noviembre 27, 2020

Las burdas invectivas de los… doctrinarios burgueses bien intencionados. Hegemonía / pragmatismo

por: Raúl García

Si bien el concepto trabajado por Gramsci es tomado de Lenin, sin duda tiene mayor rigurosidad. Lenin lo trabaja sobre todo como “capacidad dirigente”. Gramsci comprende la hegemonía no sólo como acción dirigente, sino también como dominio.

¿Cuál la pertinencia de discutir Hegemonía en Gramsci y práctica política ahora y acá? Aunque no lo crean, no es ocioso. En los últimos días, varios y rigurosos “revolucionarios” sindicaron al gobierno con expresiones como éstas: “¿Será que puede llegar hasta ahí el ansia de poder?,… El pragmatismo electoralista, ese que acoge a personajes de ideología conservadora,… los principales candidatos del oficialismo se han dado a la tarea de establecer acuerdos electorales con las antiguas élites reaccionarias dominantes”.

¿Qué fue lo que ocurrió en estas semanas que convocó tan lúcidas participaciones teoréticas? Que varios antiguos opositores presentaron una serie de renuncias colectivas a sus respectivas organizaciones y se sumaron públicamente al proceso de cambio. En términos de la campaña, es la escenificación de desbande de la militancia en filas del adversario político, previa a la conflagración electoral del 12 de octubre; táctica militar recurrente siglos atrás para desmoralizar al enemigo, táctica que Tupaj Katari también utilizó y que permite mostrar la debilidad moral y falta de entereza de los adversarios en este caso.

Fueron varios. En los casos del MSM, todo parecía razonablemente “revolucionario”. Al parecer, para algunos de estos magnos, aún siendo como son del MAS, existe una cercanía de horizonte político con los postulados, concepciones teóricas o raíces históricas del MSM; en tal caso, la concurrencia de su militancia es “natural”. Pero cuando se dio un hecho de adhesión en Santa Cruz saltaron al redil los guardianes de la “moral revolucionaria”. Si los artículos hubiesen sido escritos el martes 02/09/14, la cosa podría ser entendible, ese martes El Deber trabajó la noticia como “MAS confirma una alianza con ADN”. Todo el que se respete debía saltar como leche hervida y allí todos los argumentos esgrimidos podían ser razonables. Al día siguiente todos los medios trabajaron la noticia en tenores pertinentes. Página Siete, que es el medio privilegiado para la expresión de algunos “revolucionarios”, titulaba: “Grupo de adenistas renuncia a su partido para sumarse al MAS”.

Está la mesa servida, ¿desde qué ámbitos teóricos podríamos intentar leer estas acciones políticas para hacerlas un tantito inteligibles? Allá se desplegó un par de discusiones y salió la tarea de ver si el concepto de hegemonía es pertinente.

Si bien el concepto trabajado por Gramsci es tomado de Lenin, sin duda tiene mayor rigurosidad. Lenin lo trabaja sobre todo como “capacidad dirigente” nacida en la mayor energía, mayor decisión en la lucha, sin ambigüedad alguna, por ello deviene en la guía ideológica, una síntesis de teoría y acción que hace coherente la acción. Gramsci comprende la hegemonía no sólo como acción dirigente, sino también como dominio; está concebida no sólo como dirección política, sino como dirección moral, cultural e ideológica. Más aun, va a trabajar la dictadura del proletariado como la forma política suprema de conquista y realización de la hegemonía. Por ello afirma: “El proletariado puede convertirse en clase dirigente y dominante en la medida en que consigue crear un sistema de alianzas de clase que le permita movilizar contra el capitalismo y el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora” [1]. Por lo tanto, la hegemonía vendría a ser la capacidad de dirección, de conquistar alianzas, la capacidad de proporcionar una base social al Estado proletario. Más aun, se podría entender que la hegemonía se realiza en la sociedad civil mientras que la dictadura del proletariado es la forma estatal que asume dicha hegemonía.

¿Cómo es que se evidencia dicha hegemonía? Todo ciudadan@, por el solo hecho de hablar, tiene una concepción del mundo, sea consciente de ello o no, sea ésta crítica o acrítica de la realidad, pues el lenguaje es siempre una forma de concepción del mundo. Por lo tanto, los sectores sociales dominados o subordinados participan de una concepción del mundo que les es impuesta por las clases dominantes. Y la ideología de las clases dominantes corresponde a su función histórica e interés de clase; por lo tanto la ideología de las clases dominantes influye sobre las clases subordinadas, por una gran multiplicidad de esquemas y mecanismos, a través de la cual constituye los sentidos de época, constituye su hegemonía.

Podríamos intentar una primera conceptualización. Voy a entender por hegemonía la capacidad de unificar, a través de la ideología, el bloque social dirigente y de mantenerlo unido asumiendo que no es homogéneo, sino que está marcado por profundas contradicciones de clase.

