En octubre de 1982, concluyó el ciclo de gobiernos militares, que con distintos signos políticos, gobernó Bolivia desde la caída del MNR en noviembre de 1964. El pretorianismo castrense, principalmente bajo el mando de Banzer y García Meza, se caracterizó por la violación de los derechos humanos.
El retorno a la democracia, y la construcción de un espacio basado en un régimen de derecho, de instituciones y de partidos políticos, supuso un cambio importante. Pues, salvo incidentes aislados, permitió la participación ciudadana, bajo reglas aceptadas y sin temor a represalias. Ello permitió crear un mínimo y necesario espacio de convivencia para resolver divergencias por la vía del voto y el consenso y permitió ampliar el ámbito público con nuevas demandas.
Tras sucesivas reformas fruto de pactos políticos y exigencias de la sociedad civil, la participación ciudadana se amplió intentando acercar a la gente y sus representantes. La Participación Popular de 1994, la elección por circunscripciones uninominales, aplicadas desde 1997 o la propia Asamblea Constituyente (2006-2008), permitieron, cada una a su modo, la incorporación de nuevos actores políticos, tradicionalmente excluidos. Como dice Moira Suazo, la política, y por extensión la democracia, se “ruralizó” al desplazar al personal de clase media y alta que condujo al transición política.
Aunque las señales estaban presentes desde el 2000 y la Guerra del Agua, la “democracia y gobernabilidad pactada” que giraba en torno a los partidos tradicionales, entró en crisis el 2003. La convicción entre sectores populares, de que no se sentían representados por estas entidades, llevó a un cambio de dimensiones insospechadas, pues el sistema político se recompuso de raíz. No se desmontó, como no pocos temían, la separación de poderes ni la legalidad republicana, presentes desde 1826. Pero se introdujo en la nueva Constitución, el reconocimiento de otras formas de democracia comunitaria, distintas a la tradición liberal-representativa, además de la paridad de la participación femenina, lo que constituye un avance importante.
La democracia, con todos sus dilemas y paradojas, es una condición básica para la existencia de una nación y un Estado en Bolivia, pero no es simplemente el ejercicio de voto cada cierto tiempo. Su construcción, nunca está acabada, supone instituciones confiables capaces de articular demandas y la diversidad, empapados de responsabilidad frente a sus mandantes. Pero exige sobre todo una ciudadanía activa y participativa, consciente de sus derechos y también de sus deberes.
* El autor es historiador

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