octubre 25, 2020

Releyendo un 16 de Julio

Tras la invasión francesa en 1808 y el derrocamiento del Rey Fernando VII y su reemplazo por José Bonaparte, hermano del emperador francés En la actual Bolivia las dos primeras Juntas se establecieron en La Plata (Chuquisaca) el 25 de mayo de 1809 y en La Paz el 16 de julio del mismo año. Ambas, y las que siguieron después el año de 1810 en Tarija, Cochabamba, Santa Cruz. Oruro y Potosí, se hicieron sin embargo a nombre de Fernando VII y sus derechos. Salvo que se acepte a pie juntillas la tesis de un enmascaramiento de sus verdaderos propósitos —que habría sido la ruptura radical con España—, deberemos tentar otra hipótesis sobre sus objetivos finales, distinta aquella que sostiene que existía un proto nación o una proto región, como se quiera, que solamente esperaba la oportunidad para liberarse.

En los últimos años, se han cuestionado las visiones románticas y liberales del siglo XIX a partir de las historias patrias, que adujeron que estos pronunciamientos tuvieron como propósito inicial y último la independencia y la ruptura con el sistema colonial. Se debaten aquellas narrativas que partiendo desde la constitución de la República en 1825, asumen que todo los acontecimientos desde 1809 —pronunciamiento de Chuquisaca— tuvieran este destino manifiesto, como si la actual Bolivia hubiera sido una nación o una comunidad preexistente —se habla de Charcas— que trató de liberarse de la opresión externa y construirse como Estado. Estudios realizados sobre La Paz y Oruro muestran más bien que la confrontación, al menos hasta 1814, tuvo la característica de una Guerra Civil, en la cual los distintos actores sociales sojuzgados y oprimidos por el régimen colonial buscaron reposicionarse aprovechando la coyuntura. Situación en la que también las distintas provincias y regiones trataron de renegociar su autogobierno dentro el marco del propio régimen colonial y resignificar su soberanía y constituir al pueblo, un sujeto en todo caso cambiante según la coyuntura, como su fuente de su legitimidad. En ello, en el nuevo lenguaje político que aún nos falta analizar, estriba su carácter revolucionario.

Y ya que hablamos de renovación, es necesaria una relectura de los sucesos de 1809 y 1810, en la búsqueda de la presencia contradictoria de indígenas y plebeyos/as silenciada por la historiografía y la épica decimonónica, para permitirnos reconciliarnos con un pasado que luce más diverso que en los textos tradicionales de historia escolar y permitiendo tender puentes hacia un dialogo cultural e historiográfico.


*    El autor es historiador
     keynes73@yahoo.com

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