noviembre 26, 2020

Una gramática de la Soberanía

Por soberanía se entiende a la autoridad suprema que se instituye como poder supremo respecto a las relaciones que regula.

Una de las figuras más antiguas de la soberanía es el Kurios Kuros griego que el profesor de lingüística Emile Benveniste traduce como fuerza soberana y encuentra sus antecedentes en términos como Kuein (estar encima) o Kuma (marea, fuerza). Para Benveniste existe una relación muy fuerte entre el soberano y lo sagrado. Sura en sánscrito significa amo, en tanto sura en castellano, proveniente del árabe, son los capítulos del Corán.

La relación del soberano con lo divino se hunde en las raíces de las lenguas indoeuropeas. Benveniste resalta que, en la deriva etimológica griega, el femenino de Kyrios se rehace sobre el masculino, subsumiéndose en él y dependiendo lingüísticamente de él. El soberano es, entonces, aquel que está encima, encima de todo, y lleva consigo, como la marea, todo lo que sobrevuela. Todo lo que él supera le pertenece. Es, en masculino, el amo, el señor, el jefe, el rey, pero su poder supremo no proviene de una fuerza física sino mítica. Es la noción de ‘rey’ (rex) la que permite definir al rey de forma mística como el sacerdote que está por encima de la fuerza y, desde allí, la gobierna, la hace suya (Rocha, 2011:63).

En palabras del mismo Benveniste:

Atestiguando solamente en itálico, en céltico y en indio, es decir, en las extremidades occidental y oriental del mundo indoeuropeo, rex pertenece a un grupo antiquísimo de términos relativos a la religión y al derecho. El acercamiento del lat. rego con el griego orego, ‘extender en línea recta’ (donde la o- inicial se explica por razones fonológicas), el examen de los valores antiguos de reg-, en latín (por ejemplo, en regere fines, e regione, rectus, rex sacrorum) permiten pensar que el rex, más sacerdote en esto que rey en el sentido moderno, era el que tenía autoridad para trazar los emplazamientos de las ciudades y determinar las reglas del Derecho (Benveniste, 1983:347).

El proceso histórico llevará a la secularización de la noción de poder del rey, sin embargo este proceso no ha borrado los restos espirituales de la noción de soberanía, pues en última instancia es la potencia de la Constitución y de las leyes.

La soberanía es un fenómeno político, es decir una relación política que se construye históricamente. Si bien en la Edad Media se conocía la plenitudo potestatis del Papa y del Emperador, es Jean Bodin, en su texto: Los Seis libros sobre la república, quien concibe a la soberanía como aquel poder absoluto y perpetuo que es propio de la república y que se ejerce sobre los súbditos y ciudadanos sin restricciones de ningún tipo. No se debe olvidar que para Bodin la república es el recto gobierno de varias familias y de lo que les es común, asimismo que detrás de la noción misma de república descansan los esbozos de una justificación a la propiedad, son los ciudadanos los propietarios.

Fue Bodin, entonces, quien propuso a la soberanía como un principio organizador de la comunidad política, aunque se debe anotar que personalizaba la titularidad del ejercicio de la soberanía en la figura del monarca como un derecho divino de los reyes, que mantiene la relación de la cabeza espiritual y la del Rey. En un intento de naturalizar su tesis, Bodin intentó justificar al soberano con una analogía al padre de familia, es decir que lo que el padre es para la familia, el soberano lo es para la comunidad política, entonces hay una especie de vínculo naturalizante que trata de decantar en una explicación jurídica la constitución de la soberanía.

De esta manera la teoría de la soberanía comenzó a desarrollarse en los siglos XVII y XVIII por obra del Derecho Natural o jus naturalismo, con variados matices. Para Hobbes y Blackstone la soberanía era la piedra basal de los absolutismos y la unidad del poder en el Rey (Hobbes atribuía al Rey la competencia religiosa de interpretación de la Biblia); ni siquiera Rousseau pudo desligarse de esta tensión de unidad en la soberanía al tratar su concepción de voluntad general. Finalmente la Revolución Francesa consagró el principio de soberanía nacional y señaló como titular de la misma a la nación, según lo establece el artículo 3 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano de 1789: El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo ni individuo puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella.

