octubre 21, 2020

La vejez en la historia (I)


Por Rosario Aquím Chávez-.


“Los cuarenta son la vejez de la juventud, los cincuenta la juventud de la vejez”. Víctor Hugo


Todo cambió desde la muerte de mi esposo. Fue tan bueno conmigo; siempre les decía a mis hijos que buscaran tener una esposa y una madre para sus hijos como yo. Nunca me imaginé vivir en un lugar como éste; no me tratan mal, el lugar no es feo, pero… después de haber vivido las cosas que viví, viajes, reuniones con políticos y empresarios… y después esto: el abandono total. Mis hijos nunca me hablan por teléfono, no convivo con mis nietos… Dijeron que por mi enfermedad [alzheimer] ya no podía seguir viviendo en mi casa y me trajeron a este lugar. Ellos no pagan la cuota de la institución; yo tengo una casa en las Lomas de Achumani, la rentan y con eso pagan. Qué hacen con el resto del dinero es lo que menos importa: estoy totalmente sola. No puedo buscar a mis amigas, la verdad me da vergüenza decirles dónde estoy. Para mí la vida ya no importa, quisiera poder terminar con todo esto…

María Elena, 80 años de edad

La vejez, pone de manifiesto la brevedad del ser humano y como tal, debe ser pensada desde diferentes aspectos: cronológicos, biológicos, económicos, sociales, culturales, psicológicos y antropológicos; para que pueda ser comprendida.

La concepción del viejo y de la vejez, a lo largo de la historia, ha ido cambiando de acuerdo con el contexto social de que se trate, ya que la condición y el status que se le atribuye a ambos, depende de la cultura y de la sociedad.

Así, por ejemplo, desde el punto de vista cronológico, si tomamos en cuenta los restos humanos encontrados por los paleontólogos en tiempos remotos, podemos apreciar que los humanos encontrados rara vez superaban los 30 años, por lo que la vejez estaba fijada en esa edad cronológica.

En el caso de las sociedades cazadoras-recolectoras los individuos no llegaban a los 60 años, en ellas, una persona de 45-50 años era considerada vieja. En estos grupos, cuya supervivencia colectiva estaba por encima de la individual, la situación de los más débiles estaba condicionada por los recursos de los alimentos disponibles. Y, quienes sobrevivían eran considerados sobrenaturales, por lo que se les encomendaba los rituales sagrados y se desempeñaban como curanderos, chamanes y brujos, por estar protegidos por las divinidades. Asimismo, eran los encargados de la conservación y transmisión oral de los conocimientos. Estos ancianos eran respetados por el grupo porque se les consideraba mediadores entre las fuerzas sobrenaturales y los individuos.

Los ancianos en estas sociedades, estaban investidos de cierto temor y sabiduría. Sin embargo, cuando el individuo se volvía improductivo y representaba una carga para el grupo, se practicaba el gerontocidio activo o pasivo, que casi siempre iba acompañado de ceremonias rituales. En otros casos, el grupo abandonaba al anciano, o el propio anciano decidía voluntariamente, su abandono y su muerte.

En las sociedades agrícolas-ganaderas, donde la alimentación estaba asegurada, los ancianos podían ayudar al grupo en tareas acordes a sus fuerzas. Muchos de ellos, al poseer tierras y rebaños aseguran su poder económico gozando de un estatus dominante.

En las sociedades más avanzadas, el consejo de ancianos fue una de las instituciones más veneradas. Para algunas mujeres, la vejez también significó ventajas, pues quedaban libres de prohibiciones culturales luego de la menopausia y podían compartir con los hombres, beber, fumar y participar en danzas, aunque en general su condición siguió siendo inferior a la de los hombres.

En el incario, los ancianos fueron integrados a la sociedad y conservaron su papel tradicional de ancianos-sabios, eran la memoria viviente del imperio, quienes, por experiencia, podían hablar del pasado y anticipar el futuro a través del presente, portadores de la oralidad y del conocimiento médico y dador de vida (comadronas), realizaban un trabajo útil para la comunidad.

La pregunta es: ¿Cuándo perdimos como sociedad, el respeto por nuestros ancianos, que son quienes nos anteceden en el fugaz camino de la vida? ¿Cuándo hemos convertido a la vejez y a la muerte en un tabú? ¿Por qué hemos cedido, nuestros sentimientos más nobles a temores primitivos, prejuicios y estereotipos grotescos, invisibilizadores y discriminadores, en lugar de enfrentarlos a un auténtico conocimiento?

El anciano, es un espejo de nosotros mismos, en cuanto a su capacidad de comprenderse a sí mismo en el mundo que le rodea, y en cuanto al significado de las experiencias vividas. Él nos muestra de manera anticipada: el haber sido y el estar siendo, en tanto historicidad que encuentra un significado, en lo que va vivenciando día a día en la etapa de envejecer. Destruir el espejo, no destruirá el absoluto que nos espera. Nuestros ancianos, son parte de nuestra propia historia como humanidad; que la comprensión de lo que han sido, nos permita crear en su presente vivido, una relación interior satisfactoria, tanto para ellos, como para nosotros.

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