noviembre 25, 2020

Jesús Durán Bejarano, el Jechu

Se nos adelantó el Jechu. Un día como cualquier otro, sencillamente decidió partir dejándonos con el asombro y la certeza de que su ausencia había sido más profunda y conmovedora que su silencio.

Poeta de a de veras, el Jecho había conseguido descifrar los signos de la ausencia de las palabras para seguir creando virtualidades que iluminaban siempre más allá de lo que decían.

Creador innato, alquímico de las metáforas y productor de imágenes fabulosas cargadas de historia, fue siempre un apasionado de la gesta colectiva y allí donde se juntaban creadores, él estaba siempre aportando con su vasta sapiencia musical, su vena poética y su profunda sensibilidad telúrica.

Porque Jecho, era justamente eso. Un hijo de las profundidades de la tierra, que venía escuchando lo que le dictaban desde el ukupacha, para cantar en el alajpacha y bailar sobre el kaypacha. Jechu trajinaba y seguirá trajinando esos territorios que tanto conocen de sus pasos.

Desde los Andes, el precioso mundo de las nieves, vientos, neblinas y su profunda y precisa claridad, el Jecho seguirá divirtiéndose sentado sobre los rayos y bramando con los truenos, y desde las inmensidades, seguirá emocionándose con lo sublime y preciso, pequeño y sutil.

Recuerdo cuando nos conocimos en la carrera de sociología. Días en que nadie quería ser dirigente y los de básico asumimos la responsabilidad de reorganizar la carrera. El Jecho se convirtió muy rápidamente en consejero de los nuevos dirigentes, pues él no debía aparecer muy públicamente ya que era identificado como militante del MIR. Eran tiempos de la dictadura de Banzer. Era el año 76. Ese había sido un año particularmente duro para la izquierda, especialmente para el ELN que fue duramente golpeado y casi desarticulado. Después de los elenos, la dictadura había puesto sus ojos sobre el MIR y los miristas. Paralelamente el PCB como el PCML tenían una acción semiclandestina. El trotskismo en todas sus versiones agitaba, agitaba y sólo agitaba. Todos, sin embargo, con todas las diferencias que nos separaban, tal vez por sobrevivencia, manteníamos unidad y solidaridad de compañeros frente a la dictadura.

En ese contexto, el Jecho era un ícono que con su guitarra y sus canciones tejía sentido entre troskos, chinos, moscos, elenos y miristas. Amigo de todos, sin sectarismo alguno, sólo necesitaba abrir su estuche, sacar su arma y disparar ráfagas de futuro con sus canciones que abrían senderos de victoria y revolución.

La diferencia con muchos otros canta-autores de aquella ápoca en que el arte y la cultura (y su café ubicado en la Parroquia de María Auxiliadora que llevaba el mismo nombre), era que el Jecho era un estudioso de la historia boliviana y las luchas de liberación de nuestros pueblos y líderes.

Mientras otros compañeros discutían sobre la paz de Brest Litovsk o la revolución en un solo país o la revolución cultural en pleno desarrollo o si la guerra popular o la insurrección, el Jecho estaba dialogando con los cuatro que venían de la noche oscura (el Julián Apaza, el Tomás Katari, el Willka Zárate y la sierpe de pueblos originarios que se despertó para no sólo llegar al poder sino ser poder mismo) o escribiendo en las paredes de Yamparaez las consignas de Manuel Ascencio y sus mestizos revolucionarios.

Es que el Jecho entendía lo nacional con mucha precisión. El mismo había nacido con la revolución del 52 y la encarnaba, pero no para vacilar en su arco nacionalista, sino, en su proyección de izquierda y proletaria.

Una de sus composiciones preclaras y de hermosa poesía de presente/futuro, está dedicada especialmente a los mineros y su emancipación socialista expresada en el baile con el tío de una cueca proletaria, cuando ya no existan parias, como él diría. Ese era ideológicamente el Jecho.

Tenía un escrito muy preciado y cuidado (porque además no tenía copia) que tuve la oportunidad de tenerlo conmigo por unos 10 días. Era probablemente el texto original de lo que después se conocería como la Explicación de mi País. Texto mecanografiado en papel amarillento por las veces que seguramente se lo leía.

Creo que ese texto marcó una línea estética y política para la época. Los festivales de la canción social comprometida después fueron posibles y se cantaba a gritos lo que un par de años atrás era motivo de cárcel, persecución y exilio.

Muchos compañeros artistas engrosaron esa tendencia tan importante y que merecería ser recuperada no sólo porque coadyuvó en la construcción de la conciencia política de la época, sino para darnos cuenta que la historia no comenzó el siglo XXI.

Me puedo imaginar que ya se encontraron con el Huaqui. Como en el Café Arte y Cultura, ya se habrán tomado algún café y seguramente estarán proyectando nuevas ideas geniales para proyectar la revolución del arte en el socialismo comunitario y construir una trinchera frente al atrevimiento de la derecha que pretende ser incluida en un proceso que nunca fue suyo. Sóplennos esas ideas. De veras que nos harán falta.


* Fernando Rodríguez Ureña es zoociologo, con maestría en quimeras. Hizo su doctorado en la pluriversidad de Los Sauces en Lian Ma He Nan Lu. Alguna vez fingió como diplomático.

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