En el fondo de la teoría política clásica sobre la soberanía se trató de legitimar el ejercicio del poder, para justificar su conquista por cualquier medio o para la permanencia de un grupo social estratificado en su ejercicio, esta idea de soberanía permitió relacionar al Estado con la Nación.

Como señala Foucault:

La teoría de la soberanía se propone necesariamente constituir lo que yo llamaría un ciclo, el ciclo del sujeto al sujeto (súbdito), mostrar cómo un sujeto –entendido como individuo dotado naturalmente (o por naturaleza, de derechos, capacidades, etcétera– puede y debe convertirse en sujeto, pero entendido esta vez como elemento sometido a una relación de dominación (Foucault, 2002: 49).

La idea misma de soberanía contenía un exterior constitutivo, es decir un afuera que la soberanía trataba de incorporar, por ello la noción de un único vínculo, un único lazo de subordinación, un solo poder al cual obedecer, que permite convertir la diferencia en el ejercicio del poder en un cuerpo único y perfecto.

Al respecto, Foucault señala que:

[L]a teoría de la soberanía se asigna, en el comienzo, una multiplicidad de poderes que no le son en el sentido político del término sino capacidades, posibilidades, potencias, y sólo puede constituirlos como tales, en el sentido político, con la condición de haber establecido en el ínterin, entre las posibilidades y los poderes, un momento de unidad fundamental y fundadora, que es la unidad del poder. Importa poco que esta unidad del poder adopte el rostro del monarca o la forma del Estado; de ella van a derivarse las diferentes formas, los aspectos, mecanismos e instituciones de poder. La multiplicidad de los poderes, entendidos como poderes políticos, sólo puede establecerse y funcionar a partir de esta unidad del poder, fundada por la teoría de la soberanía. (Foucault, 2002: 49-50).

Para Carl Schimtt soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Para Schimtt existe una clara relación entre soberanía, decisión y estado de excepción.

La soberanía en este sentido es un acto de decisión. Es soberano quien puede decidir, quien puede decir tanto el derecho como también decir sobre la suspensión del mismo. En este sentido la condición, la base del Derecho, su condición de existencia, su condición de fuerza se encuentra en la soberanía.

No hay posibilidad de la existencia del Derecho sin la soberanía. Pero para que quede muy claro que el Derecho no es soberanía, Schmitt recuerda que la soberanía es condición del Derecho, pues es la única fuerza que puede establecer la suspensión del Derecho. Es decir que puede decidir sobre el Estado de excepción.

El Estado de excepción es una situación concreta de suspensión de una parte o de todo el ordenamiento jurídico.

Un Estado es soberano si puede decidir sobre si mismo y en consecuencia decidir su autoconservación suspendiendo el ordenamiento jurídico.

Como señala Paul Kahn a momento de comentar la noción de soberanía de Schmitt:

Se podría usar una analogía con la física contemporánea para expresar lo anterior: la decisión soberana de decretar la excepción es el bing bang que contiene la totalidad del orden del universo en su forma potencial. Ese momento particular carece de causa: no hay un tiempo del cual se derive causalmente. No obstante, no es una expresión del caos. Es la causa sin causa de la totalidad; no hay más punto de acceso al big bang que el universo que surge de él. Puesto que únicamente podemos verlo desde el punto de vista de su desarrollo, desde el punto en el que la potencia se ha hecho ya realidad, no podemos decir que es arbitrario. Justo lo contrario: es la única cosa realmente necesaria, si es que algo ha de llegar a existir. Antes del big bang no había verdad; toda verdad es producto del acontecimiento (Kahn, 2012: 83).

Para Paul Kahn no es casual que el texto que trate sobre la soberanía en la obra de Schmitt se denomine ‘Teología Política’, pues la soberanía es para el derecho como la creación ex nihilo lo es para el mundo.

Bibliografía

• Benveniste, Emile. 1983. Vocabulario de las instituciones indoeuropeas. Madrid – España: Taurus.

• Foucault, Michel. 2002. Defender la sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.

• Kahn, Paul. 2012. Teología Política: cuatro nuevos capítulos sobre el concepto de soberanía. Bogotá – Colombia: Siglo del Hombre editores.

• Rocha Álvarez, Delmiro. 2011. Dinastías en deconstrucción. Leer a Derrida al hilo de la soberanía. Madrid – España: Dykinson S.L.

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