octubre 23, 2020

El papa renuncia

La renuncia de Benedicto XVI será, por años y años, el caldo de cultivo ideal para las más diversas teorías de la conspiración. Los aficionados a dicho entretenimiento podrán especular a sus anchas sobre las razones que lo llevaron a desterrar una tradición centenaria. ¿Por qué motivo el Pontífice, a pesar de cansancios y molestias varias, no se apoyo en la estructura oficial (la que se denomina “La Curia”) hasta el fin de sus días, tal como hicieron sus antecesores?, ¿Cuál la necesidad de abandonar oficialmente el cargo, conociendo de antemano las consecuencias?. Pero más allá de la anécdota, lo que se evidencia es que la Iglesia Católica, en su actual estructura, es una más de las tantas instituciones que simplemente no resiste los cambios que se dan aceleradamente en nuestra sociedad, los que seguramente se seguirán acentuando.

Vamos al terreno de la especulación. Dos son los motivos centrales que pueden llevar a un político a tomar una decisión como la comentada: “salvar su responsabilidad”, es decir, lavarse las manos frente a una situación que no puede controlar (lo cual encajaría con el perfil “académico” que varios analistas le han endilgado al Pontífice), o tratar de impulsar con su renuncia algún tipo de cambio que está imposibilitado de realizar desde la posición que ocupa (lo cual es posible, pero difícil de entender, dada la estructura vertical de la Iglesia).

Lo que está claro sin embargo, es que la Iglesia en los últimos años ha mostrado diversos síntomas de descomposición, que configuran una situación extrema. Si observamos la historia, un fenómeno nada raro en gobiernos y regímenes que se van agotando, pero extraño, por lo menos a simple vista, en el caso de una estructura que tiene como norma el silencio. Hechos tales como el encarcelamiento del mayordomo papal (que destapó un escándalo de espionaje interno), los escándalos financieros (que en el 2.011 motivaron el exilio dorado del actual nuncio apostólico en Estados Unidos, Carlo María Viganó, quién había denunciado “corrupción, prevaricación y mala gestión” en el manejo de los asuntos vaticanos) y la interminable sucesión de denuncias, compensaciones y “disculpas” relacionadas con abusos sexuales cometidos por los sacerdotes en los más diversos lugares del mundo, pintan un cuadro en el que ni siquiera las formas pueden sostenerse.

El asunto no es nuevo; el periodista ingles David Yallup, entre otros, ha descrito con detalle las características de la corrupción vaticana en sus libros “En nombre de Dios”, y el “Poder y la Gloria”. El primero dio sustento a la versión sobre el posible asesinato de Juan Pablo I (versión que fue “legitimada” en el imaginario popular, mediante la película “El Padrino III” de Francis Ford Coppola). Los textos de Yallup, dejan claro que la vida cotidiana de la Iglesia, por lo menos en sus cumbres más altas, esta signada por la pura y simple lucha por el poder, alrededor de la cual se va sucediendo la corrupción financiera y se van organizando las logias, algunas de las cuales tienen un carácter homosexual.

Pero el problema de fondo es más profundo. La pregunta clave en ese sentido es: ¿puede una institución como la Iglesia, acostumbrada a manejarse en el silencio y el verticalismo extremo, sobrevivir en una sociedad en la que el internet va cercando el manejo discrecional de la información y las clases medias se han ido acostumbrando a la igualdad y la vigencia de los derechos?. Hace cincuenta o cien años, seguramente era más fácil “manejar de mejor manera”, o inclusive “justificar” en alguna medida, los abusos sexuales a menores; hoy resulta imposible, la información fluye, los hechos y protagonistas se conocen rápidamente y existe plena conciencia de que el abuso es una monstruosidad, sea el que sea quien lo cometa. Vamos un poco más allá: ¿puede ser sostenible una institución, en la que sus miembros están prohibidos de ejercer su sexualidad plenamente?, ¿Cómo se justifica una estructura donde existen componentes con todos los derechos y prerrogativas (hombres) y otros cuya función es simplemente auxiliar (mujeres)?. ¿Pueden justificarse principios tales como el de la “infalibilidad papal”, en una época en que la racionalidad trata de ser moneda común en la vida cotidiana?.

La Iglesia católica es “la institución” religiosa de occidente, y por tanto ha desarrollado su acción precisamente allí, donde la sociedad ha separado el Estado de la religión. Ese proceso cerceno hace años su poder político, y hoy la revolución tecnológica y la democratización de la sociedad cuestionan su estructura orgánica y algunos de sus principios más importantes. A futuro veremos si la renuncia de Benedicto es uno más de los síntomas de la decadencia o si por el contrario impulsa algún tipo de reforma que le permita la sostenibilidad a futuro.

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