octubre 12, 2026

De la humillación a la denuncia

En Bolivia el racismo no tuvo nítidas formas legales (aunque algunas las hubo), como ocurrió en el apartheid sudafricano o rodesiano que separó física y políticamente la población negra de la blanca, pero que existió y existe, es innegable. Sus raíces son muy antiguas, coloniales en verdad, y se consolidaron con la República en una mezcla de social darwinismo y liberalismo. Situación que fue el correlato la expansión latifundista sobre las tierras indígenas y capitalista en las minas que se hizo al son de un horizonte de progreso y modernización donde otras formas de cultura que no fueran la occidental y letrada, simplemente no cabían.

El mestizaje, transformado en proyecto estatal desde 1952, escondió manifestaciones del racismo, pero no lo anuló. Pese a que se abrieron canales de movilidad inter étnica, la sociedad permaneció basada en estatus jerárquicos de tipo racial. Estos se expresan en la vida cotidiana y, con mayor virulencia, en los momentos de crisis, basados en la presunta inferioridad de la población indígena.

Una de estas explosiones de intolerancia ocurrió en Sucre, la “Ciudad Blanca”. El 24 de mayo del 2008, indígenas fueron obligados a marchar con el torso descubierto por la plaza 25 de Mayo. Los insultaron, golpearon y quemaron sus ponchos y whipalas. Un reciente libro, “De la humillación a la denuncia”, editado por el Instituto de Terapia e Investigación sobre las Secuelas de la tortura y la Violencia Estatal (ITEI), contextualiza lo ocurrido aquel día y a la par que revela los devastadores efectos psicosociales que trajo sobre sus víctimas, cuyos testimonios son recogidos y valorados.

Se descubre en sus páginas que los orígenes del 24 de mayo son profundos y de larga duración, pues ya estaban instalados en la memoria colectiva de una ciudad que se construyó afirmando su señorío y sus raíces hispanas. En el corto plazo, esta lectura de las relaciones sociales, tomó nuevas aristas y la furia se desató presuntamente para desagraviar a una población sucrense “agredida” por la celebración de la Asamblea Constituyente y su rechazo a tratar el tema de la Capitalía. Bajo esta penosa óptica, los y las agredidas, al ser identificados solo por su filiación étnica como adherentes del presidente Morales, debían expiar en sus cuerpos, las culpas de no ser plenamente sucrences; es decir de no sumarse al coro de las elites dominantes. El texto del ITEI, escrito con una mezcla de pasión y equilibrio, es un recordatorio de los peligros y sufrimientos colectivos que supone persistir en este pesado camino.

*          El autor es historiador

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