octubre 15, 2021

¿Quiénes son los “anormales”?

Con el término “a-normales”, Foucault hace referencia a lo absolutamente “otro”, a un “otro” alterativo. Una gran familia de subjetividades dobles, indefinidas y confusas, como la del monstruo humano, la del individuo a corregir o la del niño masturbador (onanista), que aterrorizaban a la sociedad del siglo XIX. Estas figuras de la “a-normalidad”, tenían como referencialidad una noción jurídica en dos sentido: por un lado, en tanto transgresoras de las leyes de la sociedad y, por otro, en tanto, violadoras de las leyes de la naturaleza.

De esta manera, en el caso del monstruo-humano, esta subjetividad jurídico-biológica, “mitad hombre, mitad bestia”, (como el caso de los hermafroditas) atentaba contra las regularidades jurídicas del matrimonio, del bautismo, de las reglas de sucesión, etc. Los monstruos-humanos, eran reducidos y confinados por infringir o transgredir lo jurídico. Esta presencia trasgresora ha desencadenado mecanismos institucionales y parajudiciales que han desarrollado un saber y unas prácticas periciales legales en materia penal en un continum que va, desde la consideración del acto monstruoso hasta el desarrollo del fantasma de la subjetividad sospechosa y peligrosa, que no goza de ningún estatuto jurídico-legal. En el caso del individuo a corregir, es mucho más reciente que el anterior, hace su aparición con las técnicas de disciplinamiento —en el ejército, el taller, el colegio, la familia— es una subjetividad que escapa a la normatividad de la ley, y que al ser descalificada como “incorregible”, tampoco goza de condición de sujeto de derecho. En relación con esta subjetividad, surgieron instituciones de encierro, dispuestas a “corregir y reformar” a los “incorregibles”. Este encierro, sin embargo, sólo pudo darse, al margen y violentando la propia ley. Finalmente, en relación al niño masturbador —y la cruzada contra la masturbación—, esta subjetividad surge en el seno de la relación sexualidad-vida familiar, y es todavía mucho más reciente que las dos anteriores, pese a sus inicios prehistóricos que se remontan a la pastoral de la carne, las técnicas de dirección de conciencia, la obligación de la confesión y el sacramento de la penitencia, cuyas tecnologías estaban orientadas a apuntalar las prohibiciones legales y jurídicas del adulterio, del incesto, de la sodomía, de la bestialidad, etc.

Como en el siglo XIX, nuestras sociedades del siglo XXI, permanecen también aterradas por la presencia de los “monstruos contemporáneos”: los “a-normales” de las multitudes sexuales queer, que tampoco hoy, gozan de reconocimiento jurídico-legal alguno. Este repudio social, institucionalizado en una Homofobia de Estado, que ha alentado la aparición de todo tipo de instituciones de encierro, de disciplinamiento y de control, encuentra sus fundamentos científicos en la teoría evolucionista de la degeneración, que según Foucault “va a servir, durante más de medio siglo de marco teórico, al mismo tiempo que de justificación moral y social, a todas las técnicas de señalamiento, clasificación e intervención referidas a los anormales”. 1

La Homofobia de Estado opera a través de instituciones e instrumentos jurídico-legales: primero, identificando al sujeto como “normal” o “a-normal”; segundo, asignándole una identidad como legalmente válida; tercero, liberándolo o excluyéndolo, según lo juzgue conveniente (relaciones arbitrarias de poder) del circuito social, con el aislamiento o con la muerte. 2

Esta forma operatoria del poder, despliega todo un arsenal conceptual o mecanismo negativo de exclusión que margina-descalifica-rechaza-niega-exilia-priva y desconoce lo que considera como “a-normal” o como no-sujeto a las leyes de la norma, de la normalización. La exclusión-marginación se produce cuando las relaciones de poder pretenden penetrar en los cuerpos, y éstos se resisten a aceptar la voluntad de poder-verdad, del ser-poder. En esta ruptura, el ser-poder, despliega e impone su “voluntad de verdad” en tanto maquinaria, cuyo fin es: relegar al “otro”, en la separación “normal-sano”: dócil; “a-normal-enfermo-loco”: monstruo-incorregible, sospechoso-peligroso para la salud de la sociedad.

Esta ruptura, coloca a la “a-normalidad”, en los márgenes, en el afuera, en los límites, que le permiten al ser-poder impedir el contagio, controlar e intentar corregir la degeneración. Este odio, este temor al “otro”, por parte del ser-poder, que hace que se olvide la sensibilidad y la universalidad de lo humano, es lo que Rodrigo Browne denomina parafraseando a Foucault “la indignidad del poder”. Indignidad que apela y construye sus verdades, desde las marcas sexuales que impone al cuerpo-vivo, y desde su pretensión de establecer como válida, la existencia de un “sexo verdadero” para esa corporeidad viva y libre.

1          Santiago Kovadloff, Los Monstruos Humanos. Nota en el Periódico La Nación. (11/06/2000) Cita del Libro Los Anormales de Michel Foucault

2          Guillermo A. Vega. Ponencia: Algunas reflexiones desde Nietzsche y Foucault orientadas a repensar el espacio social de lo jurídico. Facultad de Humanidades – U.N.N.E pp 1-5 Pág.3

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