noviembre 27, 2020

De zapatos, verduras y fiestas

por: Raúl Reyes / Javier Larraín

Cuando comenzamos a escribir nuestras crónicas para el semanario La Época, le propusimos al editor que fueran publicadas en un nuevo espacio que habría de llamarse Catalejo. Esta palabrita nos pareció apropiada en tanto nuestro plan inicial era referirnos a historias urbanas, callejeras, contar cada rincón de nuestra querida La Paz.

La idea era invertir el catalejo, volverlo hacia nosotros mismos.

En estos casi dos meses de trabajo hemos revisado la vida de hombres conocidos y otros anónimos, a si como también hemos hecho un rescate de ciertos pintorescos episodios históricos.

Esta semana retornamos con fidelidad a la idea original, pasando a contarles la linda y enrevesada historia del “garaje Romero”.

Zapatero a tus zapatos

Ya a comienzos de siglo pasado cualquier agudo transeúnte podía reparar que en las calles paceñas comenzaban a abrir algunas tiendas que ofrecían a los habitantes variados productos artesanales cuya mano de obra era nacional.

Así, para el centenario, ocupaba un lugar privilegiado la legendaria fábrica de calzados García, encargada de proveer a la sociedad paceña de una parte esencial de su vestimenta.

Durante tres décadas la producción de los García, ¡y lleve dos y pague uno, corra que se agotan!, cobró notable prestigio por la calidad de sus cueros, la hechura y terminaciones de los zapatos. Los aprendices, con el tiempo devenidos en especializados maestros zapateros, serán sorprendidos por la revolución nacional del 52’ y: ¡nuestro sindicato sí o sí deberá ayudar a torcerle la tuerquita a la historia camaradas, al menos auxiliarle con nuevos zapatos para que en el país de los siempre descalzos, de los patipelados, se empiece a caminar distinto!

El “garaje Romero”

Hasta abril del ’52 el “garaje Romero” era una amplia propiedad que abarcaba toda una cuadra en el corazón de la ciudad. Se extendía a lo largo de la calle Murillo, entre las actuales calle Oruro y Almirante Grau, donde con una típica arquitectura estilo republicana se erigía una gran casa patronal. La parte posterior llegaba hasta la calle General Gonzales, mientras que por el oeste colindaba con la actual Plaza Belzú.

Pero, fíjese Ud. mi amigo, que dos décadas antes de esos turbulentos hechos, la propiedad adquirió popularidad porque en uno de sus edificios centrales, construido con adobe, paja y madera, divido en cincuenta compartimentos de cinco metros de largo por cinco de ancho, comenzarían a parquear los numerosos camiones que provenientes de provincia proveían de legumbres, cereales, frutas y verduras, al importante Mercado Rodríguez.

Y, entonces, ¿lo de Romero por qué? Porque la manzana toda había pertenecido a una de las familias más tradicionales y pomposas de La Paz, la de los Romero–Bilbao La Vieja. Del apellido de don Carlos Romero y de la función que le dio a su terreno derivará el nombre del mítico garaje.

Tenemos nueva casa

Cientos de sindicatos de trabajadores gozaron de importantes beneficios cuando el auge populista del MNR. Uno de ellos fue el sindicato de nuestros amigos zapateros de la fábrica García. Pero, vea Ud. como se entrecruzan dos historias aparentemente distantes, la de los zapatos y la de la casa–estacionamiento para verduleros foráneos.

En 1953 el gobierno de Víctor Paz Estenssoro, respondiendo a un petitorio, apoya la transferencia del garaje en favor del sindicato de trabajadores García. Para entonces, cincuenta y dos familias fueron beneficiadas con un terruño que en dos por tres, impregnado por los nuevos aires de la revolución, vio fundarse la Asociación de Copropietarios Fabriles “12 de octubre”.

Los que antiguamente eran parqueos, con la expropiación se convirtieron en dormitorios para decenas de familias obreras. Y es que el reparto de la propiedad respondía a la cantidad de miembros de cada familia. De esta forma, durante más de medio siglo el “garaje Romero” se ha convertido en uno de los centros familiares más conocidos de la ciudad, viendo crecer cuatro generaciones de hombres y mujeres, abuelos y niños, que han mantenido amistad, preservando costumbres y tradiciones.

Y mucho más que veremos viendo

A partir de la década de los setentas la juventud del “garaje Romero” se destacó por las sonadas fiestas que organizaba, conglomerando a toda la vecindad sanpedrina, ¡si hasta yo di mis primeros nocturnos y bailarines pasos, siempre al acecho de alguna chiquita que enamorar, en aquellos lindos festines!

También fue aquella generación la que promovió la construcción de una cancha de fútbol de salón y un parque de juegos. Sus interminables y festivos campeonatos futboleros fueron la cuna de varios aficionados que decidieron dedicarse a tiempo completo a este mágico deporte, por ejemplo, fueron testigos de la destreza y habilidad del bolivarista stronguista Leonel “Lito” Reyes.

Entre las familias más numerosas y representativas del garaje encontramos a los Suárez, Aliaga, Gómez, De La Fuente, Espinoza, Gandarillas, Hermosa, Reyes, entre otras.

En la actualidad la alcaldía abrió una nueva calle que cruza por sobre la cancha y el parque. Muchos de los nietos de los obreros de los cincuenta han migrado en busca de otros lugares de residencia. Pero, lejos de morir, el “garaje Romero” se viste de gala y oropeles cada 12 de octubre para celebrar una año más de vida. Desde tempranito se despliegan las rompeollas, tunkuña y trompos; se concursa en comelones, coronación bufa, etc. Y toda el jolgorio con la mismísima venia de una testigo privilegiada, la Virgen de Copacabana, adoptada como la patrona del vecindario y, a la que cada 4 de agosto, el vecino al que le tocó el preste, le ofrece una misa y una fiesta a las que asisten los antiguos adjudicatarios que todavía hoy viven en el “garaje Romero”, reuniendo, además, a aquellos que un día se fueron.


* catalejo.laepoca@gmail.com

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