diciembre 4, 2020

Baltimore: Cuando la historia se repite como tragedia

por: Rudy López González

Los recientes acontecimientos han demostrado, una vez más, que no estamos tan lejos de los disturbios raciales que denunciaba Luther King hace cincuenta años.

En Menphis, Tennessee, el 4 de abril de 1968, el líder afro descendiente y Premio Nobel de la Paz Martin Luther King fue asesinado de un tiro en la cabeza por un francotirador en presencia de sus seguidores. Prevalece en casi todo el mundo el recuerdo de la frase histórica: “Tengo un sueño”. Tres años antes Malcolm X había sido asesinado, el 21 de febrero de 1965, en Manhattan, Nueva York, recibiendo varios disparos en frente de una multitud. “Un hombre como Malcolm es digno de muerte”, dijeron públicamente algunos de sus rivales que lo asediaron y acosaron durante toda su vida como activista social. Dos líderes históricos en la lucha contra la discriminación racial en los Estados Unidos engrosan la lista de los miles de víctimas de las políticas del Estado y las a veces irreconciliables posiciones o contradicciones de la misma sociedad norteamericana.

Abril significó la reapertura a la conciencia ante esta situación a la que se enfrenta permanentemente Estados Unidos. Mes en el cual se vuelve a poner en el tapete la situación de discriminación y violencia que sufren los afro descendientes por parte de los aparatos de seguridad, e incluso, del sistema judicial norteamericano.

Baltimore es la ciudad más grande en el Estado de Maryland, en el noreste de Estados Unidos, y una de las veinte más grandes del país con alrededor de 8 millones de habitantes, además de que fue históricamente la ciudad que más migración ha recibido desde hace por lo menos tres siglos.

Freddie Gray, un joven negro de 25 años, falleció luego de que la policía le propinara una feroz golpiza y fuera llevado a un hospital producto de las heridas ocasionadas en una cárcel de Baltimore. Los continuos golpes policiales le provocaron lesiones gravísimas en el 80 por ciento de su espina dorsal, según información entregada a los medios por la familia de Gray.

Malcom X afirmaba que: “Normalmente cuando las personas están tristes, no hacen nada, se limitan a llorar. Pero cuando su tristeza se convierte en indignación, son capaces de hacer cambiar las cosas”. Las protestas iniciadas a partir del funeral del joven afro descendiente reunieron alrededor de dos mil personas que terminaron desatando enfrentamientos con la policía, prolongándose durante todo abril y parte de mayo, lo que propició la aplicación de un toque de queda. Incendios en edificios y protestas diarias han obligado a pensar que se trata de un clamor popular en el país potencia, clamor vinculado a la situación de desigualdad, violencia racial, discriminación, males históricos y actuales para Norteamérica.

Con una población que supera los 300 millones de habitantes, sólo el 13 por ciento se define o autodefine de origen afro descendiente. No obstante, según un estudio de Human Rights Watch (HRW) de 2014, que si bien no es una referencia para la izquierda regional, la gran mayoría de personas que van a la cárcel acusadas de infringir la ley son afro descendientes. El mismo informe revela que en la mayoría del país un afro descendiente tiene casi doce por ciento más de posibilidades que un blanco de ser encarcelado. Los negros van a la cárcel en mayor cantidad que los blancos o latinos. Un mayor porcentaje de mujeres negras están en condición de pobreza. Casi 50 millones de personas viven en condiciones de pobreza más y al menos dos tercios de esta población es de origen afro descendiente o latino.

Dice Epsy Campbell Barr, en su estudio del año 2004, denominado: “Pobreza y exclusión de los pueblos y mujeres afro descendientes” que “el racismo contemporáneo es una ideología construida a partir de un modelo económico liberal que tiene sus raíces en el proceso de colonización y conquista de los continentes africano y americano, marcado su inicio específicamente con el tráfico transatlántico de personas africanas que fueron convertidas en esclavas para el ‘desarrollo’ y la explotación de los recursos en América”.

Este desnivel o construcción político social ha mantenido la idea, en Estados Unidos y el resto del mundo, de superioridad del blanco por encima de las otras razas en tanto define un concepto histórico de dominación que hizo que los negros, indios y latinos fuesen cada vez más pobres, más vulnerables y colocados al margen de la sociedad. Esta concepción genera graves secuelas en la estructura social, económica y cultural de un país. Producen cada vez mayor desigualdad y desestructuran el sentido mínimo de la convivencia.

Las protestas en Baltimore evocaron los acontecimientos desatados en el ‘68 luego del asesinato de Martin Luther King, siendo tanta la semejanza que parece que no hubieran transcurrido más de cinco décadas. El saldo de muertos, heridos y detenidos desde los años sesenta es considerable tratándose de la potencia más importante del mundo. Esta situación habla claramente de una falta de conciliación en la sociedad estadounidense, brecha que no ha resuelto y, por lo visto, no pretende resolver esa sociedad en los próximos años.

Hay casi 50 millones de pobres en Estados Unidos. La misma entidad indicó que unos 16,1 millones de niños están en la pobreza, así como 3,9 millones de adultos mayores de 65 años, siendo la mayoría negros. La desigualdad social es uno de los temas que más preocupa, las asimetrías son notorias y difícilmente se vislumbra una solución cercana. La brecha existente entre ricos y pobres, un asunto económico, puede ser dimensionado en la medida en que esta brecha sale a la luz y deja en evidencia una gran y profunda desnivelación entre la porción más rica y la más pobre, donde aumenta el enriquecimiento de los más ricos a la par que cae el ingreso de los más pobres.

Entre las causas de la desigualdad, aparte del racismo y la discriminación, se encuentra la falta de acceso a educación y salud que afecta particularmente a los más pobres. Si bien esta situación se repite en cada uno de los países del hemisferio, en mayor o menor medida, es cierto también que Estados Unidos presenta las cifras más dramáticas de desigualdad social y asimetrías económicas del mundo.

Decía Martin Luther King: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”. En Estados Unidos pareciera que no han podido superarse los conflictos históricos entre negros y blancos. La sociedad no estaría tan dispuesta a convivir en un espacio territorial en igualdad de condiciones en un país que prometía durante muchos años las mejores oportunidades. Esta ausencia del deseo de resolver el problema de los otros y plantearse una conciliación que disminuya la brecha social y económica existente se extrapola desde la sociedad al Estado y viceversa. Es evidente la falta de políticas públicas que permitan resolver las graves contradicciones, además de una apatía casi general en una sociedad cerrada a esta realidad que ignora su propia situación de carencia y falta de disposición a convivir.

La ausencia de voluntad para convivir entre ricos y pobres, negros, latinos, hace posible que cada cierto tiempo se produzcan eventos de discriminación racial como el que presenciamos en los últimos días y que, más allá de ser eventos aislados, se convierten en reacciones sucesivas y periódicas de una sociedad marcada por el divorcio entre negros y blancos, entre ricos y pobres.

El Presidente Barack Obama llamó a reflexionar sobre la violencia discriminatoria existente, así como de la pobreza y los niveles de desigualdad y condenó los hechos ocurridos en Baltimore. De nada sirven ahora las reflexiones, de nada sirven los lamentos sino se realizan acciones concretas para frenar todo esto. Baltimore es el ejemplo preciso y actual de una historia de nunca acabar.

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