enero 18, 2021

Nuevos miedos; viejas ciudades

Nuestras ciudades nunca estuvieron exentas del miedo. La delincuencia, los crímenes y los robos son tan antiguos como su propia existencia. Lo que ha cambiado es la percepción que se tiene sobre estos hechos. Los miedos que causaban las epidemias; aquellos que sentían los terratenientes por la posible invasión de masas de indios o los temores a la represión política en dictadura militar.

Empero, el miedo que experimentaron otras generaciones de ciudadanos es diferente a los miedos del presente. Los antiguos miedos tenían fuentes concretas, o eran miedos causados por déficit sanitarios subsanables o miedos administrados por el Estado represor. En todo caso, miedos pasajeros. Sin embargo, los nuevos miedos son difusos, no tienen un referente material identificado: es el miedo a los otros. Su construcción es ideológica y cargada de maniqueísmo: los otros son la fuente de mis miedos. No sólo son vistos como delincuentes potenciales; todos los que se comportan socialmente o son étnicamente diferentes, son a priori considerados peligrosos y por tanto perseguidos y segregados.

Este nuevo tipo de miedo conduce a la agorafobia; al deseo de evitar los espacios abiertos, a encerrarse en el hogar para evitar a esos otros indeseables que no sé quiénes son ni qué intenciones malignas tienen. Se trata de una enfermedad social que invita a negar la ciudad y sus espacios públicos y promueve el enclaustramiento, la exclusión de la vida colectiva; en suma, la segmentación del cuerpo social y la separación de los cuerpos físicos. Se crean espacios de exclusión y se refugia en la arquitectura del miedo: urbanizaciones cerradas, condominios vigilados, barrios enrejados, guardias privados, alarmas o mastines.. Incluso se estimula recrear espacios públicos en lugares privados como el shopping o complejos de cines.

¿Cómo salvar la ciudad del miedo? Hacer ciudad significa organizar espacios urbanos con los ciudadanos y no contra ellos. Implica cristalizar lugares de encuentro con los usuarios, espacios públicos compartidos que permitan encuentros, diálogos entre diferentes, espacios de identidad y de memoria, en suma abriendo la ciudad, no (en)cerrándola. Las actitudes defensivas terminan agudizando la fragmentación urbana y exacerbando la segmentación social, al punto de diferenciar y clasificar la ciudad ya no por sus funciones o atributos, sino por sus cualidades de espacio seguro o inseguro. Son pues urgentes políticas públicas para que el espacio público – plaza, calle, mercado o museo- no muera y prospere una amenazante realidad.

*          El autor es historiador

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