abril 11, 2021

Leer hoy el 27 de mayo de 1812

La proximidad de la celebración de un nuevo 27 de mayo de 1812, debería renovar la posibilidad de entender lo que realmente pasó en aquell os trágicos días y de auscultar las luces que, desde el pasado, pudieran proporcionarnos.

Una novela

Como es suficientemente sabido, por décadas la principal fuente y referencia sobre la confrontación en la Coronilla de Cochabamba es Nataniel Aguirre y su obra Juan de la Rosa. Liberal y federalista, Aguirre la editó en 1885, cuando aún el fragor de los disparos en la costa del Pacífico no se apagaba. Convencidos como estamos de que Aguirre escribió la novela, no vamos a inmiscuirnos (por ahora) en el debate sobre su autoría. Lo importante es más bien establecer sobre qué bases documentales construyó Aguirre su narrativa. Fueron —sostenemos— testimoniales y orales en gran parte.

Dado el impacto que causó el ingreso de las tropas invasoras al mando de José Manuel de Goyeneche, a la entonces “Ciudad de Oropesa en el valle de Cochabamba”, es muy probable que aquellos hechos, como todo drama, estuvieran permanentemente presentes en la memoria colectiva. Cuando Aguirre emprendió la tarea de rememorar, se hablaba de lo ocurrido en 1812 en las tertulias familiares. De aquellas palabras abrevó el autor como lo reconoce en su obra. E incluso se guió del texto de historia —aún inédito— de su progenitor Manuel María, que niño aún (al igual que Juanito, el personaje central de la novela), presenció el combate de las mujeres cochabambinas (pero también varones) contra las fuerzas del ejército peruano, a la cabeza del arequipeño y criollo americano Juan Manuel de Goyeneche.

Sin embargo, aparte de la rica y atrayente estructura ficcional propia de la novela, Aguirre estaba impelido de construir una retórica que sustentara la identidad cochabambina en momentos de disputa entre las regiones por la hegemonía política en el país. De ahí, que más que precisar quería construir una lección cívica; más que hablar del pasado en sí mismo, quería usarlo para proyectar el porvenir. Además carecía de fuentes fidedignas, que hoy están disponibles para el historiador. Para mencionar solamente tres de ellas, que son imprescindibles: El parte oficial del propio Goyeneche, con pormenores de la batalla, el informe del cartógrafo militar Javier Mendizábal testigo de la batalla y autor de un plano de la disposición de fuerzas. Finalmente el relato de Francisco Turpín, integrante de las tropas del Regimiento No. 6 del Ejército Auxiliar del Río de La Plata, apostado en Cochabamba. Él estuvo en aquella crucial tarde del miércoles 27 en la colina de San Sebastián. Habla, por tanto, desde su experiencia vivencial.

¿Cambian estos (y otros) testimonios lo narrado por Aguirre en 1885? No totalmente, porque la batalla y el sacrificio ocurrieron en efecto. La matanza de las mujeres y la ejecución de varios líderes cochabambinos también. Pero los documentos aludidos presentan una dinámica muy nueva de lo acontecido y del carácter del conflicto y la protesta, lo que obliga a repensar los actores sociales involucrados en la batalla y las motivaciones de las mujeres. Incluso invita a releer los nombres de los personajes reiteradamente nombrados como sus protagonistas centrales.

Morir matando

Es ya tiempo y oportunidad para reescribir la historia o simplemente y limitar, sino abandonar para festividades cívicas, desfiles, canciones y películas que opacan a las mujeres de habla quechua que protagonizaron la resistencia de mayo de 1812, merecen que se las recuerde con su propia voz, aquella con la que se enfrentaron a sus adversarios. Cuando el velo se descorra, se verá que en este caso, como en muchos otros, la trama de la realidad es más compleja y rica que la imaginación de la simbólica novela de Aguirre.

¿Qué ocurrió aquel día 27 de mayo de 1812? Los datos disponibles permiten señalar que ante la proximidad de las tropas de Goyeneche procedentes del sur de Perú las elites de Cochabamba abandonaron en su mayoría la lucha o fugaron o se refugiaron con sus riquezas en los conventos de San Francisco o de San Agustín, hoy desaparecido y en cuyo lugar se erige la Gobernación y el Consejo Municipal. La deserción produjo una vacancia de poder y liderazgo que fue ocupado por la plebe, que la noche del 26 atacó la casa de los encumbrados de la ciudad. Al día siguiente la misma muchedumbre, compuesta en la mayoría por mujeres de pollera y rebozos tomaron el cuartel y se apoderaron de las armas allí depositadas. Si no había hombres, estaban las mujeres del pueblo. En las rugientes filas y al grito de “Morir matando” marchaban chicheras, mañazas, tejedoras o amas de casa, además de indígenas que buscaron refugio en la ciudad. Ellas subieron hasta el simbólico y estratégico cerro de la Coronilla, donde fueron batidas primero por los cañones de Goyeneche y luego por su infantería. La ciudad fue luego saqueada, y las mujeres atropelladas, violadas y muertas.

¿Por qué se resistieron aun sabiendo la superioridad de su adversario? Para preservar la integridad de sus cuerpos, en duda. Pero también porque lo que llamamos Guerra de la Independencia fue en verdad una conflagración social y una intensa lucha por el poder y su sentidos librada no solamente con los “Tabla casacas” o españoles, sino entre los diferentes grupos sociales y étnicos de la Audiencia de Charcas. Las mujeres carecían en su seno de todo poder y derechos jurídicos; por tanto al tomar las calles de Cochabamba en 1812 reivindicaban, hasta el punto de exponer sus vidas, el derecho a decidir qué hacer con sus vidas y su ciudad.

Has pasado más de dos siglos de los acontecimientos de 1812, y la memoria registra aun este sacrificio de las mujeres de origen indígena y plebeyo, que sin embargo no fue reconocido en la primera constitución de 1826. No fue hasta 1952, cuando el sector femenino obtuvo el derecho de ciudadanía política y no fue hasta la Constitución del 2009, cuando sus derechos y su presencia, en base a las demandas de los movimientos de mujeres y de las luchadoras feministas, comenzaron a expandirse. La propia representación femenina creció en los espacios políticos tal y como, en un suerte de esbozo, había sido exigido en 1812. Espacios que ya no están ahora ocupados solamente por las elites blancas, sino que pertenecen a las mismas mujeres de “bajo pueblo” que cruzaron aguerridas las calles en 1812.

La historia no da lecciones, n juzga ni condena, pero sin duda en la Bolivia de hoy, lo que ocurrió en 1812, cuando fueron las despreciadas mujeres de “baja esfera”, en despectivo término de las elites blancas, muestra que la construcción de un sentido de patria, aunque diferente en su estructura y lenguaje político al de hacendados y poderosos, se incubaban fuertemente entre la plebe urbana y el sector indígena, al final de cuentas el sector más enconado defensor de sus derechos, su territorio y su identidad.

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