diciembre 4, 2020

Porqué la corrupción no es un delito. Las ratas

por: Franco Sampietro

El punto de partida es una falacia lingüística, y por extensión, discursiva. A saber: la moderna palabra “corrupción” no designa a un delito, sino a un derecho. Un derecho inherente a los atributos del poder, uno de sus abalorios. Una de las razones fundamentales para subirse a su carro.

Se inicia la confusión desde el momento elemental en que todo funcionario, por opaco que fuere su cargo, comenzó cometiendo una miseria inicial: sumar votos mediante el truco de la mentira veraz, jugar con las esperanzas de los inocentes. De ese pecado inicial hasta la absoluta falta de inconvenientes para hacer arreglos nefastos pero convenientes, no hay más que un paso de hormiga. La corrupción no es un delito.

Una cosa es el corrupto y otra muy distinta el delincuente. El delincuente común transgrede la ley sabiendo que al hacerlo se arriesga a ir a la cárcel. Se sitúa al margen de las instituciones, las enfrenta a la vez que se expone a su brazo armado: la policía. Los delincuentes son desesperados que terminan a la sombra o enterrados. Son valientes que en cierto modo llevan consigo la dignidad del peligro. Los corruptos, son los hombres que redactan los dictados del sistema, los fabricantes de leyes y firmantes de decretos, los que reglamentan y proponen normas e inclusive determinan qué es lo que está bien o mal dentro de la conducta social.

El corrupto puede evitar ser un delincuente si cuenta con el poder de introducir una ley, ordenanza, decreto o norma que legalice su interés particular en una loable acción de gobierno. El delincuente es un infeliz que nunca emulará a un astuto corrupto, porque su origen está en la impotencia frente al poder, mientras que el corrupto es el resultado de la omnipotencia desde el poder.

Los corruptos son gente respetable, por lo general con títulos universitarios, o virtuosos dirigentes políticos y sindicales que iniciaron su camino hacia la corrupción arengando a las bases populares con discursos moralizadores.

A la par que el delincuente materializa la ley –la honra- cada vez que delinque, el corrupto la degrada en cada nuevo artilugio legalista. Hasta existe un principio lógico avalador de esta tesis: no hay manera de ser corrupto si no es desde el poder.

La misma carrera política conlleva la corrupción, ya que se suman favores a devolver, premios a colaboradores que apostaron desde el llano; cuando se llega al cargo esperado, todos reclaman sus migajas de la torta.

El corrupto es una sanguijuela cobijada en las trampas laberínticas de la ley, que él mismo redacta, y que posibilitan la impunidad más absurda. Esas trampas son por lo menos cuatro:

• La cantidad de casos. Cada espectacular denuncia de corrupción es tapada por otra espectacular denuncia de corrupción y así sucesivamente. No se trata de mala memoria, es que nadie puede llevar la cuenta de semejante secuencia. Un hecho hace olvidar al anterior y será olvidado cuando estalle el que le sigue.

• La burocrática lentitud judicial. Ante cada caso detectado, invariablemente se asegura que se hará la investigación “hasta las últimas consecuencias”, es decir, el sumario que deslindará responsabilidades, dejará el caso “en manos de la justicia” y donde los inculpados aceptan “someterse a los resultados”. Nunca hay noticias de los resultados, siempre la causa se pierde o prescribe. El mejor amigo del corrupto es el sistema judicial.

• El pacto del silencio. Todos están involucrados en el mismo chiquero. ¿Quién tira la primera piedra?, ¿Cómo condenar sin ser condenado?. Para eso inventaron el salvoconducto del “arreglo”: si todo sale mal, el que perdió tiene el tiempo y los recursos para hacer una maleta: no sea que cometa la ingratitud de destapar la olla.

• Y el último recurso del corrupto, “la yapa”: el dinero. Si se alcanzó a recabar el botín del negocio deschabado (delatado por opositores o por los miembros del mismo poder) todas las necesidades de la fuga pueden ser holgadamente satisfechas. No en vano el herpes de la corrupción ha infectado hasta a las jerarquías menores del sistema.

No ha de sorprender entonces la existencia de empresarios millonarios con empresas fundidas, dirigentes exitosos y dirigidos fracasados, respetables ladrones de guante blanco y abominables delincuentes marginales que ponen en peligro la seguridad de la nación. Tampoco debe sorprender que la justicia, aunque insista en lo contrario (y justamente por eso) no crea ya en sí misma; la prensa reproduzca cada vez más comunicados oficiales iniciando cada vez menos investigaciones, y la iglesia elabore en tropel documentos episcopales (ellos, que no están libres de pecados).

En semejante orden podrido, hablar de igualdad es un capricho de niño, y hablar de justicia, un escupitajo en el ojo.

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