diciembre 3, 2021

Retorno de los detenidos-desaparecidos

El casual hallazgo de dos restos humanos en las dependencias del Viceministerio de Comercio Interno, en La Paz, ha despertado la memoria de los ausentes. Las dictaduras militares dejaron un tendal de muertes, torturas y desapariciones, cuyas secuelas aún no se apagan. Una vez restituida la democracia, los gobiernos, muchos de ellos de izquierda, tuvieron que afrontar aquella herencia, que no habían contribuido a gestar, pero que estaba presente golpeando la vida de miles de personas. Unos tomaron el camino del olvido, como Uruguay, que votó en un referéndum una ley de Punto Final. La reciente iniciativa de modificarla, naufragaron en el Parlamento, pese a que el presidente Mujica fue una víctima de la represión. Durante años fue encerrado en un húmedo pozo. Dilma Rousseff, la mandataria brasileña, también sufrió torturas, cuando cayó presa por luchar con las armas contra el régimen militar. Anulando la Ley de Amnistía de 1979, creó recientemente una “Comisión de la Verdad” para investigar atentados contra los derechos humanos entre 1946 y 1988. En Chile, los pactos entre civiles y militares, que facilitaron la transición hacia la democracia, continúan pesando; empero las tareas de la Comisión Retting y la Vallech, permitieron esclarecer la suerte de centenas de caídos durante Pinochet. Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández, mandatarios de un país donde la dictadura devastó a toda una generación, han emprendido una vía sin retorno por la Verdad, la Justicia y la Memoria.

Este hallazgo, sean o no de detenidos -desaparecidos, debe ser una oportunidad para reflexionar, desde el poder y la sociedad civil, sobre una historia escondida. Rousseff marca aquí una ruta a recorrer. No nos mueve el revanchismo o el odio o el deseo de escribir una historia diferente de lo que aconteció, nos mueve la necesidad imperiosa de conocerla. Las generaciones que enfrentaron a los regímenes represivos luchaban por convicción, en pos de una sociedad mejor. No esperaban, al jugar sus vidas, recompensas ni honores; pero no es menos cierto que la muerte y la tortura dejaron marcas que el tiempo no apaga, pues los sueños se trocaron en pesadillas en las cárceles: Familias destruidas, daños sicológicos y cuerpos dañados para siempre. En el imperativo de reparar las heridas sufridas por luchadores y luchadoras sociales, hemos avanzado pero no lo suficiente y sin la convicción ni los procedimientos técnicos y humanos necesarios para tratar situaciones delicadas que ameritan respeto y tratamiento especializado.

*          El autor es historiador

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