octubre 15, 2021

La tierra baldía

Interrogado sobre la diferencia entre su generación y la actual, Carlos Benpar, cineasta dos veces ganador del Goya a Mejor Documental, decía: “La diferencia es que nosotros queríamos hacer películas, en cambio ahora, quieren ser cineastas”. Benpar tiene razón. Vivimos una época en la que importa más ser que hacer, donde el prestigio social vale más que el aporte social y donde, por extensión, se ha perdido el rigor.

Es un tópico pensar a los artistas como personas disolutas y ociosas; de hecho, muchos piensan que hacer arte no es, lo que se dice, un trabajo de verdad. De ahí la expresión “por amor al arte”, como prueba de que dichos esfuerzos son percibidos como cosa de fin de semana, ad honorem y de inspiración o improvisación pasajera. Si estos tópicos son odiosos e injustos, que lo son, resulta muy difícil combatirlos cuando, encima, se confirman. Hace un par de semanas, el jurado calificador del Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal, declaró desierto el concurso por falta de “calidad estética y originalidad” en las obras presentadas. Es la primera vez que ocurre y, lejos del asombro, hay que aplaudir la valiente decisión. Aunque resulte un extremo, no puedo dejar de pensar en Rafael Alberti, que ganara similar galardón en España con “Marinero en tierra”, con tan solo 23 años de edad.

Vivimos en un erial, en una tierra baldía, donde lo más fácil es echar la culpa a los creadores. Nada más lejos de mi intención. La mediocridad que padecemos (la utilización de la segunda persona del plural resulta obligatoria), revela una crisis estructural, una pobreza mucho más difícil de calcular, y combatir, en los índices de desarrollo humano. En Bolivia, hacer arte es una quijotada. Y como tal, depara una paradoja: por un lado, la indiferencia institucional; por el otro, el prestigio innegable que da ser artista. De tan inflamable combinación resulta la falta de rigor. “Así no más”, “nadie se va a dar cuenta”, “no te hagas tanto problema” parecen ser las guías rectoras en tal escenario. ¿Cómo puede ser de otra manera si dicha mediocridad la comparten creadores, crítica y público? ¿Cómo puede ser de otra manera si hacer y consumir arte todavía se asemeja mucho a un privilegio? ¿Cómo puede ser de otra manera si sólo se cargan las tintas en su valor de mercado y no en su función social? ¿Cómo puede ser de otra manera si encumbramos celebridades de campanario? ¿Cómo puede ser de otra manera si insistimos en inventar la pólvora y el agua tibia? La ramplonería de nuestra política, la vitalidad de la corrupción, la vigencia del pensamiento conservador, el medio pelo de la prensa y, por supuesto, la esmirriada musculatura de nuestro arte, no son una casualidad ni una maldición divina ajenas o exteriores a nuestro ser social. Son fenómenos presentes en la inmensa mayoría de nosotros. Son prueba, simplemente, de lo mucho que hay que cambiar de pies a cabeza. Y, con dolor, no se puede sino concluir que el proceso de cambio ha hecho tan poco y tan mal por el arte, como todos los anteriores gobiernos neoliberales. Con igual ramplonería, mediocridad y pobreza. Con folklorismo y complacencia provinciana.

¿No hay buenos artistas en Bolivia? Sí, pocos, pero los hay, en todas las disciplinas. Pero su vigencia y, lo que es más importante, la continuidad de su calidad en las futuras generaciones, no se dará por si sola. Y resulta vergonzante confiar en que se dé por la casualidad de algunos esfuerzos aislados. Es decir, de milagro.

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