Por José Galindo *-.
Irónicamente, lo que parece estar logrando la administración Trump es acelerar la metamorfosis del sistema político estadounidense, que está pasando de ser una democracia liberal representativa, con sus defectos y virtudes, a una verdadera oligarquía difícil de clasificar dentro de las formas de gobierno conocidas hasta ahora en el mundo desarrollado. Cuba, por lo demás, sigue igual, y lo poco que ha cambiado ha sido por iniciativa propia, más que por presión extranjera de ningún tipo. Los cubanos estrenan una nueva constitución por la que votaron, pero los estadounidenses se preguntan por las acciones de un gobierno que ya no los representa.
Aplicar el Artículo III de la Ley Helms Burton para agudizar el embargo comercial que EE.UU. ha impuesto sobre Cuba es contraproducente si lo que se desea es impulsar un cambio de régimen político en la isla; podría, hasta cierto punto, golpear a la economía cubana que, por lo demás, ya está acostumbrada a resistir las embestidas estadounidenses desde hace décadas, pero a un costo político y diplomático que obligan a preguntarnos si lo que persigue Washington fue reflexionado de alguna forma o es más un impulso casi emocional por parte de un circulo muy cerrado dentro de la Casa Blanca.
Irónicamente, lo que parece estar logrando la administración Trump es acelerar la metamorfosis del sistema político estadounidense, que está pasando de ser una democracia liberal representativa, con sus defectos y virtudes, a una verdadera oligarquía difícil de clasificar dentro de las formas de gobierno conocidas hasta ahora en el mundo desarrollado.
Sobra decirlo. No se preguntó a nadie, fuera del poderoso lobby cubano americano, por la aplicación de esta medida. Tampoco se reflexionó sobre sus potenciales consecuencias dentro y fuera de los EE.UU. Ni siquiera sobre el verdadero impacto que tendría sobre la isla de Cuba, su gobierno y su pueblo.
¿QUÉ SE QUERÍA LOGRAR?
Si lo que se quería era provocar miedo, este resultado se alcanzó muy limitadamente, puesto que la respuesta del gobierno cubano fue pronta y contundente: “El gobierno Revolucionario rechaza en los términos más enérgicos la decisión de permitir en lo adelante que se tome acción en tribunales estadounidenses ante demandas judiciales contra entidades cubanas y extranjeras fuera de la jurisdicción de los Estados Unidos…” se leía en un pronto comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba.
Si lo que se quería lograr era enojo los resultados fueron mayores, pero no de la forma que inicialmente se pretendía lograrlo: hubo enojo en Cuba, sí, que simplemente reforzó las posturas antimperialistas de su gobierno y su propia ciudadanía ante lo que se percibió no como un ataque a su clase política sino a todo un pueblo. Pero este enojo fue pasajero, templado rápidamente por la firmeza de sus autoridades.
Si lo que se quería lograr era incertidumbre y ansiedad, se pude decir que sí se lo logró, pero en vez de provocar eso sobre los cubanos, lo que en realidad hizo John Bolton fue erizar los pelos de inversores europeos y canadienses que rápidamente reaccionaron en defensa de sus inversionistas que apostaron por colocar sus capitales en Cuba. Con diferentes autoridades, tanto de la Unión Europea como de Canadá advirtiendo con seguras represiones dentro de sus territorios como en la Organización Mundial del Comercio. Es decir, si EE.UU. decidía abrir juicios contra inversionistas europeos y canadienses en su territorio por invertir en supuestas propiedades arrebatadas por la Revolución de 1959; entonces los afectados también responderían en la misma dirección:
“Si una cadena de hoteles estadounidense (…) reclama [compensación] a una cadena europea ante tribunales de EE.UU. (…), la europea podría reclamar la misma compensación a la estadounidense ante un tribunal europeo”, fue la advertencia hecha por la vicepresidenta de la Comisión Europea y alta representante de Política Exterior de la UE, Federica Mogherini, y por la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström, de acuerdo a una nota digital del diario español, El País.
Resultado: se alieno a los aliados, aunque sea por un instante, en vez de aislar a Cuba, que por lo demás se puso tan terca como siempre ante las aspiraciones imperiales de Washington. Se incomodó no sólo a inversores europeos y canadienses, sino a propios estadounidenses con intereses en Europa. Nada se movió dentro de la isla, indiferente o por lo menos no sorprendida.
LA DECEPCIÓN DIPLOMÁTICA CON TRUMP
“Poniendo de cabeza el iluminado interés propio que animó mucho de la política exterior de los EE.UU. durante casi 70 años, la administración Trump se ha valido de poses musculares y afirmaciones libres de hechos que enmascaran un patrón de retirada. En sucesión rápida, se abandonó los acuerdos de París sobre el clima, el acuerdo nuclear con Irán, la Alianza Trans Pacífico, y otros tantos compromisos internacionales. (…) Tomada como un todo, el enfoque de Trump es más que un impulso; es una visión del mundo distintivamente hobbesiana. Pero no podría estar más lejos de asemejarse a una estrategia”.
