diciembre 3, 2020

Chávez, por él mismo

por: Hugo Chávez

Las raíces

Si uno pudiera volver a nacer y pedir dónde, yo le diría a papá Dios: mándame al mismo lugar. A la misma casita de palmas inolvidable, el mismo piso de tierra, las paredes de barro, un catre de madera y un colchón hecho entre paja y goma espuma.

Y un patio grande lleno de árboles frutales. Y una abuela llena de amor y una madre y un padre llenos de amor y unos hermanos, y un pueblito campesino a la orilla de un río.

Nosotros venimos de una familia de profundas raíces campesinas, indígena. La abuela de mi abuela era india de la sabana y el abuelo de mi padre era un negro tan negro que le llamaban “el africano”. Venimos de esa masa histórica del negro, del indio y algo del blanco pues mi madre es blanca.

La abuela Rosa Inés

La abuela era la que estaba todos los días cuando uno se levantaba. Desde que tengo uso de razón la abuela era la que nos dormía, la que hacía el desayuno, la que cocinaba y uno le buscaba la leña en el monte para el fogón. La abuela fue a la que vi casi que morir, y la lloré, y la enterramos. Es la “mama vieja”. El recuerdo de mi abuela, en el alma, es mucho más intenso, mucho más profundo.

La abuela nos echaba muchos cuentos. Ella contaba que una vez, por una calle polvorienta frente a donde vivíamos, había pasado un tal Zamora, y que los hombres de la casa se fueron detrás de Zamora por los caminos de la montaña. Estaba hablando, mi vieja, de la Guerra Federal.

Ya zagaletón, vendiendo arañas (dulces), gritaba: “ araña alocha”. Alguna vez dije: “araña caliente, para las viejas que no tienen dientes”. Inventaba a veces unos versos no muy queridos por algunas gentes.

El abuelo Maisanta

Cuando niño oía que los hombres hablaban de un asesino y una vez mi padrino me dijo: “Huguito, ese que dicen que es asesino era tu abuelo”. En mi familia no se hablaba de aquel hombre. Crecí con ese dilema.

Cuando estaba en el cuartel me di cuenta que aquel abuelo al que llamaban asesino en realidad era un guerrillero revolucionario de comienzos de siglo, de cuando irrumpían por estas tierras los últimos hombres de a caballo. Cargo su escapulario que tiene casi un siglo y medio. Lo usó mi abuelo en guerra y murió preso con él.

Mi abuelo, desde la distancia, me hizo más soldado de esta revolución.

Los padres

Recuerdo a mis padres y un humilde salón de clases, unos pupitres y unos niños. Aún no estaba en la escuela pero me asomaba, y me gustaba rayar la pizarra con la tiza que quedaba y sentarme en el pupitre.

Recuerdo a mi madre que una vez me sorprendió sentado, era en un caserío donde ellos vivían llamado Los Rastrojos. Ahí mi padre era maestro, y mi madre también. Nosotros vivíamos en el pueblo. Eran casi 20 kms. de distancia pero había que ir a pie, en burro o en bicicleta, no teníamos ningún vehículo ahí.

Las primeras lecturas

A casa de mi padre llegaba con regularidad una revista llamada Tricolor, por los tres colores de la bandera. De niño aprendí a leer con esa revista. Las ediciones de aquellos años tenían mucho tradicionalismo, folclore, cultura, versos, coplas, dibujos infantiles. Me empecé a enamorar de algo que llamaban “páginas de la historia”. Comencé a leer de un tal Miranda y de un tal Bolívar, y yo estaba comenzando a leer y escribir.

Sin duda la condición de maestro de mi padre me influyó. Siempre me ha gustado la educación y todos los procesos del conocimiento.

Entre la pintura y el deporte

En alguna ocasión he reflexionado sobre lo que se me ha ocurrido llamar “la secuencia de sueños” que fueron naciendo en mí.

