octubre 20, 2020

Literatura y Política

Un nuevo relato mítico de la filosofía de la alteridad‚ —desde Levinas hasta Dussel con su propuesta de analéctica— sostiene que el Otro (la alteridad, el judío para Levinas, el indígena para Dussel) es un espejo en el cual nos miramos a nosotros mismos y a partir de ahí reconocemos lo complejo y múltiple de la humanidad.
Desde el mito de la caverna en los diálogos de Platón, pasando por los relatos de la ciudad de Dios de San Agustín, la posibilidad de regocijo frente a los castigos de los pecadores en Santo Tomás, la comedia de la Mandrágora de Maquiavelo, el hombre, lobo del hombre en Hobbes, el idílico estado de naturaleza en Rousseau y el cielo estrellado en Kant, hasta un velo mágico que provoca amnesia en John Rawls, nos muestra que la teoría política ha estado impregnada de pequeños relatos, pequeños cuentos o fábulas destinadas a lograr una mejor comprensión de las teorías que estos pensadores sostienen. Muchas veces estos pequeños relatos muestran que la idea propuesta era mucho más sencilla de lo que se pensaba, afirmando una vez más el dicho que señala que es muy complejo ser simple, y muy simple ser complejo.

Para pensadores como Richard Rorty lo que llamamos teoría política no es más que una parte de la literatura de ficción y en consecuencia, entre la fábula que ilustra la teoría y la teoría misma, no existiría mucha diferencia, ambas, serían un relato de ficción que lo único que precisa es un público crédulo, atento a ser conquistado, inundado por estas fábulas. Según Michel Foucault los saberes impregnan un cuerpo, lo constituyen, lo toman, le dan la vida y la muerte.

Una de las metáforas más interesantes de estos últimos años corresponde al filósofo esloveno Slavoj Zizek, que hace uso de uno de los relatos más antiguos de la literatura griega: los danaos griegos (o dones griegos, regalos griegos), expresión usada por Homero para referirse al caballo de Troya. No olvidemos que el regalo del caballo de Troya permitió a los griegos penetrar la ciudad —Troya— y destruirla. Según Virgilio los danaos griegos, es decir los regalos griegos, permanecieron como una fórmula que expresa un regalo, un don, que parece beneficioso pero que perjudica al destinatario: Timeo danaos, et dano ferentes (temo a los griegos aunque traigan regalos). Mira en el regalo no lo que éste es, sino la relación que entabla.

El lenguaje, para Zizek, es un don tan peligroso para la humanidad como lo fue el caballo de Troya, se nos otorga, nos lo regalan, pero una vez que lo aceptamos nos coloniza. El lenguaje se presenta como un regalo, como un don, como algo neutral, sin embargo nos ata, nos une, nos relaciona. Zizek lo compara con un regalo entre enamorados: un peluche, un corazón de chocolate, un regalo tan inútil —dice Zizek— pero que constituye una simbolización, una relación, una deuda entre el enamorado que lo recibe y el que lo da. Y justamente por el hecho de ser inútil nos permite apreciar lo simbólico del regalo.

Para Zizek el regalo del lenguaje, en una sociedad, nos presenta un punto paradójico, pues mediante el lenguaje, la palabra, ejercemos nuestra libertad – lo propio del ser humano es su libertad lo señala Kant y años más tarde lo repite Hannah Arendt, pero ejercer nuestra libertad, hablar, sólo nos remite a fingir querer elegir libremente, cuando no es así, pues estamos condicionados por el lenguaje que nos habita, nos coloniza. No podemos decir algo más allá del lenguaje.

El filósofo francés Derrida decía: tengo una lengua y no es la mía, es decir que tenemos una lengua pero no es la nuestra, es decir el castellano, en nuestro caso, es nuestra lengua, ejercemos nuestra libertad en el ejercicio de la palabra, pero esta palabra, como este lenguaje, como todos los lenguajes, no es nuestro, sino nos fue dado, nos fue regalado, y a la vez, es esta condición de regalo, de danaos griego, lo que nos ata, nos relaciona, nos condiciona. No es posible expulsar a los poetas como pretendía Platón, pues la poesía está en nuestra lengua y nos habita.

Un nuevo relato mítico de la filosofía de la alteridad —desde Levinas hasta Dussel con su propuesta de analéctica— sostiene que el Otro (la alteridad, el judío para Levinas, el indígena para Dussel) es un espejo en el cual nos miramos a nosotros mismos y a partir de ahí reconocemos lo complejo y múltiple de la humanidad. Sin embargo ver el rostro del Otro, tratar de comprenderlo, de interpretarlo, de interpelarlo supone intentar ponernos en su lugar, es decir ver el mundo con los ojos del Otro, pero desde el momento en que nos ponemos en el lugar del Otro, este Otro siempre diferente, siempre Otro, nos obsesionamos, y esta preocupación por penetrar en el Otro se transforma en una colonización del Otro que no permite su singularidad y lo condenamos a negarse por la imagen que nosotros hacemos del Otro (incluso singularizando el acontecimiento de que el Otro es siempre los Otros, pero colonizamos su multiplicidad pensado que es “sólo” otro no plural)

Una vez más el caballo de Troya se hace presente en la filosofía de la alteridad, el tratar de comprender al Otro, el tratar de ponernos en los zapatos del Otro, es ya un danaos griego, un regalo al Otro, que permite colonizarlo, que permite tomarlo y hablar a nombre de él, a nombre de ellos. Y es posible que el Otro (el judío, el indígena, el negro, el afroamericano) reciba este regalo y lo aprecie, lo mime, pero en algún momento se dará cuenta que sigue estando en silencio, que sigue siendo el lenguaje dominante el que lo simboliza y el que lo constituye.

La teoría política, tanto la clásica, la moderna y la contemporánea, no ha abandonado estos relatos míticos, y en todo caso, cuando la analizamos fuera del discurso ideológico del poder que las pone en funcionamiento, con efectos de verdad, con efectos de poder, cuando la remitimos simplemente a la ficción, nace la posibilidad de seguir ficcionando. Cuando a Foucault le preguntaron ¿cómo quisiera que se lo llame, filósofo, historiador, pensador?, Foucault respondió: soy una artificero, fabrico algo que sirve para hacer un cerco, una guerra, una destrucción.

Ficcionamos por ello, por el placer del texto, por el placer de encubrir una hiancia inicial y absoluta y también ficcionamos por develarla.

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