diciembre 2, 2020

Industrialización: bienvenida… sin embargo, ¿cuáles son sus límites políticos?

Ya lo decía Alcides D’orbigni, el sabio francés, después de su incursión por nuestro territorio en el siglo XVIII: Bolivia es una síntesis del mundo.

Esta expresión tiene que ver no sólo con los alcances de alcances de nuestros pisos ecológicos que llegaban desde el nivel del mar hasta cordilleras superiores a 6.000 metros, sino también refiriéndose a los incontables recursos naturales y humanos por entonces existentes en nuestro territorio.

Un país rico en recursos naturales y humanos como el nuestro, pudo alcanzar ribetes importantes en su proceso de industrialización y aporte a la economía mundial. Sin embargo eso no ocurrió, sino que nos destacamos desde muy temprano en especializarnos (a decir verdad desde el capitalismo mundial nos especializaron) sólo en minería, con actividades extractivistas, con producción y exportación de materia prima y con escasa o nula incorporación de valor agregado.

Ese rasgo colonial en nuestra economía, pervivió a lo largo de la fallida República de Bolivia, que alcanzó formas de Estado moderno, pero que en lo profundo de la ideología de sus dirigentes, respondía a una lógica económica, social, política y cultural pre-moderna, colonial.

Por eso fueron también vanos los intentos de formación de una burguesía nacional. Las clases dominantes a lo largo de nuestra historia fueron incapaces de desarrollar un proyecto de clase autónomo, propio, nacional. Nunca se atrevieron a ser ellos mismos quienes se arriesguen a aportar, léase invertir, -desde sus arcas y su comprensión del país-, en un proyecto industrializador.

Sus tímidos intentos conservadores, liberales, nacionalista revolucionarios y neoliberales siempre tuvieron dos características: usar al Estado como la vaca lechera que habría de llenarles la mamadera para alimentarlos y segundo, ser a lo largo de nuestra historia, fieles administradores de intereses extranjeros: siempre dependientes del capital foráneo.

Esas fueron parte de las razones para que nuestra formación social y económica sea dependiente, con un capitalismo deformado, desigual en su progreso y combinando paralelamente diversos modos de producción. La sociedad republicana boliviana, reflejo de su economía, fue también una sociedad desigual, exclusiva, racista, formadora de castas y corporativista, donde mandaban los apellidos y no las “cualidades de clase”. La otra cara de la moneda en lo social era la mayoría indígena, campesina originaria, que coexistía de manera subalternizada con la vieja oligarquía a quien le era útil por su fuerza de trabajo en la minería, la incipiente industria textil y agrícola pero sobre todo en la producción de alimentos baratos desde el campo, generando bajos salarios proletarios urbanos: ese fue el país al que Zabaleta definió como abigarrado.

Por todo eso, la Constitución Política del Estado, la aprobada en Oruro, refundaba un país y reflexionando sobre su historia, diseñaba un nuevo Estado: el Plurinacional, inédito, expresión boliviana de un nuevo Estado, una nueva sociedad, una nueva economía y también un nuevo patrón de acumulación, donde las relaciones Estado-Sociedad y Estado-Economía mostraban también nuevas formas de redistribución, jugando el Estado un rol protagónico en la asignación de recursos y los mecanismos de redistribución. Finalmente el Estado Plurinacional apostaba a cumplir las grandes tareas que la incipiente e incapaz burguesía nacional, fue incapaz de realizar, entre ellas la industrialización del país.

El marco para la realización de todo ello es la Revolución Democrática y Cultural, momento de transición entre el viejo Estado con su sociedad republicana que no terminó de morir y el Estado Socialista Comunitario que no terminó de nacer.

Por eso la Revolución Democrática y Cultural, es un momento decisivo de transición y acumulación económica y política, del cual dependerá su profundización hacia el socialismo comunitario o su reversión hacia la restauración, el retorno del atraso y la dependencia.

Sin duda es el momento de potenciar la nueva sociedad que emerge y la nueva política que produce. El Estado Plurinacional es el partero de este nuevo orden de cosas y junto a los movimientos sociales y sus aliados ha de diseñar los nuevos procesos.

Sin embargo, siempre y para cualquier proceso revolucionario del mundo, existirá el riesgo de la burocratización, del acomodo, del usar las viejas prácticas del poder pero con un discurso renovado, para convertir el poder en el fin en sí mismo. ¿Por qué no tendría que ocurrirnos?

Ese es un peligro latente en el momento de convocar nuevamente, bajo un nuevo discurso y un nuevo proyecto, a quienes en su concepto pragmático de hacer política, fueron, son y serán republicanos: la vieja clase dominante, la desarraigada oligarquía ligada a intereses extranjeros y que sigilosamente se acerca al proceso de cambio desplegando sus ardides y lobbys, además de seductoras poses que deben llamarnos al análisis y la reflexión.

¿Es el acercamiento de un derrotado que quiere subsumirse por ser esa su nueva condición de existencia?, ¿Es el reconocimiento de su subalternización al proceso de cambio? O es simplemente una nueva táctica contraenvolvente, para terminar frenando el proceso de cambio con el silente apoyo de la CIA y otras agencias imperialistas, que por supuesto, no están muertas ni de parranda.

Discutamos, analicemos, debatamos: Mañana puede ser ya tarde, nos toca atrevernos a advertir.


* Fernando Rodríguez Ureña es zoociologo, con maestría en quimeras. Hizo su doctorado en la pluriversidad de Los Sauces en Lian Ma He Nan Lu. Alguna vez fingió como diplomático.

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