Niño todavía, producto –seguramente– de ese contacto con las páginas de Tricolor, donde había una sección llamada “los niños colaboran”, sección de dibujos, hice un millón de dibujos, y los mandaba, quizás nunca llegaron porque la revista era de Caracas y ese era otro mundo. Uno lo mandaba por medio de la escuela. Es decir, el primer sueño que tuve fue pintar y ser pintor. Adolescente todavía, estudiaba pintura ya en la capital.

Pero, luego vino el beisbol. De niño en Sabaneta ya jugábamos, pero con pelota de goma y unos bates hechos con ramas de guayabo o un árbol de aguantar. Era la pelota sabanera, sin muchas normas. Ya en la ciudad de Barinas comencé a jugar beisbol en el liceo, y comienzo a escalar y a escalar, y me gusta, siento que rindo en el deporte, me gustaba correr, era rápido, me decían “correcaminos”. Picheaba, me iba bien en el terreno, me apasionó, dejé de estudiar pintura, a si que salía del colegio no para la escuela de pintura sino para el estadio que quedaba a algunas cuadras. Ese fue el segundo sueño, ser pelotero.

La Academia Militar

Hay un punto que es decisivo, éramos muy pobres. Mi padre no tenía recursos para que yo estudiara en el centro del país. Entonces, cuando veo que mi destino parecía ser Mérida –allá no se jugaba beisbol profesional–, un día llegó un teniente a dar una charla en el liceo y me interesé. Sólo por enrumbar mi camino al centro del país fui a rendir examen al cuartel de Barinas. Aprobé, y, un 8 de agosto de 1971 –domingo– ingresé a la Academia Militar.

Cuando fui la primera vez al polígono a disparar los primeros tiros a un blanco que uno ponía, y las marchas con el fusil al hombro, y el casco, y la bandera, recordaba mi niñez y la revista Tricolor, y me dije: “esto es lo mío, soy soldado”.

Se dijo, después de la rebelión del 4 de febrero de 1992, que yo había entrado a la Academia Militar infiltrado, que era de las células del Partido Comunista o de un Movimiento Che Guevara. Todo eso era una gran mentira, cuando yo entré era “Tribilín”, y no llevaba un fusil sino un bate de jugar pelota, lo que sí, cuatro años después, el 5 de julio de 1975, yo salí de subteniente con un fusil al hombro y un libro del Che Guevara bajo el brazo. Eso sí es verdad, yo salí convertido en un soldado rebelde.

La literatura marxista

La capital del Estado en que nací era una ciudad de tradición muy culta, una Barinas de poetas. Ahí conocí a un poeta, un hombre maduro, padre de familia, con cuyos hijos nos hicimos amigos y hermanos, un comunista llamado José Esteban Ruiz Guevara.

Él se la pasaba con una máquina de escribir, en un cuartico lleno de libros, periódicos, y yo fui entrando poco a poco a esa biblioteca. Todavía tengo algunos libros que me traje de esa biblioteca.

“El papel del individuo en la historia”, de Plejanov, fue un libro que bebí.

Teníamos otro amigo, Vladimir, que era tan radical que decía: “yo no bailo con una muchacha hasta que no se defina ideológicamente”. Y yo le decía: “no, allá está una adeca bien buena, yo voy a ver si bailo con ella”.

Ya andaba con ese grupo. No nací de la nada, nada nace de la nada, todo tiene su lógica. Me estaba impregnando de un pensamiento revolucionario.

Un día le digo a Ruiz Guevara: “yo como que me equivoqué, me voy a ir de baja”, y contesto: “estás loco, tú no te vas de baja, tú vales más que cien sindicatos ahí” –con el perdón de los sindicatos–, y estaba hablando un comunista, él era un marxista leninista, y continuó: “te tienes que quedar en el Ejército porque aquí van a empezar a cambiar las cosas”. El tenía visión estratégica que yo entonces no tenía.

El soldado y el poder

Solía escribir un diario. En 1974 hay un día en el que escribo: “hoy corrimos, lancé en el campo, presenté exámenes de matemática y en la tarde fuimos al patio a rendirle honores al nuevo Presidente (Carlos Andrés Pérez), esperamos como tres horas y al fin llegó; algún día me gustaría llevar las riendas de la Patria del gran Bolívar”. Tenía 20 años.

