diciembre 1, 2020

El encuentro con la realidad

por: Nicolás Suescún

Entonces, como en un sueño, el hombre se perdió en las calles. Caminaba y caminaba sin sentido. Era de noche, y reinaba una absoluta soledad. Las ventanas de las casas y edificios estaban apagadas. No recordaba dónde vivía. Miraba atentamente las puertas y ventanas, y a veces se detenía, creyendo notar algo familiar, o esperando que se abrieran, y que tal vez alguien lo invitara a entrar. Pero las puertas estaban aseguradas –había tratado de abrir a empujones una que otra–, y nadie se asomaba por las ventanas. Gritaba, y no se encendía ninguna luz. Era como si todo el mundo hubiera abandonado la ciudad, y él fuera su único habitante, sin casa, sin abrigo. Y todavía era de noche, el tiempo parecía no pasar, llevaba horas caminando y no amanecía. Un peque- ño paso para el hombre es la vida, pensó, pero él había dado tantos. Y seguía dándolos, pasos sin rumbo, pasos de un hombre ebrio de soledad. Pero se estaba volviendo literario, lo que ayudaba un poco, pero no mucho, porque tenía hambre y estaba cansado, perdido, como si estuviera encerrado sin embargo. Quería salir de la ciudad, llegar a campo abierto, y no podía. Las calles se entrecruzaban, al parecer sin fin. Sólo había calles, y más calles. Estaba condenado a la ciudad. Sin duda era un sueño, ahora tenía la certeza, pero era demasiado real, nada absurdo como todos los sueños. Palpaba las paredes, las puertas, se secaba el sudor con el pañuelo empapado. Dominado por el cansancio, se detuvo entonces en la mitad de una calle de casas con amplios jardines. Algunas no se podían ver, escondidas por altas tapias. La puerta metálica de una de ellas, negra, enorme, estaba algo entornada. Entró en el jardín, y luego –sin duda con un valor fruto de la desesperación y la fatiga– en la casa, pasando al lado, casi encima de un perro lastimoso, en los huesos y al parecer muerto de hambre, que lo miró con un sólo ojo y bostezó, lánguido y perezoso. No se oía ningún ruido adentro. Nada. La casa estaba deshabitada, claro, pensó, como el resto de la ciudad. Respiró profundo, se sintió a sus anchas. Prendió la luz, se acomodó en un sillón, y encendió el televisor. No había nada en la pantalla –ruido y estática solamente–, y nada en la nevera. Volvió a la sala, esperando que sucediera algo. Nada. Silencio, sólo oía su propia respiración. Pero un gato apareció, sinuoso, misterioso. Y de pronto estaba en la selva. La pantera que amenazaba a la aldea desde hacía muchos días había devorado a otro hombre, un blanco esta vez, dijeron los aldeanos, aliviados.

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