noviembre 30, 2020

Ladrones sin llave

por: Rafael Courtoisie

Ya no se sabe a qué cerradura, a qué avenida, a qué calle, a qué número correspondía cada llave. Ni qué lugar en el mundo, como una palabra mágica, insólita, abría.

Si las llaves son palabras, al perder su puerta quedan mudas, pierden su sonido posible, pierden su oreja correspondiente.

Las llaves son un sonido para su puerta.

Hay puertas sordas.

Uno prueba y no hay caso: no se abren, no ceden. Cerradas para siempre, permanecen sordas al hombre y su pedacito de metal, a su llave breve, enhiesta.

Las llaves son lenguas que dicen o no dicen, según, que abren o no abren, según, que ceden o cierran el paso, según, que muestran u ocultan como nubes las estrellas perfectas. Según.

Las llaves son eruditas. Saben. Portan un saber manuable que difiere de los libros, del volumen dilatado, celulósico de las enciclopedias.

Aunque en cierta forma un manojo de llaves se parezca a un diccionario, aunque en cierta forma una ganzúa se parezca a una palabra de significado muy general, muy extendido y flagrante, como el que corresponde en casi todos los idiomas del mundo a la palabra “cosa”.

Muleta o muletilla extendida: “thing” en inglés, “sache” en alemán contemporáneo.

En español “cosa” proviene del latín, de la misma raíz remota de “causa”.

Cada “cosa” es una “causa”. Las causas son las llaves de los efectos, las que abren las secretas o evidentes consecuencias del porvenir, lo que viene después del día de hoy, el siempre incierto futuro.

“Ábrete, sésamo” era a la vez un conjuro compuesto por dos palabras y una llave de aire, de sílabas, de deseo y aliento:

“Ábrete, sésamo”

se decía y la inmensa roca, de catorce o veinte toneladas, se corría, se hacía a un lado para que pudieran pasar Alí Babá y sus cuarenta ladrones, para que pudieran traspasar, llegar hasta el lugar secreto y disfrutar en la contemplación de los tesoros hurtados a la humanidad y al tiempo.

Ahora hay mucho más que cuarenta ladrones.

Los ladrones, los rapiñeros, los sujetos que cometen hurtos y arrebatos están por todas partes, a la orden del día.

Algunos, los que escalan las paredes verticales de las lujosas mansiones, o los edificios de veinte pisos, mediante cuerdas y ganchos, los que de un modo u otro se las arreglan para forzar las portezuelas de los automóviles, poseen manojos de ganzúas, pinzas, martillos neumáticos o eléctricos, pero pocos, muy pocos en realidad, conocen el verdadero poder de las llaves, el camino abierto a través de las palabras.

Ahora que está lleno de ladrones (muchos de guante blanco, mánagers, gerentes, integrantes de sociedades anónimas o fiduciarias), las llaves están mudas.

Las llaves ya no hablan.

Ya no hay palabras mágicas. Se acabaron.

Ya no dicen su vocal inicial, su consonante ética. Las llaves han perdido sentido. Lenguas duras, metálicas, con muescas. Lenguas únicas y duras.


* Tomado de revista Casa de las Américas No. 270.

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