Levantamiento del 4 de febrero de 1992

Si alguien se dedica, con visión racional, a hacer cálculos probabilísticos tomando en cuenta los distintos factores intervinientes, concluiría en que la probabilidad de éxito aquella madrugada era casi cero. Nosotros hicimos una quijotada. No teníamos un teléfono celular, no teníamos un centavo de apoyo, los partidos políticos que sabían, las cúpulas, echaron para atrás a última hora, no quisieron ir a la rebelión –y nos habían prometido durante años que iban a alzar batallones de obreros, que iban a llegar grupos de pueblo organizado en Caracas–, no llegaron.

Estoy convencido que lo que ocurrió es lo que tenía que ocurrir, como fases necesarias de un movimiento revolucionario. No había condiciones para triunfar pero abrimos un boquete en la pared.

Al día siguiente me sentía muerto, decía: “qué será de mis hijos”, en una celda fría en un sótano en Caracas. Después me trajeron un periódico con la noticia de tantos muertos y ay! que mataron a Carregal, ay! que mataron a Cabrera, ay! que me mataron tantos soldado, “Dios mío, qué he hecho”, pensé. Me sentía un muerto en vida, tanto que lo escribí en un papelito, escribí: “rendición”.

El socialismo del siglo XXI

He dicho que Cristo, para mí, fue socialista. “Cristo el hombre”, de Theilard de Chardin, lo leí siendo cadete. Me hice cristiano a lo Chardin, me hice cristiano con la teología de la liberación.

Simón Rodríguez y su idea socialista. Sucre y su idea pro socialista. Hay una frase luminosa del Mariscal, siendo presidente en Bolivia, que dice: “cuando los pueblos de esta América se fueron a la batalla por la Independencia, entendieron que también lo hacían por la justicia y por la igualdad”.

Sucre empezó a repartir tierra a los indios, a recoger a los niños pobres, a abrir escuelas y caminos, el primer puerto.

Bolívar, medio siglo antes que Marx, dijo en Angusturas, en el Orinoco: “la naturaleza nos hace diferentes, desiguales, a los seres humanos; pero, luego, viene la sociedad, el Estado, las leyes, la educación, las artes y las ciencias, y colocan al ser humano en un estado de igualdad ficticio, más propiamente llamado: la igualdad política y social”.

Quienes pretenden que pensemos igual se equivocan, no es posible. Quienes pretenden que caminemos como tropa con la banda de guerra se equivocan, no somos autómatas, no somos soldados en marcha. Somos soldados diversos en el pensamiento y la acción.

Entonces, el socialismo no es del siglo XX, es del siglo I.

Fidel le dice a Ramonet: “un error cometido, empezando la revolución, es haber creído que alguien sabía cómo se construye el socialismo”. Nadie sabe, es una invención, hay que inventar los elementos que nos lleven al proceso de transición hacia el socialismo. Ahora, dijo Mariátegui: “el socialismo indoamericano no debe ser calco ni copia sino creación heroica”.

El socialismo hay que crearlo, pero sobre bases científicas, hay elementos que son fundamentales. Hay que revisar la doctrina del materialismo dialéctico, del materialismo histórico, la lucha de clases y todo lo que Carlos Marx planteaba en “El Capital”.

En resumen, veo el mundo socialista en cinco frentes de batalla contra el capitalismo y por el socialismo: el primero, que creo es el más importante, es el “frente moral”, espiritual, no se es socialista por decreto, es muy fácil decir: “Patria socialista o muerte”, pero de lo que se trata es de revisarte úes si una persona no tiene conciencia del deber social, no es capaz de desprenderse de sus egoísmos e intereses personales, de sí mismo, no es un socialista en toda su dimensión.

El otro es el “frente político”. La democracia, pero no la burguesa liberal, sino la protagónica, más que participativa. El poder popular, el autogobierno y la autogestión general. El socialismo o es democrático o no es socialismo, es poder del pueblo.

Luego, el “frente económico”, pues el poder económico hay que democratizarlo, hay que transferirle al pueblo el poder económico.

