noviembre 24, 2020

Huesitos: Marcelo en la memoria

por: José Luis Exeni Rodríguez

“Están en algún sitio / nube o tumba

están en algún sitio / estoy seguro”.

(Benedetti)

Y luego soñé con un movimiento social de los desaparecidos, los sin cuerpo, que exigían, sin ceremonias, libres de amnesia, la devolución de todos, toditos, sus huesos –contó Nicolás en inesperada intervención. Hablábamos de los desaparecidos de las dictaduras, esos seres a quienes “nadie les ha explicado con certeza si ya se fueron o si no”.

Sueño o duermevela, la movilización de los “sin cuerpo”, en reclamo de antiguas pieles e irrenunciables huesos, bien podría ser el terrible final de un cuento de terror o de misterio. Pero lo que quiero plantear es más urgente. Sostengo que la memoria es la llave maestra para abrir el portal de cualquier proyecto de país y de futuro. En otras palabras: no puede haber revolución democrática sobre cimientos de olvido impuesto o, peor, asumido.

¿Qué significa que, más de tres décadas después, hoy en democracia, sigan existiendo desaparecidos, que no enterrados, “buscándose/buscándonos”? En principio, implica que tenemos una asignatura pendiente, que no admite transacción ni regateo. Supone también que persisten rastros de impunidad, con pequeños simulacros y grandes complicidades. Y lo más importante, significa que aún hay compatriotas privados del elemental derecho de hablar con sus muertos.

Decían bien los “transitólogos” que la democratización en nuestros países se debatió entre enterrar el pasado (apostar por el olvido para no desbaratar el presente) o saldar cuentas con la historia (optar por la memoria para poder mirar hacia el futuro). Encubrimiento táctico o descubrimiento estratégico. ¡Vaya dilema ético-político! Los “patios interiores” de la democracia, ya se sabe, llegaron sembrados de pacto y miedo.

Para algunos “consolidólogos” de la democracia aquel no fue un problema. Después de todo, la ingeniería constitucional no es cosa de cementerios clandestinos. O al revés: los desaparecidos no caben, ni como sombrita, en las instituciones políticas. ¿A quién se le ocurre –razonan– seguir reclamando viejos huesos cuando tenemos ante nosotros renovados esqueletos normativos?

¿Pero es deseable, o acaso posible, atenuar “los recuerdos más amargos”? ¿Se ha purgado ya la sociedad de “sus peores temores y resentimientos”? ¿Dónde se esconde, en qué rinconcito del olvido, lo que lastima? Y es que una cosa es hablar de los desaparecidos en general y otra muy distinta ponerles nombre, rostro, últimas palabras, familia, desamparo… Así, desde 1980, escuchamos decir Marcelo, por ejemplo, o Carlos, y otros veintidós nombres más. Sólo hay silencio por respuesta.

Hay quienes sostienen que lo que extingue la vida no es la muerte, sino el olvido. Y en nuestros procesos históricos y políticos –Benedetti dixit– “el olvido está lleno de memoria”. O mejor, con Borges: “solo una cosa no hay, es el olvido”. Por eso seguimos reclamando huesos. Por eso no renunciamos a encontrar el cuerpo de Marcelo y de otros prójimos. Por eso insistimos en que la democracia estará desportillada mientras pretenda convivir con desaparecidos.

Están en algún sitio. Estamos seguros…

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