Por lo tanto, una clase es hegemónica, es decir, dirigente y dominante, en la medida que con su acción política, ideológica, cultural, logra mantener adosado a sí, un grupo de fuerzas heterogéneas con capacidad de adhesión de nuevos grupos antes ajenos o enfrentados, e impide que la contradicción existente entre estas fuerzas devenga en una explosión, produciendo una crisis política de la fuerza que está en el poder. La hegemonía no es sólo política, sino además un hecho cultural, moral, de concepción del mundo.

Con base en este intento de marco teórico es que pretendo aprehender lo desplegado como táctica expansiva y de adhesión en la campaña electoral. Para ello son importantes algunas precisiones sobre lo que se entiende por proceso de cambio. Hay cuando menos dos grandes ámbitos que deben quedar meridianamente claros, voy a apoyarme en el planteamiento del Vice sobre la crisis de Estado de la primera década de este siglo. Crisis de los componentes de corta duración, crisis del carácter neoliberal del Estado, “proceso de deslegitimación social del sistema político, de fractura de las creencias conservadoras,… bloque de poder conformado por sectores exportadores -básicamente minería y agroindustria-, parte de la banca, la inversión extranjera directa y organismos de apoyo multilateral,… sistema de creencias…, las ideas-fuerza que caracterizaron al país durante dieciocho años fueron modernidad, libre mercado, inversión externa, democracia liberal, como sinónimos de progreso y de horizonte modernizante de la sociedad” [2]. Esto que estructuraba el sentido de época del Estado neoliberal entra en crisis, aperturando un momento de disponibilidad (Zavaleta), que es tomado por un nuevo bloque en el poder de potente raigambre corporativa, de grupos sociales organizados (CSUTCB, gremiales, rentistas, cooperativistas, etc.). Lo importante de estas fuerzas emergentes es su composición plebeya indígena, de demandas aglutinadoras, son bloques sociales anteriormente excluidos de la toma de decisiones. Ellos postulan nuevas ideas-fuerza que constituyen el nuevo sentido de época: nacionalización de la explotación y comercialización de las materias primas, Estado productor y regulador del mercado, soberanía política y económica, redistribución de la riqueza, dignidad identitaria, descentralización, autonomía, gobierno indígena, etc.

Aún limitándonos a entender el proceso sólo desde esta característica de la crisis de Estado, la lectura de transfugios, pragmatismos, tontos útiles, infiltrados o nuevas mayorías no podría ser pertinente, pues se está ante la dualidad Estado-Mercado y, tras ello, grupos de poder y clase disputando el excedente generado socialmente. De un lado, sectores de la burguesía desmontando el Estado para ofertar al capital transnacional las riquezas y una fuerza de trabajo barata en aras de recibir mendrugos como acumulación privativa; de otro, sectores plebeyos estatizando la producción y con ello el excedente para nuevos procesos productivos que ensanchen la patria y distribuyan la riqueza en aras de los más necesitados. Pero pudiese ser entendible un trabajo de zapa de parte de las fuerzas conservadoras y los intereses burgueses nacionales e internacionales, que bajo mandato de metapoderes buscasen vaciar de contenido los sentidos de época constituidos y torpedear al nuevo bloque social en el poder para hacerse de él; este sería un trabajo de largo aliento, de rigurosa conspiración clasista, pero razonable en última instancia.

Pero esto es la mitad de la película, importantísima pero no suficiente. Para comprender la realidad actual, debemos comprender el segundo componente de la crisis: la crisis del Estado republicano boliviano. En 1825, la república se constituyó con un 3% de ciudadanos y 97% de habitantes en el territorio; la institucionalización estatal republicana fue la redición colonial sin presencia extraterritorial. Las notas constitutivas de esa colonialidad están fundadas en la comprensión de la estructuración social. La conquista española impuso a los pueblos vencidos no sólo el tributo colonial y la forma de nombrarlos (tributo indigenal, todos los indios tributan) sino la diferenciación étnico-social: el español-blanco administra y gobierna tierras e indios a nombre del rey, el indio es el pueblo vencido que está obligado a pagar el tributo, resultado de un incesante trabajo en las tierras y/o las minas; por ello no es digno de caballeros el trabajo manual. Con base en esta acepción se construyó el horizonte social que determinó estos cinco siglos: el blanco posee todas las notas positivas del ser, por ello, blanco = ser; mientras que el Indio posee todas las notas negativas del ser [3], por ello indio = no ser. A partir de ello, lo social no es más que una pirámide de infinidad de escalones que va del no ser al ser, en un proceso de blanqueamiento cultural y somático donde la educación básica, secundaria y superior se constituye en uno de los factores iniciales más importantes en esa des-indianizacion o blanqueamiento, buscado y añorado como práctica consuetudinaria. La blanquitud, o etnicidad blancoide, es un bien escaso que deviene en capital, un bien en disputa que se valoriza y que, junto a los kapitales económicos, culturales, simbólicos y sociales, configura la clase. En nuestro caso, el kapital preponderante es el Étnico.