El cuarto, “el frente social”. La sociedad de iguales, en el entendido marxista, donde todos tengamos los mismos derechos y deberes, donde se acabe la grosera división en clases sociales. Decía Bolívar: “moral y luces son nuestras primeras necesidades”. Una sociedad culta.

En quinto lugar está “lo territorial”. No se puede entender el tiempo sin el espacio. Hay que considerar el espacio donde vivimos.

¿Socialismo en un solo país?

Soy de los que creen que es imposible un proceso revolucionario, de cambio, el socialismo en un solo país. Bolívar decía: “si no nos llamamos al orden, a la unión, un nuevo coloniaje legaremos a la posteridad”.

Ahora estamos uniéndonos, cada quien con su proyecto.

La integración latinoamericana

Ha resurgido con fuerza la tesis de Bolívar. Hay gente que piensa que la historia se fue y se perdió pero, no, la historia se siente hoy, en el espacio, el que no la vea no la ve. Yo siento la historia, la oigo más allá del silencio, es la conciencia de dónde uno está parado y de dónde uno viene.

El golpe del 2002

La gente salió a las calles, igual las tropas de paracaidistas en Maracay y mi guardia presidencial.

Me iban a fusilar, y cuando ya estaba listo me acordé del Che Guevara. Era madrugada, miraba un lucero, el mar golpeaba mi espalda y ahí venía un pelotón. Todo estaba muy oscuro y me dije: “me voy”. Con un Cristo agarrado, recordando a mis hijos, mirando un lucero, me dije: “dicen que el Che, cuando iban a matarlo, se puso de pie y le dijo al asesino: ‘ahora dispare, para que vea como muere un hombre’”. Pensé que tenía que morir de pie, no podía pedir clemencia ni que me vieran acobardado.

Estaba listo para morir. Y en la oscuridad, al filo de la media noche, de un monte, salen unos soldados que no sabían que era Chávez quien estaba ahí, entonces se acercan y uno dice: “Chávez”. Sale un hombre con un fusil y dice: “si matan a este hombre aquí nos matamos todos”. Ahí resucité, yo estaba muerto ya, mi muerte estaba escrita, se escribió en Washington.

Se pudo cumplir la orden que me dio Fidel la noche anterior. Unas horas antes, todavía en el Palacio, ya hundiéndome, Fidel logra comunicarse conmigo y me dijo: “yo no sé muy bien lo que vas a hacer pero tú no eres Allende, tú no mueres hoy, haz lo que quieras pero no mueres hoy, te espera tu pueblo”.

El golpe no fue un golpe, fueron cien golpes. El golpe militar, el golpe mediático permanente, el golpe económico, el golpe petrolero. Fue un golpe perfecto, la combinación de todos los golpes en uno.

Lo pendiente en América Latina

La independencia. Perón hablaba de la segunda Independencia, yo prefiero hablar de la Independencia porque creo que es la misma bendita Independencia que nunca hemos logrado.

Un último sueño

Mi sueño ya no es mío, es lugar común, y es que ya mi vida no es mi vida, ya no soy yo, como dijo Gaitán: “soy un pueblo”. Sí tengo un plan, que se eternice en el poder el pueblo.

Me permito tener otro sueño, a lo mejor es un sueño imposible. Un día por la Isla Margarita estaba yo, y de pronto en un una esquina –estaba cayendo el sol– veo a un viejo de pelo blanco con un shorcito y el pecho desnudo, con un niño sentado en cada pierna, mirando a otros niños jugando pelota de goma y corriendo, y me dije: “que feliz sería si algún día pasa todo esto y yo me veo como ese viejo, sentado a la orilla del mar –aunque yo estaría en la sabana al lado de un río, el Apure, el Arauca–”. Claro, solo estaría sentado tranquilo si tuviera conciencia de que en torno a esos niños palpita ya viva una Patria socialista.

Un día Fidel me envía una nota diciendo: “estoy convencido que nuestro descanso será la tumba”.


* Extractos tomado de una entrevista de Daniel Filmus.

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