Estas observaciones, transparentes en su frustración respecto a la política internacional del gobierno de Donald Trump, fueron escritas por William J. Burns, diplomático de carrera y colaborador recurrente de la famosa revista estadounidense sobre política exterior Foreign Affairs. No son palabras de un político partidista en competencia con Trump o los republicanos, ni tampoco las de un izquierdista radical que participa en protestas frente a la Casa Blanca, sino de un experimentado hombre de Estado que tiene primero y ante todo los intereses de los EE.UU. Es como si la actual administración estadounidense decepcionara más que irritar a lo más experimentado de su diplomacia. De hecho, el artículo de donde extraemos estas líneas titula: “El Arte Perdido de la Diplomacia Americana”. En pocas palabras, habla acerca de cómo los EE.UU. están desaprovechando su aún vigente lugar como potencia mundial más influyente del planeta para liderar los rumbos de la humanidad, en un contexto mucho menos favorable que el que le siguió a la Guerra Fría.
“A este paso no sólo dejaremos de ser temidos, sino que hasta dejaremos de ser respetados”, parece ser el mensaje implícito de este autor, que parte de una visión clásica de los EE.UU.: aquella que sostiene que son el pueblo elegido para liderar al resto del mundo hacia tiempos mejores, expresando lo mejor de su tradición republicana y contagiando su forma de gobierno como la más civilizada que ha producido la humanidad. Diríamos, un demócrata convencido. Trump, por otra parte, no es un demócrata convencido, y puede que no sea siquiera un demócrata de palabra y nada más. Y ahí está la cuestión central de nuestra reflexión del día: no es Cuba la que está en peligro, sino los EE.UU.
Si bien Cuba no atraviesa por sus mejores días, está lejos de volver a sus peores: el año pasado recibieron más de 1,5 billones de dólares en inversión extranjera, que se destinó en su mayor parte a joint ventures en turismo y construcción; también, hasta 2016, tuvieron más de 3 millones de turistas, la mayoría europeos y canadienses; y tienen un PIB nominal que duplica a algunos países de la región latinoamericana, como Bolivia y Paraguay. Todos estos datos fácilmente ubicables en Wikipedia o Prensa Latina.
EE.UU., por otra parte, si parece estar atravesando sus peores días, al menos para una potencia que hasta hace poco era incontestable desde todo punto de vista y toda dimensión, sea esta militar, económica, diplomática, científica y hasta artística o cultural. Ahora se muestran claramente inseguros frente a la emergencia de potencias como China o Rusia, que compiten con ellos en términos militares y económicos; sufren de niveles cada vez mayores de desafección política por parte de sus ciudadanos, que ya no votan ni confían en sus representantes; y lo que es peor, aún con todos sus defectos, los EE.UU. fueron en algún momento una democracia representativa lejos de ser el mejor ejemplo para el mundo, pero sí una democracia consolidada en términos liberales. Ahora, por la forma de elegir a sus autoridades, por la forma en la que se toman las decisiones, por el propio origen de sus políticos y por la distribución de su riqueza, los EE.UU. están pasando a convertirse en una oligarquía de nuevo tipo, más difícil de clasificar que los gobiernos que ellos designan con nombres como “Estado fallido” o “Democracia Híbrida”.
Es una observación que ya se hizo antes: la más reciente, por ejemplo, viene de un reconocido politólogo estadounidense, Jeffrey A. Winters, que ya desde 2011 advertía que EE.UU. se estaba convirtiendo en una oligarquía. En la introducción de uno de sus reportes de investigación más visitados en la Web, el autor inicia:
“Exploramos la posibilidad de que el sistema político estadounidense puede ser caracterizado útilmente como una oligarquía. Usamos una definición basada en los hechos tomada de Aristóteles, argumentando que una oligarquía no es inconsistente con la democracia; las oligarquías no necesitan ocupar oficinas formales o conspirar juntas, ni siquiera tiene que involucrarse activamente en política en orden de prevalecer; argumentamos que una gran riqueza puede proveer tanto los recursos como la motivación para ejercer una potente influencia política”, dice el resumen de Oligarchy in the United States.
Ya antes, académicos como sociólogos y académicos como Charles Wright Mills advirtieron con la concentración de poder en círculos empresariales, militares y eclesiásticos en los EE.UU., pero cuando se lo hizo, en las décadas de los 60s y 70s, éste país recién salía de la Segundo Guerra Mundial con altos niveles de legitimidad interna e internacional. Ahora, la situación es otra y vale la pena preguntarse cuanto más puede degenerarse internamente su sistema político. No debe olvidarse, por otro lado, que aún con sus defectos, la democracia liberal y el liberalismo político son concepciones filosóficas que enriquecieron mucho a nuestras sociedades con ideas como libertad individual, derechos humanos, multilateralismo, libertad de prensa, libertad religiosa, libertad a secas, convivencia pacífica entre naciones, y otras que aunque no siempre se aplicaron, valen la pena para ser rescatadas. ¿Tendremos que salvar al liberalismo de los propios EE.UU.? Esperemos que no.
* Politólogo.

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