noviembre 26, 2020

Fluctuaciones cambiarias: Durmiendo en medio de elefantes borrachos

por: H. Ernesto Sheriff B.

La bonanza de la economía boliviana fue sinónimo de crisis para la mayoría de sus industrias, particularmente las que se enfrentan cotidianamente al contrabando y al producto chino

La economía boliviana ha sido caracterizada como una economía pequeña, exportadora de materias primas, sin poder de fijar precios en ninguno de los mercados donde exporta; sus flujos financieros no afectan la economía mundial, ni siquiera las economías vecinas. Su industria es importadora de la mayoría de sus insumos y no tiene un peso tecnológico que le permita competir con ningún tipo de producto importado. Fue caracterizada así en el pasado y a pesar de lo avanzado, dichas etiquetas siguen siendo descriptivas del tipo de economía en la cual nos desenvolvemos.

Pobres, al fin

Las economías sudamericanas han pasado en su mayoría a pertenecer al mundo de los estados emergentes. Muchas de ellas, como Chile, Uruguay, Brasil y Argentina, pertenecen a ese club desde hace más de 30 años en tanto que Perú y Colombia ingresaron en este milenio gracias a tasas de crecimiento de sus economías superiores al 8% por varios años consecutivos. Paraguay en los últimos tres años ha mostrado fuertes tasas de crecimiento pero su desempeño –partiendo de un fondo de piso ocasionado por el gobierno de Lugo– era promisorio con un mejor gobierno. Bolivia, caracterizada según el párrafo anterior, sigue siendo el vecino pobre de estos países, menos pobre que antes, pero pobre al fin, con todo lo que ello significa macroeconómicamente.

Sumados estos países a los socios ricos de Bolivia (Estados Unidos, Europa y China –en ese orden–) las incertidumbres macroeconómicas bolivianas dependen de no más de una decena de economías que en su conjunto explican más del 80% de sus exportaciones. Esa es una primera ventaja de ser pequeños. A pesar de ello, estos pocos socios han mostrado en las últimas semanas comportamientos macroeconómicos que están empezando a mostrar sus efectos en la economía boliviana, particularmente en su incipiente y poco competitiva industria.

Las crisis mundiales

Las grandes crisis mundiales tienen mecanismos de transmisión menos violentos para Bolivia que para el resto de las economías emergentes y la explicación es sencilla y simple desde inicios de la historia boliviana: los flujos financieros de corto plazo no ingresan al país y por tanto no afectan sus finanzas de corto plazo.

En la crisis de 1974, 1980, 1987, 1997 y 2008 la economía se comportó mejor que la de sus vecinos y el mérito no es de los gobiernos de turno, simplemente de nuestro aislamiento financiero. Sin embargo, nuestro aletargamiento posterior es sistemáticamente más largo que nuestros vecinos, es decir, las crisis nos afectan menos pero tardamos más tiempo en recuperarnos.

En los auges de 1978, 1986 y 2005 nuestra economía empezaba a despegar cuando la bonanza ya terminaba, eso explica por qué cada vez nuestro PIB per cápita se va alejando del de Corea, Indonesia, Singapur y Chile, sin ir más lejos. El sostén de la economía boliviana es en última instancia el sendero de largo plazo del precio de las materias primas que exporta, no las fluctuaciones de los mismos. En tanto la tendencia de los precios no se altere, la economía sobrevive, respira. Si los precios caen transitoriamente tanto los gobiernos como los agentes nacionales se han dado modos de soportar el temporal; cuando su tendencia negativa dura demasiado tiempo los colapsos son inevitables, las experiencias de 1938, 1956, 1985 son claro ejemplo de ello. Por lo tanto, en una situación como la presente, la esperanza, meta, anhelo, es que los precios vuelvan a su tendencia en un lapso razonable de tiempo; donde ese lapso es una variable endógena a la situación financiera antes del shock. Hay evidencia abundante que la posición financiera del país para la actual coyuntura es más que cómoda. Habría un blindaje estructural y uno financiero para la presente crisis, sin embargo, hay otro factor que siempre nos sumergió en la incertidumbre: nuestros socios comerciales.