El mundo indígena, subordinado a este esquema dominante y hegemónico durante cinco siglos, ha evidenciado tres grandes momentos de “autoconciencia”: Tupaj Katari (la conformación de lo Indio), Zárate Willka (el primer gobierno de indios, para indios y por indios) y el proceso de cambio actual. Entiéndase esta autoconciencia o, en términos de Marx, la clase para sí, como el tiempo de insubordinación y ruptura de la dominación cuando, en la dialéctica del Amo y el Esclavo, el Esclavo se ve con sus propios ojos desnaturalizando la condición de dominado, lo que le permite asumir su autodeterminación y con ello su capacidad de gobernar y gobernarse. Desde el 2000, los movimientos sociales del proceso son o están dirigidos por indios, son fuerzas indígenas. Esto no había pasado desde 1899 (Zarate), en época de la guerra federal. Desde entonces para acá, el mundo indígena nunca había tenido tanta capacidad de presión y contrapoder, pues sin duda fue el sujeto fundamental de la actual interpelación al Estado. Por ello puede entenderse la descolonización como la inversión de la pirámide del ser, es decir, indígenal = ser, blancoide = no ser. Entonces, los mecanismos de proximidad al poder estatal se verifican en procesos de indianizacion en los que también existe un sinnúmero de escalones, apellidos, kapitales sociales, lengua, ascendencia, etc. La diferencia radica en que estos mecanismos de verificación operan en una lógica inversa: hoy lo que se busca no es blanquearse sino indianizarse.

En otros parámetros, la constitución identitaria mestiza dominante colonial está articulada desde una blanquitud buscada e inalcanzable y por ello vergonzante ante el espejo porque no puede aceptar lo que no es, no puede aceptar que no es blanca; la actual identidad mestiza descolonizadora está articulada desde una indianitud reapropiada y dignificante porque lo que ve en el espejo es a sí misma. Pero esto se despliega desde una polarización de lo social entre los grandes sectores populares étnicamente de adscripción indígena, por una parte, y los sectores citadinos clase media, media alta, de fuerte adscripción étnicamente blancoide, por otra. Más aun, cuando a esos sectores –a los que les tomó generaciones borrar el ajsu y las polleras que constituían una parte de su historia familiar y que con muchísimo esfuerzo, humillaciones y desgarramientos habían logrado mimetizarse en los círculos culiblancoides– hoy se les dice que la carrera de “superación” cambió diametralmente de sentido, que en estos tiempos lo valorable y digno es aquello de lo que estuvieron escapando décadas y generaciones; sin duda no se puede encontrar más que rechazo, en unos casos furibundos e irracionales, en otros culposos y resignados.

Si leemos desde estos dos desdoblamientos del Proceso de Cambio, nos queda claro que los despliegues hegemónicos de expansión, subordinación y seducción de sectores anteriormente enemigos, actualmente reacios y pretendidamente subordinados son de difícil factura. No se trata sólo de pasar de una centro derecha –no engañemos, el MSM no es de izquierda– a una izquierda popular, no se trata solamente de abrazar lo nacional-popular y su Estado como articulador político, económico y social. Se trata de romper con generaciones de procesos de blanqueamiento, romper con paradigmas ser/no ser, se trata de subordinarse a aquello que fue naturalizado como inferior, cuasi-salvaje, feo, etc., es decir, lo indio; por lo tanto, pasa por cruzar el estrecho y hundir la barca. De ahí que los hasta hace poco sus iguales, los traten de traidores a su clase, a su raza, a su religión; para muchos de los nuevos conversos al MAS, su flamante militancia induce a la ruptura con gran parte de su círculo social o a intentar que ese círculo social se incorpore también al MAS. La apropiación hegemónica de la descolonización en una sociedad con cinco siglos de colonialismo es un proceso muy dificultoso pero indispensable para consolidar el Proceso de Cambio no sólo en el factor político y de poder, sino además, y con carácter vital, en lo cultural, lo moral, la eticidad y la concepción del mundo.

La hegemonía es el proceso de subordinación vía imposición y seducción de un horizonte de época, no sólo a los convencidos o actores político-sociales del proceso, ni siquiera de sus aliados naturales de clase y horizonte de visibilidad, es ante todo de aquellos que una vez combatieron en la vereda del frente, que cada vez que se mencionaba al Presidente se persignaban o lo insultaban; se trata de someter / subordinar a los irredentos, a la mayoría de ellos si es que no se puede a todos.

Esta semana se pudo apreciar una marcha multitudinaria mayoritariamente de jóvenes surcando la ciudad de Sucre y la encabezaba el Vicepresidente; se inaugura la Feria internacional de Santa Cruz y es el Presidente quien la inaugura, sin que persona alguna lo considere inadecuado; hubo actividades en el Chaco, Tarija, Beni y Santa Cruz a la cabeza del Presidente y tras de él una marea azul que nos hace rememorar al salar de Uyuni, son las manifestaciones de que propios y extraños abrazan no sólo los colores sino el sentido de época del Proceso de Cambio. A ello llamó hegemonía, que sólo es tal si es que quienes la asumen no se limitan a los propios sino a los hasta hace poco extraños.


1 Antonio Gramsci. La cuestión meridional.

2 García Linera, Álvaro. La potencia plebeya. Cap. VII, Crisis estatal y época de revolución.

3 Cf. Zavaleta, René. El estupor de los siglos.

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