octubre 15, 2021

Lágrimas de cocodrilo

Es fácil ofender. Probablemente no haya cosa más fácil en la vida. Pero reparar satisfactoriamente el daño causado con una ofensa resulta dificilísimo. A veces, esto se antoja imposible. Será por eso, quizás, que pedir disculpas es uno de los actos más complicados del mundo. Y por ello, también, las disculpas forzadas se convierten en nuevas ofensas que sólo acrecientan el daño a las víctimas. Vivimos en un mundo moderno que se cree civilizado, pero que, en verdad, solamente construye simulacros de convivencia para asegurar, en los hechos, que los fuertes se impongan a los débiles. De tal complejidad es el asunto, que muchas veces los mismos afectados aceptan con una sonrisa el poder que los destruye. Y el ciclo se reproduce y crece. La verdad y la justicia, entonces, son invitadas de piedra, algo así como las parientes pobres de las que nadie se acuerda o, menos aún, toma en cuenta.

La política es una señora imprescindible y está presente en donde menos se la llama. Sus pasiones son feroces y cada quién revela su madera, de acuerdo a la sabiduría con la que las maneja. Unos para producir luz, los menos, y otros para multiplicar sombras, los más. Nadie está exento de pecar y, por si fuera poco, acertar una vez no inmuniza de errores futuros.

Pero hay quienes, además, pecan y ofenden a sabiendas, con alevosía y ventaja, poseedores de una impunidad a prueba de bala. Por esos sus disculpas son papel mojado y no hacen más que aumentar su culpa. Si fueran verdaderas, admitirían no sólo el error, sino también el castigo y las consecuencias de haberlo cometido. Nada de esto se puede hallar en la carta de Samuel Doria Medina a Nemesia Achacollo. Es, aunque pretenda pasar por lo contrario, una afrenta más destinada a reproducir el circo que ha escenificado. No podía ser de otra manera. Doria Medina simula pedir disculpas pero no se retracta. Al no retractarse, insiste en la acusación. Al insistir en la acusación, acrecienta el daño. Al acrecentar el daño, reproduce la farsa que ha desatado y así, finalmente, obtiene los réditos que buscaba desde un principio: mellar la dignidad de sus adversarios políticos.

Esto se llama venalidad. El diccionario lo define como “dejarse sobornar con dádivas”. ¿Cuáles son las dádivas que sobornan a Doria Medina? La condena social hacia sus adversarios. Pero para ello, debe apelar al morbo y no a la justicia. De lo contrario, de ser ciertas sus acusaciones, debería haber presentado la denuncia ante los juzgados, con las pruebas correspondientes. Ahí entra el morbo social al que apela: como no puede admitir que las pruebas no existen, lo más fácil es lamentarse de la falta de independencia del sistema judicial respecto al poder ejecutivo. Y así tenemos al Diablo en el Paraíso. Las cuentas no pueden salir mejor, puesto que el ofensor resulta como defensor y la infamia se trastoca en libertad de expresión. Siempre que, insisto, el morbo social, esa baja pasión de la política que se regodea en la miseria ajena, opere sus malas artes e imponga su caprichosa voluntad. La condena social, en todo caso, debiera acordarse de la verdad y la justicia y exigir que se hagan presentes, por una vez, en este zafarrancho de culebrón para poner orden y concierto.

Cuando el chisme se impone como criterio de validez, seguramente ya solo queda salvar los muebles del incendio. Todos (subrayo, todos) quedamos a merced de la maledicencia de nuestros adversarios. ¡Mal escenario para vivir en sociedad!

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