Las afectaciones

La gran perdedora en una economía pequeña y extractivista siempre es la industria.

En épocas de bonanza en precios de materias primas el tipo de cambio real se aprecia por la abundancia de divisas, los insumos se encarecen, pero, también, aumenta el poder de compra de los consumidores, no obstante usualmente ese aumento se desvía a bienes importados y de lujo que con la apreciación cambiaria se abaratan; aún en tiempos de bonanza las industrias por tanto enfrentan dificultades en su competitividad aún cuando los vecinos no toquen su tipo de cambio.

En estos últimos diez años la presencia de productos chinos y del contrabando ha sido constantemente un argumento de las industrias para explicar su pobre desempeño, su escaso cumplimiento de las normas laborales, su baja o inexistente tributación, y la tendencia negativa en sus ventas y rentabilidad.

En realidad, con un tipo de cambio real apreciado y unas fronteras donde impera todo menos la Ley, el contrabando se convierte en una industria, con segmentación de mercados, con flujos financieros propios, mucho más poderoso que toda la industria manufacturera. A su vez, el producto chino ingresando incluso legalmente llega a precios bajos en todos los rubros, desde los alimentos hasta la maquinaria.

Los bajos precios chinos estuvieron asociados a dos factores: el bajísimo costo de su mano de obra y su tipo de cambio fijado para subsidiar casi cualquier exportación; también se habla de subfacturación en origen.

En el caso boliviano el costo labor ha subido en 36% en términos reales, no sólo por el famoso segundo aguinaldo sino también por las alzas en el salario mínimo y en las prestaciones sociales, y, el tipo de cambio se ha apreciado en 14% en términos nominales y en 23% en términos reales.

En términos financieros la bonanza de la economía boliviana fue sinónimo de crisis para la mayoría de las industrias bolivianas, particularmente las que se enfrentan cotidianamente al contrabando y al producto chino. La industria textil y la industria de artículos de cuero son claros ejemplos de esto.

En situaciones de crisis, el blindaje estructural y el blindaje financiero protegen al consumidor promedio pero, aunque el gobierno lance un ambicioso programa de gasto e inversión, un alto porcentaje del mismo se desvía a maquinaria y bienes importados, en el mejor de los casos a las empresas constructoras, el efecto multiplicador es residual para las industrias. La menor liquidez y los menores ingresos afectan el poder de compra de los consumidores pero lo peor proviene del efecto de las crisis sobre los socios comerciales, particularmente los vecinos.

Socios y vecinos

Las economías emergentes que nos rodean recibieron grandes cantidades de capital financiero de corto plazo en los auges, provocando el mismo rezago cambiario que la bonanza de materias primas produjo en nuestra economía. Por lo tanto, los tipos de cambio reales bilaterales no se movieron de manera significativa, solamente la congruencia de sus políticas industriales arrojaban productos cada vez más baratos o más sofisticados que superan en competitividad a los bolivianos. Con todo, al sobrevenir la crisis mundial, los fondos escapan de estos países afectando seriamente sus flujos de divisas obligando a sus bancos centrales a devaluar sus monedas. Eso fue lo que pasó en las últimas semanas cuando la fortaleza del dólar determinó que grandes inversiones en países emergentes vuelvan a Estados Unidos que finalmente salió del largo letargo ocasionado por las administraciones republicanas alcanzando el pleno empleo hace pocos meses.

Inserta plenamente en el mercado mundial financiero y de bienes, China no es ajena a estos movimientos y se vio obligada también a devaluar su moneda esta semana, es decir, haciendo aún más competitivos sus ya baratos productos de exportación.

Los movimientos cambiarios de nuestros socios afectan la industria de manera directa. Los mercados fronterizos se colman de productos extranjeros, proliferan los alimentos, los textiles, los electrodomésticos. Las fronteras con Brasil, Perú, Argentina y Chile se encuentran ahora abarrotadas de productos de esos países listos para ingresar a Bolivia, de contrabando preferiblemente, pero legalmente también es rentable dado el tipo de cambio devaluado de dichos países. Bolivia no necesita devaluar porque los dólares no están escapando de Bolivia, pero su industria ha perdido competitividad por las devaluaciones de los vecinos. La devaluación china aumentará pimienta al caldo de cultivo de una crisis productiva en el mediano plazo.

