diciembre 3, 2020

El poder y la palabra

Desde que el hombre aprendió a dar nombre al cosmos, a las cosas, a la naturaleza y a apropiarse de ellas nominándolas, las palabras estuvieron asociadas a lo divino, a lo oculto, al misterio, asociadas al poder. La Biblia nos dice que primero fue el Verbo y el Verbo era Dios. Pasó mucho tiempo para que el hombre fuera uniendo sílabas para formar palabras, palabras para construir frases, articulando sonidos para expresar ideas. Sabemos que tuvimos que bautizar las cosas, los animales, a nosotros mismos; que tuvimos que expresar las rabias, las dudas, los temores, los sentimientos. Sabemos que fue menester inventar un sonido para cada estado del alma y otro para enunciar nuestras necesidades, el lenguaje es una construcción intelectual.

El narrador como brujo, creando ilusiones con sus palabras, creando el animal en cada palabra, trayendo la esperanza de la comida del mañana. Usando los dibujos como una representación mágica de la idea y de la sensación que pretendía comunicarnos. De aquí, entonces, que la fuerza comunicadora de las palabras le den un carácter divino a todo lo manifestado. El brujo de accionar oculto y palabra fácil y el juglar van de la mano del poderoso, este se sirve de aquel y viceversa. Pero la palabra no es exclusiva del rico, del esclavista, del señor feudal, del dueño de los medios de producción y no es sólo usada para dar órdenes, sino también para resistirse a acatarlas, para denunciar, para acusar, para transmitir el odio de los oprimidos, para subvertir el orden establecido de las cosas.

Octavio Paz en El ritmo, habla del carácter mágico de las palabras, en un párrafo, a propósito del poder de la palabra, Paz nos dice: “Una de las formas de la magia consiste en el dominio propio para después dominar a los demás. Príncipes, reyes y jefes se rodean de magos y astrólogos, antecesores de los consejeros políticos”. La palabra por ser herencia de la humanidad entera, posee esta doble cualidad: por un lado somete por otro libera; porque es el medio de comunicación por excelencia. Sin embargo, ya sabemos que la historia la escriben los poderosos, los vencedores, usando la palabra escrita (nuevamente la palabra al servicio del poder a través de los escribas) que a nuestro continente llegó en forma de libro hace como 450 años. Los vencidos transmitieron su propia historia de voz en voz, tradición oral heredada que hasta nuestros días constituye la esperanza de conocer la verdad, de que los lectores se conviertan en escritores, de que los oyentes se conviertan en oradores, en sujetos protagonistas verdaderos de la historia que otros narran. La historia de los nativos americanos o estaban en su memoria colectiva, escrita en lo Quipus, en los tejidos, en la cerámica o esculpida en la piedra. La conquista pretendió destruirla, cómo si se pudiese destruir la memoria de todo un pueblo. Pero algo de esa historia quedó en la memoria colectiva y en el propio papel, en los escritos de los jesuitas que fueron los primeros en traer la imprenta a estas tierras en el año 1539 y de Huamán Poma de Ayala, el gran cronista. Estos escritos suelen ser, hoy en día, la más reconocida fuente de información de nuestro pasado colonial. Todos esos enunciados aluden a las bases esenciales de la literatura desde el momento que apareció la escritura, como “un sistema organizado de caracteres que expresan el pensamiento por medio de un alfabeto, y a una visión y a un concepto de la realidad y la cultura”.

Esta capacidad comunicadora ha hecho de la palabra un objeto de estudio desde los tiempos remotos de Homero y Cicerón. Creando desde cantos épicos y describiendo sistemas-ideales de gobierno hasta los más hermosos cantos de amor. En el siglo XIX el poeta británico Shelley escribió “A defense of poesy”, el más famoso enunciado sobre el poder de la palabra en la era romántica inglesa. Hoy existen famosos investigadores de la palabra como Roland Barthes que concibe el lenguaje como un sistema totalitario y como Umberto Eco que pasó de investigar el significado de las palabras a crearle nuevos significados y, entre otros, Vladimir Navokov, Milán Kundera y Michel Foucault.

El poder de la palabra no tiene límites. Las fronteras son meras creaciones del Hombre en su afán de nombrar las cosas y darles un significado definido a cada hecho, acción o imagen del ser humano. Las palabras, pues, no son absolutas, cambian de significado como dice Gramsci, semánticamente muchas de ellas no significan lo mismo ahora que hace un siglo. Porque la vida misma cambia y nuestra manera de ver el mundo se amplía, se ensancha, adquiere otras dimensiones, se valoriza y, a veces, anula los significados anteriores creando otros más acordes al lenguaje cotidiano. No hay nada nuevo en esto las relaciones sociales se complejizan y a cada grado de desarrollo en las ciencias, las artes y el pensamiento le corresponde un grado de desarrollo en la historia de la Humanidad.

Palabras en los muros coloniales

En el Virreinato del Perú todo se hacía por órdenes de su graciosa y lejana majestad, el Rey de España, hasta que apareció la famosa Proclama de la Junta Tuitiva que el 16 de julio de 1809, magistralmente denuncia: “Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria, hemos visto con indiferencia por más de tres siglos, sometida nuestra primitiva voluntad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto, que degradándonos de la especie humana, nos ha reputado por salvajes y mirado como esclavos. Ya es tiempo de sacudir tan funesto yugo… ya es tiempo de organizar un sistema nuevo de gobierno, fundado en los intereses de nuestra patria… ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título, y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”. Estas palabras desencadenaron las guerras por la independencia en toda América Latina.

La palabra nuestra de cada día

Pero en nuestra América, existe otra guerra más profunda y terrible: la de los primeros pobladores por conservar su idioma, sus costumbres, su cultura en general. Antes y después de la independencia el Aymara, el quechua, el guaraní, se negaban a hablar el idioma de los conquistadores, el idioma del dueño de la hacienda republicana, obligándolo a dirigirse a ellos en el idioma de los vencidos; así preservaron su lengua. Las divinidades andinas se transfiguraron en Vírgenes y Santos, sus fechas sagradas fueron reemplazadas por las celebraciones cristianas, pero en el fondo, siguen siendo culto a sus dioses, ofrendas a la Pachamama, la Madre Tierra, origen de todo en la mitología andina.

Hay palabras y palabras y no siempre son iguales, pese a poseer las mismas consonantes y vocales no lo son, pues están condicionadas por el que las emplea y su destino puede ser el de su propietario que, en algunos países latinoamericanos, en la época de las dictaduras significaba, la muerte o el exilio. Pero no sólo los regímenes dictatoriales son los enemigos de las palabras, en estos años de desmesurado avance tecnológico, la Web, los medios de desinformación, la televisión, el periodismo sensacionalista, el pésimo cine, los Best seller y la falta de comunicación entre las personas. Se impone, pues, la tarea de rescatar y salvar nuestras palabras, nuestro lenguaje.

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