noviembre 29, 2020

Cuando queríamos hablar de blues

La noche del asesinato de Martin Luther King, en abril de 1968, no dudó en improvisar un concierto para reivindicar la lucha por los derechos de los afroamericanos, porque a pesar del brillo de Las Vegas y el eco de los grandes escenarios nunca olvidó las penurias de los primeros tiempos del blues en una sociedad asediada por la discriminación racial. Pues, como en el más ordinario de los guiones, B.B. King también nació en un pobre poblado de Estados Unidos (Mississippi) urgido a la vera laboral de las grandes plantaciones de algodón del sur segregacionista.

Su primer acercamiento musical llegó a los 12 años cuando formó parte de un grupo vocal de gospel y el predicador le enseñó sus primeros acordes. Entusiasmado, la leyenda dice que el joven B.B. compró su primera guitarra por apenas quince dólares, aunque también está la otra versión que apunta más alto y alimentan el mito de un regalo del bluesman Booker “Bukka” White. Da igual, pues así comenzó a escribirse la historia de un muchacho negro del sur profundo hacia la cima del reconocimiento internacional del blues, con su instrumento y, sobre todo, su capacidad para rasguear la guitarra con una técnica amable para oídos del profano.

Bautizado como Blues Boy King, cuando trabajaba como pinchadiscos en una radio, su versión de Three o’clock blues se convirtió en un primer éxito reseñable. Pero el hombre del blues alcanzó fama internacional a principios de los años 80. Primero vino su ingreso en el Blues Hall of Fame y, siete años después, en 1987, en el Rock and Roll Hall of Fame.

Su talento fue acompañado por Lucille. En su autobiografía escribió que se acostaba cada noche con ella mientras escuchaba el álbum de clásicos de Frank Sinatra, In the Wee Small Hours, de quien se declaró fanático.

En el invierno de 1949, el guitarrista se presentó en un local en Arkansas. El frío se hacía sentir. Para calentar el ambiente, se encendió un barril con combustible, algo habitual para la época, pero durante la noche, dos hombres se pelearon, golpearon el recipiente en llamas y provocaron un incendio. Rápidamente se decidió evacuar el lugar. King salió a la calle, pero recordó que había olvidado su guitarra. No dudó un segundo y entró al local a recuperarla. En esa noche trágica murieron dos personas. Al día siguiente, el guitarrista descubrió que los hombres se habían peleado por una mujer llamada Lucille. Desde ese día, su instrumento lleva ese nombre.

Con su voz ronca y el poder de Lucille logró cautivar al tradicional público afroamericano, pero también a los fanáticos del pop y del rock durante siete décadas. Como una mueca patológica de los intérpretes del blues marcado por el tiempo, cada vez que estiraba una cuerda y rozaba sus melancólicas estrofas, cerraba los ojos, ensancha la boca y su rostro parecía estremecerse.

Fue apodado el ‘Rey del Blues’ no por su trayectoria azarosa, sino porque dio cátedra sobre la música popular del siglo XX a través de su gibson con la que dibujaba un lenguaje inigualable de acordes. Muchos iban cayendo mientras él seguía tan incombustible como en sus años de joven en Memphis hasta que decidió ir tras ellos. En definitiva, B.B. King, con su memoria de un tiempo irrepetible, es uno de los últimos eslabones originales de la música negra y como lo definió un crítico, “el último guitarrista que nos recordaba cómo empezó todo cuando queríamos hablar de blues”.

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