octubre 27, 2020

De la economía comunitaria al socialismo hay mucho trecho

Si algo enseñó Marx con perfecta claridad fue que se debe luchar denodadamente contra las concepciones idealistas. Criticó dialécticamente a los socialistas utópicos precisamente por esta razón, o sea, rescato parte de su pensamiento y desdeño otra. Entre lo que tomó se encuentra la posibilidad que el ser humano tiene de transformar la realidad social pero no como pensaban los utópicos. Estos partían de una imagen preconcebida, sujeta a ser transformada a voluntad y paciencia de los que la diseñaron la forma de hacerlo.

Marx enseño que la transformación de la sociedad es posible pero debe fundamentarse en el conocimiento científico de la realidad, la cual no está en función de los deseos y caprichos de los que la desean modificar. Exigía conocer las leyes científicas que regían esa realidad y, a partir de este conocimiento, acelerar el cambio. Sólo un dominio profundo de esas leyes permitirá orientar y dirigir una transformación revolucionaria de la sociedad. Lo que claramente quiere decir que no se puede determinar la realidad sólo se busca condicionarla sobre la base de los moldes en las que ya viene enfrascada. De otra manera se estaría esperando que la realidad se ajuste a la teoría cuando lo correcto es ajustar la teoría a lo que es la realidad objetiva que se desenvuelve independientemente de nuestra voluntad.

En Bolivia se habla de construir el socialismo sobre los residuos que existen de modos de producción ancestrales precolombinos porque aquellos fueron particularmente colectivistas. Residuos que quedan, además, muy deformados y desintegrados después de la conquista, la colonia y la República. En este sentido, las economías comunitarias que permanecen inevitablemente son resultados de una combinación de modos de producción.

Es de esta realidad combinada de la que se debe partir. Se puede decir que Bolivia es una economía plural en tanto y en cuanto se reconozca que, por ejemplo, lo capitalista es un engendro con formas ancestrales de producción. Así, se adecuará el pensamiento a interpretaciones más rigurosas de esa realidad. Por supuesto, se pueden dar formas “más puras” de capitalismo, digamos en la minería pero, a la vez, esta convive con formas distintas de producción.

Si se trata de mantener las formas más ancestrales de producción con intentos serios de utilizar algunos métodos de producción adecuados a una realidad tecnológica actual, entonces sí se puede hablar de desarrollo productivo. Por ejemplo, los sistemas de riego basados en el sukacollo pueden perfectamente implantarse conjuntamente con el uso de computadoras para medir la humedad de los suelos y otras características como salinidad, acides, etc. Al igual que recoger información de las condiciones atmosféricas y, mutatis mutandi, preparar las condiciones en que se da la producción a eventualidades externas (protección contra lluvias o sequías, vientos fuertes, granizo, etc.). Se debe utilizar, por lo tanto, lo último de la tecnología disponible en el mundo para hacer “revivir” lo ancestral en el siglo XXI ahondando la combinación de medios de producción. Lo peor es creer que no hubo desarrollo desde que Pizarro y Almagro llegaron a estas tierras.

O, por otra parte, el concepto de reciprocidad puede introducirse a procesos de producción integrados que utilizan la especialización del trabajo para alcanzar aumentos de productividad. No considero que se pueda aumentar la productividad con formas simples de cooperación como el “yo te ayudo a plantar tus papas hoy y tu me ayudas a plantar las mías mañana”. Estas formas tienden a preservar la propiedad individual de la tierra, elimina las posibilidades de mecanización y perpetua la pobreza.

En el altiplano boliviano la propiedad de la tierra se encuentra estática en tamaños de 1,7 hectáreas por familia desde la reforma agraria, según Miguel Urioste. En su libro “Los nietos de la Reforma Agraria” señala que ese es el tamaño promedio de la parcela de tierra y que los jóvenes la abandonaron para migrar a la ciudad. El ganado lechero tomó su lugar y la población está envejecida. Pensar que en estas condiciones se puede convertir al altiplano en la cuna del socialismo me presenta muy serios cuestionamientos.

Lo que corresponde en esas circunstancias es una gran propiedad colectiva de una gran corporación lechera, con tecnologías de punta para extraer leche y producir derivados. Un centro productivo donde los jóvenes se vean atraídos a quedarse y los viejos puedan dar de alimentar a los animales estabulados; protegidos del viento helado que baja la productividad del ganado.

No creo que la economía comunitaria como se encuentra ahora pueda generar una revolución productiva en Bolivia. Menos aún puede ser la base material de una gran transformación social. Se necesita un gran desarrollo material en el campo, cuna y centro de la economía comunitaria, para que pueda apoyar a una real y efectiva transformación revolucionaria de esta sociedad.

*           Es economista.

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