octubre 30, 2020

Apuntes sobre patriarcado y colonialidad

Si vamos a adentrarnos en un debate sobre “despatriarcalización”, es necesario que tratemos de comprender de qué estamos hablando.

Aristóteles sostiene en  “La Política” (cf. I.iv) que la administración de la familia descansa en tres clases de poder: el del señor sobre los esclavos, el del esposo sobre la mujer y el del padre sobre los hijos. Esta afirmación se sostiene en su proposición de que “hay, por efecto natural y para conservación de las especies, un ser que manda y otro que obedece; el que por su inteligencia es capaz de previsión, este tiene naturalmente la autoridad y el mando…”  (ibid. I.i.)

Pues bien, cuando hablamos de patriarcado nos estamos refiriendo precisamente a eso, al principio que sostiene que los varones, por condición “natural”, están dotados de lo que se requiere para asumir el mando sobre los demás. Este principio, que se sostuvo casi sin objeciones durante siglos con la aquiescencia de las religiones, de los filósofos, de los políticos, constituye un fundamento sustancial de las relaciones de poder. Y, aunque hoy se lo pone en cuestionamiento, se mantiene vigente también en la sociedad que habitamos.

El argumento se desliza hacia el abismo cuando se trata de pasar de lo general a lo particular ¿todos “los hombres”? Pues no, no todos los hombres tendrían ese atributo. Cuando de relaciones de poder se trata unos aparecen “mejor dotados” que otros. Así, por ejemplo, en las relaciones coloniales, los colonizadores se atribuyen mayor y mejor capacidad de ejercicio del poder que los colonizados, quienes terminan sometidos a la autoridad de los primeros.

Sin embargo, a los varones adultos siempre les queda un espacio donde, pese a su propio sometimiento, les está permitido ejercer ese “don natural”: su propio hogar. Ahí no cabe lugar a discusión, el “padre de familia” es “por naturaleza” “el jefe de familia”, aquel por quien pasan –en última instancia– todas las decisiones, desde las más cotidianas y domésticas, hasta las más trascendentales. Se trata, entonces, de una rol que funda, estructura y constituye las relaciones entre hombres y mujeres, y eso es precisamente lo que el feminismo denuncia y combate hace más de un siglo.

Mi referencia a las relaciones coloniales está planteada a propósito de un debate que se viene sosteniendo desde algún tiempo atrás: ¿es, en verdad, el patriarcado una “lacra colonial”? Hay quienes sostienen que “en el principio”, es decir en el “paraíso pre-colonial” no existía patriarcado sino una relación de complementariedad entre lo femenino y lo masculino, léase entre hombres y mujeres. Como prueba de esta afirmación suelen recurrir a textos y gráficos de Guamán Poma de Ayala, haciendo la vista gorda sobre otros textos y gráficos del mismo autor que muestran todo lo contrario.

Si ello fuera cierto, dura tarea la que toca a los responsables del propósito mayor de este “proceso de cambio” –la descolonización–. Ante todo está la tarea de desandar la historia para imaginar y proponer un mundo donde, para “vivir bien”, sea posible barrer de nuestra sociedad todas las secuelas del colonialismo –entre ellas el racismo y la discriminación– y, en ese camino, desmontar las relaciones de poder construidas desde el patriarcado. Es decir, en esta lógica está impresa la promesa de que la descolonización traerá aparejada la “despatriarcalización” porque simplemente ésta es consecuencia de la anterior, ergo, si desaparece la causa desaparece la consecuencia.

Desde mi punto de vista, esto no será posible porque en ello existe una lógica causal insostenible, ya que existe evidencia cierta de que las sociedades que habitaron estos territorios antes de la llegada de los ibéricos, fueron también sociedades patriarcales, sociedades donde las mujeres estuvieron sometidas al poder masculino. He ahí el fondo del debate que estamos emprendiendo desde estas páginas.

*Psicóloga Social, con estudios de Maestría en Filosofía y Ciencia Política

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