Destacan dos socios incómodos para el país: Argentina y Brasil. En realidad si alguna vez la macroeconomía colapsó fue por el efecto de estos países en el nuestro. Por eso algún político noventero dijo alguna vez que vivir entre Brasil y Argentina es como dormir en medio de dos elefantes borrachos.

El colapso argentino empezó hace poco más de un año con fuertes oscilaciones del tipo de cambio llegando a existir una brecha entre oficial y paralelo de casi 80% en determinados días. La caída sostenida del precio de la soja y del trigo determinó que el país vecino ingrese en una crisis productiva además de la macroeconómica. Se resiste a devaluar porque las expectativas están sobrecalentadas, pero cuando lo haga seguramente lo hará con ribetes de espectacularidad, dignos de una crónica macroeconómica.

Brasil ha devaluado de manera ordenada –no traumática– y el pequeño flujo “hacia” ahora es un masivo flujo “desde”. La crisis política que se avecina y la posición que tomará respecto a la devaluación china serán determinantes para Bolivia, independientemente de lo que vaya a suceder con sus compras de gas. La recesión de 1998 se originó especialmente por el efecto de la crisis asiática en Brasil y Argentina. Nuestros ministerios deberían contar con equipos de monitoreo de estas dos economías porque un estornudo de ellos será un huracán para nosotros, y contra eso no hay blindaje que nos proteja. A modo de broma, los economistas decimos que en Brasil hasta su pasado es incierto, así de inestable ha sido dicha economía.

Prospectiva industrial

Los retos de política pública en relación a la industria son bastante exigentes. Mientras en lo macroeconómico no hay elementos que vayan a obligar a tocar variables sensibles como el tipo de cambio, los ministerios sectoriales deberían pensar en qué hacer con una industria colocada al borde del colapso en un tiempo tan corto como las semanas que pasaron este año.

Para contrarrestar el efecto devaluatorio de los países socios la respuesta es bajar el costo boliviano aún cuando la industria en cuestión no sea exportadora.

El costo boliviano está conformado por materias primas de origen boliviano, mano de obra boliviana, maquinaria boliviana, servicios bolivianos, costos financieros bolivianos, impuestos bolivianos y tipo de cambio. En manos de la política pública hay pocas variables de control: el tipo de cambio y los impuestos y, dado nuestro modelo, los salarios. Estas tres variables NO pueden ser tocadas de acuerdo a los instructivos macroeconómicos, por lo tanto la industria está expuesta.

Bajar impuestos a un sector que casi en un 50% no tributa no afectaría al mismo, especialmente al más vulnerable que casi nunca paga impuestos.

Una devaluación tendría más costos macroeconómicos que beneficios sectoriales en las industrias sensibles al tipo de cambio boliviano. Sólo queda el costo labor, el segundo aguinaldo, el salario mínimo, el aumento salarial 2016; estas variables de ser afectadas tendrían altos costos políticos. Muerto el burro tranca al corral, son algunas de las medidas propuestas por los ministerios sectoriales al anunciar con altoparlantes una nueva política productiva, unos megaproyectos espectaculares.

Tanto una nueva política como el emprendimiento de grandes proyectos (de los cuales no estoy convencido de su rentabilidad social ni siquiera económica) requiere tiempo de maduración; se debió haber hecho eso en el primer año de gobierno, como mucho el año 2009. Ahora hay productos peruanos, chilenos, argentinos y brasileros en nuestras fronteras; la devaluación china ejercerá mayor presión en dichos países; se necesitan respuestas para ayer y nos anuncian planes para dentro de cinco años. Paraguay está exportando carne a Ecuador; ya ha iniciado producción de automotores, entre otros emprendimientos; son resultados concretos, son proyectos pensados hace cinco años o más, materializados en los dos últimos. También necesitamos concreciones.


* Economista y docente de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).

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