octubre 22, 2020

EE.UU: y una larga historia de subversión

La relación de un funcionario de la embajada de los Estados Unidos con algunos de los dirigentes indígenas que participan de la marcha que se organizó en rechazo a la construcción de una carretera por el TIPNIS, es una clara demostración de los intereses políticos externos que se están montando sobre una legítima preocupación. El argumento de que hay otras legaciones diplomáticas que mantienen relación con políticos, dirigentes sociales y analistas para tomarle el pulso político al país, es una verdad de Perogrullo pues omite deliberadamente algunas consideraciones políticas e históricas que marcan la diferencia. En primer lugar, es a Estados Unidos y no a otros países que acompaña una cantidad de antecedentes históricos que demuestran su permanente y sistemática intervención en los problemas internos de los países de América Latina cuando sus intereses están comprometidos. Sus formas de injerencia han variado dependiendo de la coyuntura y de la relación de fuerzas. Unas veces lo han hecho por la vía de intervenir militarmente, ya sea directamente o a través de militares que estudiaron en la Escuela de las Américas; otras, con diversas formas de subversión abierta y encubiertas mediante USAID y otros organismos como la NED, NDI y el IRI. Segundo, existen suficientes pruebas de la participación de la embajada de Estados Unidos y sus organismos de inteligencia en los planes para derrocar al presidente Evo Morales y revertir el proceso de cambio en el período 2006-2009. De ahí que el gobierno boliviano tomara la decisión de expulsar al embajador Philip Golberg y la DEA en 2008. Pero a esas acciones le precedieron y le siguieron otras tan desestabilizadoras como subversivas, de las cuales quedan constancia el intento de introducir en el país municiones para un alto funcionario de la embajada de ese país y el desarrollo de una matriz de opinión orientada a presentar al gobierno como permisible con el narcotráfico. A eso se suma las amenazas de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, por las relaciones de Bolivia con Irán, ocultando maliciosamente que ese país del otro lado del mundo mantiene relación con la mayor parte de los países de América Latina, incluyendo a otros más amigos de la Casa Blanca como es el caso de Colombia, Chile y México. Por lo tanto, es perfectamente comprensible la denuncia que hizo el gobierno boliviano. Lugar en que Estados Unidos ha metido su nariz, es lugar en que se han registrado movimientos políticos desestabilizadores. No es la susceptibilidad sino la memoria histórica que aconseja tomar previsiones. Y una de las medidas preventivas es identificar y aislar a los factores de la subversión. Pero hay otro tan importante como lo anterior: un diálogo abierto entre el gobierno —que tiene sus razones para no renunciar a la construcción de la carretera— y los indígenas —que tienen sus legítimas preocupaciones sobre el impacto que se producirá—, de tal manera que se encuentren soluciones bastante imaginativas y sobre todo orientadas a una nueva articulación política que ayude a profundizar el cambio.

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