noviembre 30, 2020

…Y la muerte tuvo, otra vez, ojos de niño

¿Qué es lo que mueve a un adulto a hacerle daño a un niño? ¿Qué placer morboso se siente al profanar un cuerpito inocente?

¿Dónde está el respeto por la vida? ¿Qué clase de sociedad acompaña a esta Revolución Democrática y Cultural? ¿Una sociedad que no tiene respeto por los niños ni por los ancianos, patriarcal y machista y criminal?

El caso de Alexander no solamente interpela a una sociedad machista y patriarcal que niega sistemáticamente la violencia latente en su seno, sino también interpela directamente al Estado, porque devela las falencias que a nueve años del proceso, no se han subsanado en el ámbito sanitario, convirtiendo el reconocimiento constitucional de la salud como un derecho humano, en una mera intención, ya que la población aún es atendida en establecimientos de salud cuya infraestructura data del siglo pasado y donde los médicos trabajan en condiciones que hacen imposible asegurar una práctica correcta y exenta de riesgos. El derecho conculcado a cada instante.

La responsabilidad directa de esta situación no es del Ministerio de Salud; los hospitales de tercer nivel como el Hospital del Niño, son por ley, responsabilidad de las Gobernaciones. El Ministerio de Salud debe dotar de recursos Humanos.

Es la Gobernación a través del SEDES La Paz, la directamente responsable y el mismo Hospital, por seguir atendiendo en las condiciones tan paupérrimas que lo hace: salas hacinadas, médicos exhaustos porque trabajan sobrecargados de pacientes, inexistencia de medicamentos, insuficiencia de camas para atender pronta y oportunamente a los pequeños pacientes y por último, personal paramédico mal pagado.

No es serio condenar como negligente a un estudiante de último año de la carrera, cuando ni siquiera tiene una camilla donde atender oportunamente al paciente. Condenar a un Residente es la salida más fácil y cómoda, porque no se conocen ni se toman en cuenta las razones estructurales de fondo de una práctica médica, que está muy lejos de ser mínimamente aceptable.

Hoy en día, ya no se puede hablar de iliquidez en el sector; el presupuesto de salud ha llegado a la cifra histórica del 5% del PIB, con un mayor porcentaje que es destinado a los gobiernos locales.

Por lo tanto, si hay negligencia, ciertamente, ésta no es voluntaria y directamente atribuible a una irresponsabilidad profesional; se deberá considerar también como negligencia e incumplimiento de funciones, los actos administrativos, lentos y burocráticos, que impiden que el profesional de salud cuente con lo mínimo necesario para cumplir con su trabajo de manera eficiente y segura.

Las muerte de Alexander también interpela al sistema de justicia boliviano; jueces que fallan superficialmente, como para salir del paso y que dilatan interminables años las investigaciones. Los jueces deben actuar de acuerdo a su consciencia, en estricto apego a la ley y con conocimiento serio de las causas estructurales que son parte indivisible de estos hechos.

Finalmente – y no porque sea mencionado al final menos grave- la total irresponsabilidad y falta de criterio con que se administran los hogares de acogida a niños y niñas en nuestra ciudad; es inconcebible saber que los funcionarios no tienen ni la menor solvencia profesional para trabajar con niñ@s; no hay políticas adecuadas ni criterios para la contratación del personal que los atiende y mucho menos, un adecuado presupuesto. Parecería que esos hogares son los últimos lugares del mundo, donde se va a echar a aquellos desgraciados sin familia, cuyos derechos ni bienestar se toman en cuenta. Ojalá no sea ésta la punta de un iceberg de una realidad que sea, convenencieramente ocultada.

Alexander era hijo de alcohólicos consuetudinarios; a lo mejor, ni siquiera sus padres quisieron que él llegue al mundo; a lo mejor, respiraron aliviados cuando el menor les fue arrebatado “para darle mejores condiciones de vida”. Qué gran ironía!! El estado protector, es el que menos protege. Ese niño nació desdichado, tuvo una vida desdichada y murió en condiciones desdichadas.

Quizás si Alexander hubiera estado con sus padres, seguiría vivo y siento que por su muerte, somos todos culpables. Los que lo vejaron, si, por supuesto, pero también todos nosotros que día a día, escuchamos con indiferencia, anestesiados del alma, estos hechos tan espantosos y no somos capaces de exigir al estado que pare de una vez tanta violencia y tanto dolor.

¿Por qué seguimos tan indolentes y no nos cabreamos aún de tanta muerte, de tanto dolor?

Es hora de despertar del letargo. Mañana, puede ser tu hijo, tu hermana, tu madre, tu esposa…


* Ma. Bolivia Rothe es boliviana, médica epidemióloga, militante del proceso de cambio, feminista y madre.

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