octubre 5, 2022

Dimanche à Paris

Amaba los gatos, todos los gatos. Como uno de ellos, se movió incansable y sigilosamente por todo el mundo durante más de sesenta años. Llenó de imaginación la mirada. Requerido por todos, para todos estuvo disponible su cámara y su poesía. Maestro indiscutible, preservó su creación de los oropeles de la fama. Ha muerto este domingo en París, a los 91 años. Deja, a lo mucho, diez fotografías suyas, aún menos entrevistas, varios libros, algunas instalaciones y exposiciones fotográficas y, sobre todo, 52 películas que ya forman parte de la aventura humana en este planeta. Que la retratan inigualablemente, con las razones del corazón, con la verdad de la belleza, con el compromiso del amor. Muere jovencísimo, en la perfecta discreción de su genio, en el día exacto de su cumpleaños, en el aniversario de la partida de Michelangelo Antonioni e Ingmar Bergman. Muere jovencísimo, tan joven, que en realidad es un hombre del futuro, porque solamente quien vive con la urgencia del dolor de su época, merece el futuro entero.

Alguna vez, había dicho: “Me hubiera gustado vivir en una época más pacífica para dedicarme a filmar lo que realmente prefiero: chicas y gatos”. Como no fue la que le tocó, la nostalgia del pasado, la edad de oro de la libertad y la ternura, por la que los hombres combaten en todas las tierras y momentos, llenaron sus horas más lúcidas y ocuparon sus más luminosas reflexiones; y por ellas anduvo por todas las tierras y momentos. ¿Quién fue este hombre? ¿Un viajero, un cineasta, un filósofo, un poeta, un revolucionario, un escritor, un artista, un inventor? Seguramente, todo eso y algo más. Mucho más. De su vida no sabemos casi nada, sino la rara perfección de sus imágenes, siempre en el inquietante equilibrio entre la revelación y el misterio, como la verdadera poesía. En un mundo vacuo, donde el esfuerzo de los creadores se ha reducido a ser mirados, él propuso mirar, juntar miradas, recordar miradas, evocar miradas, relacionar miradas. En una industria fagocitada por la vanidad, el lucro, la tecnología y la más sistemática deshumanización de las emociones, él elaboró un arte dialogante, generoso, minuciosamente sencillo, que se tiende como un puente de cristal para llegar al otro y compartir con él su dolor y sus esperanzas. En un panorama, autoritariamente trivial y soporífero, que impone como único cine posible el de ficción y largometraje, él iluminó la pantalla con la certeza y la curiosidad de un cine documental que halló en el cortometraje su perfecta medida. En una era de egotismo mundial y constante, donde la firma antecede y, no pocas veces, pulveriza a la obra misma, él desempeñó su oficio con la invisible humildad de los escultores que levantaron las pirámides y las catedrales; compartió sus instrumentos y alentó la locura de muchos otros de sus hermanos. Su herramienta fue la cámara, pero no amó la cámara, sino a los seres humanos que ponía frente a ella. Para encontrarlos, para encontrarse, anduvo por docenas de países en ardiente solidaridad con lo fugaz y lo eterno.

No fue un ciudadano del mundo, como le gustaría decir a esa falsa intelectualidad pequeño burguesa que se consume en su propia impotencia e ignorancia, sino un hombre que abrió su imaginación y comprometió sus esfuerzos, con la humanidad que lucha sobre toda la tierra.

Su nombre fue Chris Marker y todos los siglos venideros que le queden por vivir a nuestra especie, hasta quedarnos sin sol, no bastarán para agotar su obra.

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