noviembre 28, 2020

Los escribanos en la revolución del 16 de julio de 1809

Aun restañaban las heridas que dejaron los levantamientos indígenas de 1780-1782, cuando surgió en La Paz, una llama incendiaria que cambió el curso de la historia, proceso en el que emerge la figura de los Escribanos (antiguos archivistas), miembros de una elite ilustrada que lideró la rebelión del 16 de julio de 1809. Un ejemplo notable es Gregorio García Lanza, conocedor experto de legislación española, derecho romano y obras de la época de su magnífica biblioteca, “tal vez la primera en esta ciudad como posesión de un particular con 827 volúmenes”. Su esposa fue la patriota María Manuela Campos Seminario. No es casual que entre los conjurados existiera un grupo de Escribanos que abrazaron la causa patriota, más allá de la efervescencia popular y el arrebato, sino por su condición de ilustrados, conocían la naturaleza del régimen colonial y anhelaban la libertad y la independencia económica. Arriesgaron conscientemente su patrimonio y la vida misma. Estas son historias fragmentadas de esos héroes que la historia oficial sepultó.

El Escribano de Número Mariano Prado, que formó parte de las filas patriotas de Pedro D. Murillo, fue designado Escribano de Gobernación y Guerra por Murillo. Participó en la toma del cuartel para dotar de armas al movimiento rebelde. Como Escribano de la Junta, autorizó el acuerdo del Cabildo de declaratoria de guerra a Puno, el 12 de septiembre; y el acuerdo capitular de los tratados con Goyeneche, el 17 de octubre, disponiendo su difusión en carteles colocados en vía pública. El 30 de octubre dio fe de la renuncia de Murillo como miembro de la Junta Tuitiva, estuvo presente en el proceso contra Rodríguez y Castro; certificó la ejecución de Rodríguez, afirmando que se realizó en el cuartel a puerta cerrada y antes de haberse firmado la sentencia. Su adhesión a la causa patriota provocó la pérdida de su oficio y su destierro perpetuo de la provincia, habiendo salido rumbo a la Argentina. En 1816 se le restituyó su cargo.

La quema de los papeles de la Real Hacienda

Inmediatamente instalada la Junta Tuitiva, empezó a recibir peticiones de los paceños. El limeño Juan Manuel Cossío, El Mazamorra, fue portavoz del pueblo. Buscó al Escribano Juan Crisóstomo Vargas, para tratar el asunto de los documentos del crédito público. El 20 de julio de 1809, Gregorio García Lanza y José de la Riva, a nombre de los conjurados, pidieron la condonación de las deudas a la Real Hacienda y la cancelación de las escrituras. Junto a J. Catacora y Buenaventura Bueno, exigió la incineración de los papeles crediticios del Archivo del fisco. El Cabildo, en encendido análisis, “comisionó a Lorenzo Umeres y Antonio Vizcarra para la selección de los documentos”, para salvar algo de la memoria del Cabildo. Finalmente autorizó la medida, efectuándose la quema el 21 de julio de 1809. Sin embargo, para atender los gastos de la revolución, Bueno solicitó que “los beneficiarios concurrieran con sus óbolos para el progreso de la causa de la independencia”. El Mazamorra (apresado y desterrado hacia Argentina, logró fugar y unirse al ejército de Juan José Castelli con el que retornó a La Paz) en su declaración preventiva describe “el entusiasmo popular que hubo con motivo de la quema de los papeles del crédito público que en prenda de las deudas al fisco guardaba la Real Caja, alhajas que representaban santos recuerdos de familia”.

La inteligencia patriota

Los Escribanos controlaron con destreza el flujo de correspondencia gracias a indios guías y chasquis de Achocalla, quienes le informaron en secreto que el Obispo Remigio La Santa y Ortega y el Gobernador Dávila conspiraban “a favor de Carlota del Brasil” y “habían entablado correspondencia entre sí por (correos) extraordinarios, que entraban a esta ciudad desde horas de la noche sin tocar corneta, encargados de que no parasen ni una hora a fin de que no hablasen con nadie”. Ante esa situación el 24 de julio la Junta ordenó a Lanza y al regidor Sagárnaga, interceptar la correspondencia del Obispo La Santa, quien salía expulsado de La Paz, para evitar delaciones. Descubrieron que “mediante venia del obispo se encantaron de sus papeles” y “habían abierto las cartas en presencia de los comisionados y se habían enterado de su contenido”.

