noviembre 26, 2020

Empujar fronteras para combatir prejuicios

por: Natalia Coronel

Luego de tanto tiempo entre insistencia y amague, una convocatoria surgida de un grupo de periodistas y activistas de género desató un canal pasmoso de buena voluntad protagonizado por hombres y mujeres que se concentraron en la Plaza de los dos Congresos de Buenos Aires y se unieron en un solo grito: ¡Ni una menos!

¿Por qué dejamos pasar tanto? No lo sé. Pero podemos asegurar que ya nada será igual, pues de ahora en adelante el 3 de junio de 2015 será una fecha histórica en la lucha por los derechos de las mujeres, contra la violencia de género y los femicidios. Una lastimadura lacerante para la cultura patriarcal, de la que todos y todas formamos parte.

Una sociedad que se atreve a decir ¡basta!

Casi 200 mil personas salieron espontáneamente a expresar su rechazo a través de carteles, afiches y banderas a las distintas formas de ensañamiento, no solo aquella que ocurre en las relaciones de pareja, sino también a la que produce la criminalización del aborto al someter a las mujeres a la clandestinidad para interrumpir un embarazo que no quieren continuar. La violencia sexual, laboral y obstétrica, por mencionar algunas otras, también forman parte de ese círculo de agresión constante contra la mujer.

Este ataque no se da solo a puertas cerradas sino que es fruto de una agresión social y cultural que los señalamientos públicos y los medios de comunicación han legitimado, cada vez que alguien le dice puta a una mujer, porque ejerce su sexualidad libremente; cada vez que alguien la mira con recelo porque no quiere tener hijos; cada vez que alguien la juzga por las medidas de su cuerpo o cómo viste; cada vez que alguien se siente con derecho a gritarle cuando la ve caminar por la calle; cada vez que alguien pretende reducirla simplemente al lugar de la buena esposa o la buena madre, destinada a servir a un varón. Son situaciones históricas por las cuales, las mujeres, venimos batallando.

El femicidio es la forma más extrema de esa virulencia que atraviesa todas las clases sociales, credos e ideologías. En 2008 mataron una mujer cada 40 horas; en 2014, cada 30. En esos 7 años, los medios de comunicación publicaron noticias sobre 1.808 femicidios en Argentina, pero ¿cuántos otros fueron ignorados?

Hay hombres que creen que una mujer es de su propiedad, que tienen derecho sobre ella, que pueden hacer lo que quieran. El femicidio es eso: marcar sus cuerpos y sus vidas de forma iracunda, incluso matarlas.

Grupos de autoorganizadas de las periferias, muchas mujeres humildes, pibas de colegios religiosos, un par de micros de punteros políticos y organizaciones, La Cámpora, Nuevo Encuentro, pequeños grupos sindicales o de gremios estatales, muchos jóvenes, muchos hombres. Quizás la palabra exacta para coronar esta movilización es ‘heterogeneidad’, la que promovió una sociedad que a pesar de sus polaridades tiene pilares democráticos.

“Ni una menos” señala todo lo que falta por hacer en un país donde la violencia de género no es una problemática doméstica. El femicidio se desarrolla en nuestro continente, donde el machismo sigue siendo confundido como un ‘trato normal’.

Morir por ser mujer

El Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), señala que la violencia de género es la principal causa de muerte entre mujeres de entre 15 y 44 años en todo el mundo. A menudo las agresiones se justifican como parte normal de las relaciones entre hombre-mujer. Según datos que arroja la Organización Mundial de la Salud, un 38% de los femicidios que se producen son cometidos por su pareja. La impunidad es otra forma de violencia.

En 2009 y por amplia mayoría (con 174 votos afirmativos y 3 abstenciones), el Parlamento de Argentino aprobó la Ley de Protección Integral de las Mujeres, un paso importante en la lucha contra la violencia machista. Sin embargo, todavía está pendiente la reglamentación de algunos artículos, incluido el Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres. Sin la reglamentación completa de la Ley, el

diseño de políticas integrales y la asignación del presupuesto necesario para su instrumentación, esta herramienta lograda en 2009, resulta insuficiente para revertir el aumento desmesurado de la violencia en el último tiempo.

Sin embargo, esta marcha no solo interpeló al arco político entero para que fuercen el compromiso necesario para implementar las políticas públicas que aún se adeudan, sino que, además, consiguió poner en jaque a la desigualdad cotidiana en la que vivimos los argentinos y que pasa desapercibida ante los ojos de la mayoría. Visibilizó datos, estadísticas, nombres de víctimas y victimarios, historias, acciones, inacciones, complicidades, indiferencia. Instaló de modo tajante la idea de que no se mata por amor, porque un femicidio es un asesinato.

Pero el petitorio de esta convocatoria es preciso, la marcha tiene que ser el punto de inflexión para exigir que el tema se meta en el debate de la campaña electoral a disputarse el próximo octubre.

“La palabra ‘femicidio’ es una categoría política, es la palabra que denuncia el modo en que la sociedad vuelve natural algo que no lo es: la violencia machista. Y la violencia machista es un tema de Derechos Humanos”, dice el documento final que leyeron las organizadoras de esta expresión tan multitudinaria y abarcadora que fue la movilización del pasado miércoles.

Pero la marcha también fue un lugar de encuentro y una contención donde muchas sobrevivientes de violencia machista encontraron un espacio para expresarse, para ser escuchadas con respeto, para sentir que no se dudaba de sus palabras. La concentración las empoderó, a las convocantes, a los participantes, pero sobre todo a las mujeres que lograron desnaturalizar al machismo en su propia institucionalidad histórica y encumbrada.

Quienes vienen guerreando hace años para generar conciencia sobre la gravedad de la violencia de género, nunca imaginaron que una multitud saldría a las calles para respaldarlas y decir, ¡basta! Ahora, todos esperamos lo mismo: que cambie la justicia, que cambien los varones, que no se discrimine, pero sobre todo que esta movilización sea un vuelco para lograr los cambios culturales necesarios para desterrar la violencia contra las mujeres y que se exija las responsabilidades políticas para hacer lo que todavía falta.

Porque el interrogante que nos deja este 3 de junio es, además del ‘¿por qué?’ inútil del inicio, el ‘¿cómo derrotamos de forma pacífica este tipo de violencia?’ Quizás la movilización nos ayude a delinear algunas respuestas: Con más democracia, más diálogo, más igualdad de derechos, más Estado y más justicia.

Be the first to comment

Deja un comentario