diciembre 2, 2020

Viernes

por: Piedad Bonnett

Los viernes en esta casa no pasa nada. En la mañana hay ruidos domésticos, un trasegar cansado, con suerte un hilito de sol sobre las alcobas, hacia el mediodía un tenue olor a verduras que se cocinan lentamente. Y enseguida la tarde se abre como una realidad conocida que sin embargo contiene una amenaza. Entonces yo me dispongo para ella como quien pone un mantel de cuadros y platos enormes y copas y se sienta a esperar con el corazón palpitante. Debería poner música para animar estas tardes muertas, pero tengo miedo de que las voces de mis cantantes preferidos se me suban a la cabeza, me emborrachen y me pongan a llorar a mares.

Prefiero buscar oficio, como decía mi madre, hacer palitos con tinta sobre un papel infinito que no termina de desenrollarse, como en las pesadillas, o tejer y destejer con fino cuidado, como Penélope. Es entonces que un zumbido de sierra metálica se introduce en mi tarde, la va partiendo con firmeza, delicadamente, como a un tronco que va dejando expuestos sus anillos. Y prendido de aquel sonido que no está hecho para los martes o los jueves, llega a deshoras el comensal de mis viernes, siempre empapado aunque afuera haga ese sol estruendoso, impúdico, de los viernes. Llega sigilosamente, como llegó siempre, y triste, triste. Yo quisiera quitarle el abrigo, encender la chimenea, pasar mi mano por su pelo mojado, limpiar su sudor y sus lágrimas, pero sigo haciendo palitos, tejiendo horas, cuidando mi tarde como un pájaro hembra de alas enormes que vigila su nido, porque debo evitar su mirada si no quiero caer hondo, muy hondo.


* Tomado de Revista Casa de las Américas nº 279.

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