octubre 24, 2020

Entrega y sentimiento

Durante mi rencuentro con Pablo Neruda en uno de sus inigualables poemas: “Juegas todos los días”, me deleité leyendo y fijé aún más mi atención y mis sentidos en un verso “A nadie te pareces desde que yo te amo”. Y al leerlo y hacerlo mío, lo hago nuestro. Y es que a nadie te pareces y menos que a nadie a ti. Eres mi novedad y soy tu descubrimiento. Ya has dejado de ser tú, ya no soy yo. Ahora somos tú y yo, somos nosotros; la proyección de una manifiesta realidad.

Hoy, es irrelevante el mañana y el devenir; el recuerdo y que nos recuerden. Yo no sería sin ti, y a la vez tú no serías el mío sin mí. Conciente estoy del juego de la ilusión y ante él me rindo. Y no me importa que sucederá más tarde; no me exijo respuestas, no me cuestiono, sólo me dejo llevar por nosotros.

Somos realidad e ilusión, los protagonistas de un libro mágico en el cual de a poco con nuestros instantes hemos ido redactando —uno tras uno— nuestros capítulos vividos como testigos de que es inconcebible que seamos tanto sentido, más que sentimientos y no sólo remembranzas.

No estoy enamorada de ti, estoy enamorada del amor. Tú eres mi excusa y referente; no te escribo a ti, escribo por ti. Estoy escribiendo cosas maravillosas y tú eres mi referente y mi pretexto. Le escribo a la infinidad de alegría que has traído a mis días.

Es evidente que aunque conviva con tu ausencia corporal, me urge que los días tengan prisa, y tu presencia latente en mis sentidos y mi mal disimulado enamoramiento, ya no encuentra coartada en la distancia,

Es tan grande lo nuestro que ya integra mi certidumbre. Hoy mi desfacinación con el universo y sus circunstancias tambalean. Entre mis ángeles y mis diablillos me debato sucumbiendo ante mis más íntimas sensaciones y, muy a pesar mío…me aprisiono a ti.

Y haciendo una excepción a mi escepticismo, me precipito al encanto de mis más íntimas sensaciones, para creer en tú y yo, y en nuestros instantes que son sólo nuestros, tan únicos, tan perecederos, tan eternos Tú conmigo y yo contigo, somos cómplices mundanos del éxtasis divino de vivir nuestros momentos.

Porque a medida que disminuye mi ilusión por lo demás, objetivo mis esperanzas en los momentos contigo y me aferró a ti, te busco en la lectura, te rastreo en las elucubraciones académicas, te persigo en la afinidad de las inclinaciones, te invoco en el silencio y te encuentro en la complicidad de mitos y realidades, en la edificación de utopías, en la construcción de bohemia y en esos lugares y objetos (donde en términos de Spinoza la belleza es un efecto sobre el espectador) que no son por las formas sino por la memoria, como deben ser las cosas si buscamos en ellas al ser humano que las realizo y a nuestro papel en esa hechura.

Quienes creen en sus momentos encuentran su inspiración en sí mismos. Son libres porque han logrado liberarse de la conciencia del tiempo; disfrutan sin cálculo alguno, sin pasado ni futuro cada momento. Y tú y yo, somos ya libres y nos entregamos sin miramiento alguno al goce y disfrute de extrapolarnos más allá de nuestra realidad.

Entiendo a cabalidad, los permanentes contratiempos que el azar nos está colocando en su intento por boicotearnos; sin embargo, el sólo hecho de que nos permitamos la existencia de un nosotros —que implica la libre entrega al goce y disfrute de extrapolarnos más allá de nuestra realidad y sobre todo compromiso y no obligación—, es una afrenta a esos avatares del destino, a veces tan incierto, a veces tan claro.

Avanzamos por la ruta que sin miramientos ni obligaciones nos estamos trazando y cuando estés en el tiempo y espacio donde quieras encontrarme aquí estoy y ahí estaré. Somos uno y dos, somos nuestros, tan eternos y a la vez tan fugaces. Desde que nosotros fuimos parte de tú y yo, ya no cabe preguntarse por nuestro destino.

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