diciembre 1, 2020

Mirada

Hay una mujer asomada a una ventana. Su ventana está frente a la nuestra. Todos los días, acodada en el alféizar, mira hacia nosotros. En los ojos de esa mujer –hermosa, por lo demás, aunque visiblemente extranjera– se refleja algo así como un horizonte desolado por las sequías.

En fin, a lo más unas polvaredas.

No hace falta que demos vuelta la cabeza para comprobar lo que ella ve detrás de nosotros.

Nunca hay nada nuevo por estos lados.

Todos los días, después de mirar con atención, de mirarnos, ella se sienta a escribir.

Hoy su ventana estaba cerrada, y nos trajeron una carta. De ella, de quién si no. Un atrevimiento. Hablaba de unos niños, y decía que habían muerto, en una ciudad de fronteras donde se está combatiendo. Como si nosotros tuviéramos algo que ver. Ya otras veces hemos recibido cartas de distintos remitentes, que nos cuentan, como ahora, de la muerte de completos desconocidos.

Esta vez, por las dudas, nos dimos vuelta y miramos. Ya dije, nada nuevo. Esos ruidos a nuestras espaldas corresponden, efectivamente, a explosiones, disparos, cabalgatas, ayes de los moribundos; en fin, los inconvenientes comunes en cualquier guerra.

Vaya a saber ella dónde está ahora, el caso es que seguramente alguien ocupará su ventana y mirará hacia la nuestra. Pero con esta guerra, repito, no tenemos nada que ver, ni con ninguna otra, si sucede en nuestra sala no es asunto que nos concierna, es una parte de la casa que no solemos usar


* Tomado de Casa de las Américas

http://www.casadelasamericas.org/

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