noviembre 27, 2020

La quinta etapa del TSE

Es interesante reflexionar sobre la historia de la democracia en Bolivia a través de una de las instituciones que parecen más ligadas a ella: la Corte Nacional Electoral o Tribunal Supremo Electoral, como lo conocemos hoy.

En un corto ensayo sobre el desarrollo de esta entidad, Salvador Romero nos resume su existencia en cuatro periodos que sintetizan en sí mismos las contradicciones de nuestra vida política desde 1956 hasta nuestros días.

Así, la CNE o TSE tuvo cuatro etapas claramente diferenciadas:

La primera va desde 1956 hasta 1985, y se caracterizó por un uso discrecional de esta institución a favor del partido o candidato gobernante de ese entonces: el MNR y, en algunos momentos, alguno que otro dictador.

La segunda va desde 1985 hasta 1991, donde el control de los partidos sobre los vocales era tan obvio que terminó rápidamente en una crisis de legitimidad que condujo a la tercera etapa.

Esta tercera viene desde 1991 hasta 2009. En ella la CNE arranca con un alto nivel de legitimidad, producto de un pacto político entre los principales partidos de aquellos tiempos que institucionalizaron la imparcialidad y la independencia de este árbitro electoral como norma en el juego político. Esta legitimidad comenzó a decaer a medida que el sistema de partidos y el propio Estado perdían legitimidad ante el agotamiento de un modelo político conocido como “democracia pactada” y un modelo económico llamado “neoliberal”.

La cuarta etapa, para Romero, era demasiado reciente como para ser evaluada. No obstante, ya han pasado algunos años desde la publicación de su ensayo y solamente con un lustro de vida, la CNE –ahora TSE– ha perdido legitimidad ante los bolivianos. Se trató de una etapa más bien corta, en la que existen claros y oscuros, pero que terminó con la renuncia de todos sus vocales hace apenas un par de meses.

Con la elección de los nuevos vocales estaríamos entrando a una quinta etapa en la vida del organismo, etapa que comienza con el reto de recuperar su legitimidad.

Así, lo que los bolivianos conocemos como democracia, es lo opuesto a lo que algunos llaman autoritarismo o totalitarismo. Estas tres palabras son, en realidad, regímenes políticos, es decir, un conjunto de instituciones formales e informales que regulan el acceso y el ejercicio del poder.

Y si un régimen político es un conjunto de instituciones, está claro que el TSE tiene un papel central en la definición del tipo de régimen que se intenta construir. Por todo esto, es necesario replantearnos no sólo los alcances y los límites que tiene esta entidad, sino el contenido político, discursivo y epistemológico que tiene la palabra democracia.

Ahora bien, a diferencia de 1991, la democracia liberal ha dejado de ser el único modelo de democracia existente o deseable, pero comprende conquistas a las que ningún boliviano está dispuesto a renunciar, como una gama de derechos políticos que parecen ser más importantes hoy que antes, en vista de los altos niveles de participación política de nuestra sociedad, expresados en una mayor cantidad de procesos electorales.

Aunque los bolivianos nos hayamos propuesto la construcción de un nuevo modelo de democracia llamado democracia intercultural, debemos tomar en cuenta que algunos elementos de la desprestigiada democracia liberal aún son necesarios si queremos coexistir en un ambiente pacífico de competencia política.

Festejamos la inauguración de esta nueva etapa del TSE y saludamos a sus nuevos vocales, sobre los cuales ahora pesa la responsabilidad de darle un nuevo rostro a esta institución.

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