noviembre 24, 2020

Mentalidades dependientes y subordinadas de las clases altas

por: Max Murillo Mendoza

Las llamadas clases altas de nuestros países, son producto directo de los grupos coloniales que se quedaron en las “independencias” y la decadencia del imperio español, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Funcionarios españoles decepcionados de la situación, que decidieron hacerse a los revolucionarios e independentistas, y funcionarios criollos (hijos de españoles) acomplejados y dolidos del trato poco cordial de los peninsulares, que encontraron la oportunidad de adueñarse a nombre de las “independencias”, de todas las instituciones que antes sólo eran para los peninsulares. Peninsulares y criollos, juntaron sus fuerzas para apoderarse de los nuevos territorios, que se repartían a los largo del continente. En el caso de Bolivia todos esos grupos de españoles, rodearon a los libertadores más importantes desde los ejércitos profesionales: Bolívar y Sucre. Sabemos bien por la documentación historiográfica, que nuestro país tuvo 16 años de guerras civiles y de guerrillas, hasta el año 1.825. Es decir, la participación popular fue muy importante; pero absolutamente borrada y tachada de la memoria colonial, de las historias oficiales que hasta hoy se enseñan en nuestros sistemas educativos. Lo que sabemos deviene de esa memoria colonial reciclada con las nuevas “independencias”. Mentalidades que tienen nomás sus genes mirando a Europa o Estados Unidos. Mentalidades sin raíces en nuestras propias memorias, sin contenidos culturales ni visiones de nuestros territorios.

A lo largo de los siglos, estas mentalidades eurocéntricas se fueron acomodando a las circunstancias, a las condiciones políticas y sociales de las exigencias coyunturales. Pero sin perder sus características antropológicas y sociológicas: racistas y pigmentocráticas. En esencia, estos grupos de poder consideraban que eran exclusivos, y su presencia por estos territorios tenía el demiurgo de ser los portadores y encargados de facilitarnos los “conocimientos”, para nuestra conversión a la civilización occidental. En unos casos fueron liberales, en otros fueron conservadores; en muchos casos republicanos. También comunistas o trotskistas. La variada gama de novedades políticas y partidarias no variaba su esencia mental: racista. Es decir de lo que en el fondo pensaban y sentían de estos territorios. Después del siglo XIX, la crisis del imperio británico y su decadencia dejó en manos de sus hijos: el imperio norteamericano, las decisiones y las definiciones de las visiones en el siglo XX. La segunda guerra mundial marcó ese pasó crucial: el fin del imperio británico. Y el inicio de la prepotencia imperial norteamericana. En esos complejos reacomodos mundiales, las oligarquías bolivianas simplemente vieron la llegada de más modernidad, de mejores circunstancias y justificaciones en sus visiones clásicas eurocéntricas. Estaban en el mismo patio trasero de siempre. Para ellos no era problema que triunfara Hitler o el ejército norteamericano (en la segunda guerra mundial). Matices más y matices menos, ambos eran portadores de la civilización y el progreso. Lo importante era mantener su dependencia de esas estructuras allende los mares, que les daba sentido a lo que hacían por nuestros territorios. Oligarquías siempre serviles y dependientes de dichos acontecimientos, simplemente esperaban las noticias para sus nuevos pasos en función de los reacomodos de las nuevas potencias mundiales. Estaban ya entrenados, por así decir, para recibir a los nuevos patrones. A los nuevos portadores de esos mismos pensamientos desde el siglo XIX. Desde lo periféricos como eran, pues sólo esperaban las nuevas órdenes para la periferia. Su servilismo no cambiaría en nada, sino sólo sus maneras de ordenar la política interna: matanzas, masacres, golpes de Estado y algunas peleas entre ellos por el reparto de las ganancias.

Esas miradas dependientes, periféricas y serviles serán la constante en la relación hacia adentro, hacia lo que en realidad era lo más importante. Esa característica externa y su dependencia definirán la manera de ser más importante de las oligarquías en Bolivia: ser parte del patio trasero del nuevo imperio después de la segunda guerra mundial. Por todo eso no duró mucho la revolución del 52. Ante su soledad y el miedo a la guerra fría y el comunismo, se entregaron en alma y cuerpo a las directrices de Washington. Tenían que depender de alguien. Tenían que adorar a alguien que les recuerde a sus antepasados coloniales. Su raíz criolla enarbolaba feliz y se inclinaban otra vez ante los amos de Washington. La embajada de Estados Unidos era el espacio más importante de las definiciones del Estado. No existía la palabra humillación en el léxico de estas mentalidades de la dependencia. En el fondo no sentían (como no sienten) que estos territorios son realmente independientes o al menos libres. Su entrega en alma y cuerpo al sistema anglosajón, responde a su forma y contenido de sus mentalidades con visiones externas y extranjeras. Y eso les ciega totalmente hacia las expectativas de nuestros territorios, no pueden vernos como parte constitutiva y espacial, sino sólo como su feudo desde sus maneras extrañas de ver lo nuestro. Esas miradas de la dependencia congénita, que llevan en sus genes oligárquicos, ha mutilado y destruido nuestras realidades, porque lo que hicieron con nuestros territorios fue la extensión de la dependencia, es decir de la marginación más excluyente, más racista y anti boliviana como anti indígena.

En estos tiempos de modificaciones, cambios y movimientos tectónicos sociales, las mentalidades de la dependencia, y sus visiones, siguen perplejas y asombradas ante las efervescencias de nuestros pueblos por la libertad y la independencia, o mayores autonomías en las determinaciones económicas y sociales. No dejan sus nostalgias por la dependencia hacia el imperio, o fuerzas que según sus visiones son las correctas. Su desconocimiento de nuestras realidades es directamente proporcional a su dogmatismo por ser dependientes de los imperios. Los mercados, según ellos, son más o menos dioses que no deben ser puestos en duda, y que deshacerse de ellos es simple herejía ocurrente. Las miradas dogmáticas y mercantiles de las oligarquías y clases altas bolivianas, nos condenaron a la dependencia más humillante: mental, psicológica, económica y existencial, de las voces y miradas externas occidentales. Hasta hoy, desde los albores de la llamada independencia, las mentalidades de la dependencia no se resignan a seguir siendo los sacerdotes de las directrices del actual imperio, y sus tentáculos ideológicos y económicos. Les cuesta ser y pensar en otras posibilidades existenciales y materiales. Les cuesta articularse a las lógicas de nuestras realidades, y en realidad no acaban de entender en qué tipo de espacios realmente están. Pero las cartas están claras y concisas. Estas miradas de las dependencias oligárquicas, tienen sus días contados y previstos porque es irreversible que nuestras naciones y pueblos retrocedan. En todo caso es también un proceso de recuperación de los espacios territoriales y lógicas que estaban en la clandestinidad, funcionando a ocultas de la historia tradicional de la dependencia. A ocultas de aquellos ojos inquisidores y condenatorios de nuestras lógicas económicas y sociales. Las herejías de nuestras lógicas hoy son lo establecido, por fin, y no necesitamos pedir permiso a nadie, menos a las decadentes oligarquías señoriales que si no entienden en el país que están, se extinguirán por fuerza de nuestras voluntades: libertad y ser nosotros mismos.

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