestó fue Libia, pues luego de que los rumores sobre más de 300 muertos corrieran por todos los medios del mundo y la fragilidad del régimen de Gaddafi se hiciera evidente con las desesperadas declaraciones de este último que prometía caer peleando, Murray crítica que EE.UU. no haya aprovechado el momento para asestar un golpe mortal al longevo enemigo de la Casa Blanca.

«En Libia, como en Irán, -señala- cuando un enemigo de verdad comienza a verse frágil América y sus aliados europeos deciden no presionar demasiado. Tal vez el presidente Obama y los líderes de Europa hayan caído en una especie de escuela de política al estilo de 1960 (se nota que no le agradan los hippies) donde «no hay tal cosa como un enemigo, solo un amigo que aún no has hecho». Sea lo que sea que pasa por sus cabezas, deberían saber que sus políticas tendrán consecuencias», advierte finalmente

En un artículo para el Washington Post del 1 de febrero de este año, Michael Gerson sostiene que, «la persistente falla en la política exterior de las élites americanas es una falta de confianza en los ideales americanos», hablando de la pasividad que Obama mostró en el caso de Túnez.

Para bien o para mal, sean demócratas convencidos o políticamente pragmáticos, los líderes de opinión de todos estos periódicos demuestran que la doctrina del Destino Manifiesto que coloca a EE.UU. como la nación escogida por la providencia para llevar la civilización y la democracia a todo el mundo sigue funcionando en sus cabezas. Intervenir es más que un derecho, es una obligación con sus ideales y su honor.

En una de sus últimas apariciones ante los medios, el aclamado escritor Eduardo Galeano recordó como EE.UU., «a lo largo de casi toda su vida independiente, se ha consagrado a esa tarea, al parecer encomendada por Dios, de salvar a los países que necesitan su ayuda, pero esta ayuda ha sembrado el planeta de dictaduras militares».

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