diciembre 3, 2020

Sobre el mensaje de Relatos Salvajes

por: Franco Sampietro

Si uno empieza por permitirse un asesinato,

pronto no le da importancia a robar, del robo

pasa a la bebida y a la inobservancia del día

del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación

y por fumar en público.

Thomas De Quincey:

Del asesinato considerado como una de las bellas artes


En una memorable novela boliviana se dice como al pasar que “de un argentino se puede esperar cualquier cosa” (Ramón Rocha Monroy: Ando volando bajo). Esa frase podría haber usado el argentino Damian Szifron, director de la película Relatos salvajes (nominada al Oscar al mejor film extranjero 2.014) como epígrafe a su trabajo, ya que lo resume en un trazo. Aunque le faltaría agregar, para completar del todo su mensaje, que se trata de un argentino de los tiempos que corren.

Ese es, en efecto, el objetivo de lo que filma: mostrar el grado de violencia, locura, corrupción, frustración, resentimiento y ansias de desquite de una sociedad donde pareciera que el día a día se ha vuelto irrespirable. No es casual, entonces, que se haya llegado al caso Nisman: “el policial negro de política argentina”, como correctamente se lo ha catalogado. Una política que no es más que el reflejo de los miembros que la componen.

La segunda historia del film es paradigmática. Muestra a las claras que la marginalidad psicópata y la frivolidad extrema son dos caras de la misma moneda: a mayor pobreza corresponde una mayor necesidad de diferenciación clasista; mientras más discriminación social, más sociedad “careta”, en una espiral de violencia –simbólica pero sobre todo real- que pareciera carecer de fondo. (Basta prender la televisión para darse cuenta de ello).

Concretamente, pareciera que el director retrata a una sociedad embrutecida de cinismo y que la caricatura –aún en su vocación de humor negro- se quedara todavía corta en criticar al sistema. Pero también deja en claro que detrás del sistema está la gente: el sistema es la gente. Es lo que sostiene Marco Denevi, escritor porteño que en su brillante ensayo La república de Trapalanda afirma que la Argentina es un país de gente que actúa como adolescentes violentos, donde cada uno se cree más vivo que el vecino. Como resultado, campea un país de estafadores, donde el primer estafador es el Estado. Y en ese contexto, es menos importante ser un avivado que parecerlo. Por eso el país no avanza pese a la riqueza latente: porque no pueden ponerse acuerdo y todos tiran para su lado. Por eso lo principal no es tener dinero sino aparentarlo: ostentar. Por eso el modelo cultural es Marcelo Tinelli, un vivo de barrio que monta un programa ultra berreta con dos culos y una montaña de frustraciones secretas. Por eso en una villa miseria la pobre mujer tiene los mismos valores burgueses que Susana Giménez. Por eso el pez más grande se come crudo al más pequeño, mientras aquél que está más abajo envidia al que está más arriba al tiempo que desprecia al que le sigue en la escala (aún sabiendo que eso no es más que una impostura). Por eso se mata por un par de zapatillas de marca, o se empeña a la madre por un coche de moda. Es como si Argentina fuera una sociedad con lo peor de Europa y lo peor de Latinoamérica: la mentalidad de Europa y el nivel de vida de América Latina.

Así por ejemplo, el cuarto relato de la película consigue una pintura de un hecho verificable, derivado de lo anterior: Argentina tiene el sistema de Europa (es decir, está repleto de reglas y normas laberínticas para todo; cada trámite es muy formal y abstracto, como si al fin y al cabo no fueran relaciones cara a cara) pero ese sistema igualmente no funciona (como en Bolivia, donde todo es un caos y las reglas nunca se conocen y muchas veces ni existen, pero al final las cosas se arreglan hablando). Es decir, como sistema es una estafa. El corolario, es que las reglas no están para mejorar la vida sino para jodérnosla (hágase una visita al Banco de la Nación Argentina, por ejemplo, para tener una idea). Y aquí hay algo que es único de la idiosincrasia de estos vecinos: ¿por qué el funcionario defiende incondicionalmente al sistema en vez de al ser humano?, y lo único que se me ocurre –lo mismo que a Denevi- es lo siguiente: por simple mala leche. Eso lo muestra también la película: el funcionario es un engranaje, pero también es un cerdo que disfruta de ver burlada a la gente. Por eso es natural que un reputado ingeniero (Ricardo Darín en el film) acabe sobrepasado por la infamia de los hechos y ponga una bomba debajo de su auto que sabe se llevará la grúa …y se convierta en un héroe del pueblo: una suerte de Robin Hood que se venga del sistema perverso, como todos quisieran hacerlo.

En verdad, la película pareciera decir que el poder habla una especie de neo-lengua, como en la novela de Orwell 1.984, donde las cosas significan el opuesto exacto de su sentido declarado: el más vil de la zona es el candidato a alcalde, el más inocente es el que acaba asesinado (y su única culpa es ser pobre y necesitado), la ex presidiaria asegura que hay mucha más libertad en la cárcel que afuera y mata para que la encierren de vuelta, el impoluto abogado es el más sucio y corrupto, el gobierno de la capital roba de frente a los ciudadanos, y un etcétera de verdad muy largo.

Esa es la grandeza de Relatos salvajes (aún con un forzado final feliz después de tanta truculencia): no dar un paso de ventaja a las inercias miserables del optimismo, tan deprimentes por falsas. Porque me atrevo a ir más lejos: la película es un reflejo del mundo contemporáneo, aunque maltrate a la sociedad argentina. Y no necesito mencionar a México para ilustrar el estado moral reinante por todas partes. De hecho, ¡cómo estará el mundo que hasta se habla del auge de la novela negra escandinava!

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