La Milicia de Escribanos

El Escribano paceño Juan Manuel Cáceres, educado por jesuitas, pasó su juventud en Caquiaviri, Pacajes. En 1781 combatió la sublevación de Tupaj Katari y en mérito a ese hecho fue designado Teniente Capitán de la Compañía de Dragones de su provincia; fue encargado de cobrar los “rezagos de tributos del tercio de navidad” correspondientes a 1780. Se le otorgó el cargo de Escribano real entre 1789 a 1801. En 1799 pagó la fianza para liberar al cacique Nicolás Condori, de Santiago de Machaca, que había sido apresado por el Dr. Joaquín de la Riva, Subdelegado de Pacajes. En 1809 abrazó la causa patriota, apoyado por Ramón Rodríguez, tomó la torre de la Catedral para convocar al pueblo. Fue designado Escribano de la Junta Tuitiva con la obligación de llevar su archivo, junto al fedatario J. G. Chávez de Peñaloza.

El 29 de julio, con la aprobación de Murillo, organizó la Compañía de Milicia de Escribanos del que fue Capitán, apoyado por el teniente Juan Crisóstomo Vargas, el subteniente Cayetano Vega y el cura Agustino José Indalecio Salazar, capellán, secretario y director político de la guerrilla de Cáceres (1812). La Junta revolucionaria le ordenó “organizar y levantar a los indios de San Pedro, Santa Bárbara y San Sebastián”; con apoyo de Eusebio Condorena logró reunir y adoctrinar a más de 3000 indígenas de las provincias Pacajes y Omasuyos, puestos a órdenes del cacique de Laja y Achacachi, Luis Eustaquio Balboa. Salió con Castro y sufriendo la derrota en Chicaloma, logró huir y se internó a las montañas. Apresado por el ejército realista, fue liberado por Juan José Castelli, a quien escoltó de La Plata a La Paz, el 25 de mayo de 1811, y fue testigo de las impactantes acciones del revolucionario porteño. En 1814, Cáceres entró en contacto con la guerrilla de Manuel Ascensio Padilla, luego de lo cual se pierde su rastro.

Juan Crisóstomo Vargas, Escribano de número de la ciudad de La Paz (1803-1816), participó en el Cabildo de 4 de octubre de 1809. Goyeneche lo sancionó con la pérdida del oficio por seis meses, pero continuó trabajando con los patriotas. Mariano Ricafort le persiguió tenazmente hasta hacerlo fusilar en la Plaza. Por su parte, Cayetano Vega, Escribano de Diezmos (1800-1808) y Escribano de Número (1798-1824), fue uno de los secretarios de la Junta Tuitiva. Apoyó a la causa rebelde con dinero y vituallas. El 12 de marzo de 1811 donó una inmensa carpa de campaña muy difícil de conseguir, que entregó al capitán de la Sala de Armas José Benigno Salinas “siendo su balor por lo más ínfimo de más de trescientos pesos”.

*Magister en Historias Andinas y Amazónicas, docente titular de la Carrera de Historia (UMSA) y Director de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

Fuentes

• ARANZÁES, N. 1915: Diccionario Histórico del Departamento de La Paz. La Paz, La Prensa.

• ARZE, J.R. 1985: Diccionario Biográfico Boliviano. La Paz, Amigos del Libro.

• ARZE, R. 1979: Participación popular en la Independencia de Bolivia. La Paz, OEA.

• BARNADAS, J. 2002: Diccionario Histórico de Bolivia. Sucre, GEH.

• MONEY, M. 1977: Índice de Registro de Escrituras del Archivo Histórico Municipal. La Paz, HMLP.

• MONEY, M. 1984: “Índice de registro de escrituras”, en Boletín del Archivo de La Paz, Nº8: 44-45.

• SOLÍZ, A. 2010: “Mariano Moreno y el capitalismo de Estado”, passim.

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