septiembre 22, 2021

Descolonizar la historia

La historia, nudo discursivo de la construcción de la nación, debiera ser el primer objeto de la descolonización. De ella (des)aprendemos herencias, olvidos y sujetos portadores de proyectos que legitiman nuestro vivir en el presente y nuestro andar hacia el futuro. La ausencia en la narrativa deslegitimiza, tuerce y anula. Los que no están invocados o están mal nombrados en pretérito, ¿cómo podrían estarlo ahora y mañana?

La conmemoración de Bicentenario de 1809 y 1810, debió ser el escenario para reposicionar sujetos históricos, indígenas, mujeres y plebe. Había que visibilizarlos, para recomponer su sentido, fuese el de su presunta ausencia o el de su lucha y el de su muerte. Nada de eso se hizo. Las autoridades municipales, gobernativas y culturales, se hundieron en el fárrago de la celebración y se rindieron al culto a los viejos y enmohecidos héroes; los mismos que en el positivismo liberal entronizó y ritualizó como fundadores de la historia patria. En realidad, la misma liturgia de siempre. Nuevos sujetos, tras de viejas figuras. Una contradicción patética. Nadie, o casi nadie, se preguntó por los otros y otras, por los que no figuraban en los textos de historia o se carcomían arrumbados de los monumentos.

La aplicación de la Ley Avelino Siñani, debiera ser otra oportunidad, quizá la última de devolver el pasado expropiado. Al menos en el campo histórico, este necesario retorno es nuestra propia e ineludible materia de trabajo, el sustrato de nuestro que hacer. No se trata, como refunfuñan ciertos dirigentes magisteriales y de la oposición, de un retorno a un pasado antiquísimo, ya muerto como piedra. No me sumo a su coro. Entiendo que el desafío es otro. Aprender historia no equivale a recitar un catecismo, una letanía de buenos y malos, de pecados y virtudes. No se trata pues de remplazar simplemente los de arriba por los de abajo, los dominantes por los dominados. Tampoco de emprender una nueva narrativa de héroes y cañones, salvo que con otros actores esta vez de piel morena. El pasado, nunca fue puro ni lineal. No acogió tampoco a sujetos predeterminados a concretar redenciones colectivas, que disponían las respuestas por anticipado. Si apostamos a la diversidad, y no a una nueva letanía monocultural, se trata de hacer múltiples preguntas y no anticipar contestaciones únicas. Apostar pues por una historia —o mejor historias— más plural y acogiendo sus contradicciones, como fue la propia vida y la experiencia de miles de personas que no figuran en nuestros textos de lectura escolar.

*          El autor es historiador

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