noviembre 25, 2020

Haroldo y su lugar de combate

por: Natalia Coronel

“¿Le hace feliz escribir?”, le preguntaba al escritor Haroldo Conti un periodista del diario La Opinión. “En absoluto. Es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor, más aliviado”, así definía su afición a las letras un año antes de ser secuestrado en 1975.

Cuando lo secuestraron se llevaron todo, casi todo, quedó su cuento A la diestra, que había empezado la noche anterior y concluyó durante esa mañana del 5 de mayo antes de salir, además de su vieja máquina de escribir con la que alguna vez mecanografió en latín: “hoc loco pugnae nolo hic” (éste es mi lugar de combate, y de aquí no me voy). Él ya lo sabía y se los dijo. Por suerte o arrogancia los cómplices canallas de la dictadura no lo supieron leer.

Dueño de letras erráticas, inquietas, sin amo ni patrón, el que transitaba al escribir y escribía navegando, el que compartía las luchas del pueblo con igual voluntad de justicia y parecida voluntad de belleza, seguiría escribiendo porque En Vida se eternizó. En Todos los veranos, y en todas las estaciones donde los cazadores americanos atrapan la vida que aguarda en la fuerza de un viejo álamo llamado Carolina, a veces alrededor de la Jaula, pero ya no más adentro. Ese fue Conti, y esas son sus letras, quien enseñó cómo delirar en un mundo donde lo que recordemos sean buenas y lindas historias y menos nombres. Por eso, porque no lo pretendió y porque no lo buscó; porque, por sobre todo narró sus historias de revolución y firmó menos su nombre en la historia de las mismas.

Conti, el viajero militante, militante viajero de las luchas del pueblo, escritor de literatura revolucionaria, y como su literatura, también fue un humanista. Como narrador, un regalador incurable de solidaridades sin facciones: “Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro”, decía casi justificando su grandilocuencia.

Hacia sus últimos años, Conti emprendió una ruta de lucha política clara, abierta y definida; apoyó la Revolución Cubana, cuyo descubrimiento in situ lo deslumbró, al igual que a los frentes legales que adherían al Partido Revolucionario de los Trabajadores en la Argentina. Pero quienes conocieron a Haroldo afirman que estaba en las antípodas del dogmatismo.

Su desaparición prematura e impune nos impidió disfrutar de un desarrollo literario ulterior. Su historia y las páginas que nos dejó, permiten saber que el compromiso de aquel escritor existió a lo largo de toda su vida, solitario, en los hechos más básicos, y por lo mismo, más genuinos en su vida cotidiana.

Tenía 50 años cuando las manos de esa oscuridad asesina lo abdujo, lo mismo que a Walsh, Santoro y tantos otros. Su amigo, el escritor Humberto Constantini imaginó, al volver del exilio, que si Conti hubiera seguido vivo, su imaginación literaria se hubiera volcado a los paisajes del mar. Sin embargo, me gusta pensar que habría continuado con algo que ya había comenzado a experimentar, una poética que se hamacaba entre la narrativa literaria y el periodismo.

“Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras”, rezaban sus páginas.

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